LA CALMA Y LA TRAGEDIA

ISABEL FERRANDO

Con la llegada de septiembre, quienes vivimos en municipios turísticos experimentamos cierta calma quizá únicamente comparable al silencio del día después de que terminen las fallas. No falta quien en verano proteste hasta la saciedad -me incluyo- por lo difícil que resulta aparcar, lo llenos que están los locales o las filas que se organizan en las entidades bancarias, por ponerles tres ejemplos. No nos damos cuenta de que esta calma esconde también una tragedia.

Es cierto que parece que hayamos convertido el mundo en un parque temático y que lugares antaño poco frecuentados se llenan ahora de turistas empuñando móviles, pero no es menos cierto que gracias al turismo nuestras ciudades están vivas. A menos que pertenezca Vd. a algunos sectores muy concretos o trabaje para la administración pública como funcionario, si vive en un municipio «turístico», tiene que ir mentalizándose -si es que no lo está ya- de que su empleo, y por tanto su arroz y sus lentejas, dependen directamente de que seamos capaces de seguir atrayendo a gente a nuestras tierras.

La calma de septiembre esconde la tragedia de la estacionalización. Nuestra dependencia del turismo de sol y playa es feroz, y aún gracias que podemos tenerlo. Se han realizado esfuerzos titánicos desde hace décadas a fin de conseguir la ansiada desestacionalización, ese paraíso místico que nos proporcionaría ingresos estables durante todo el año, pero aún estamos lejos de lograrlo. Nuestra espectacular gastronomía nos presta gran fama en el ancho mundo, pero la fama es efímera y el mundo es demasiado ancho para que podamos abarcarlo por entero.

Quizá debiéramos plantearnos otras opciones que a medio y largo plazo redunden en una mayor diversidad económica de la comarca y por tanto más estabilidad en el empleo. Alternativas reales que reduzcan la altísima dependencia del turismo, sin perder de vista en ningún caso que hoy es nuestra principal y mayor fuente de ingresos.