SEAMOS AMBICIOSOS

ISABEL FERRANDO

En estos tiempos de economías circulares y colaborativas, con sus promesas disruptivas, sus visiones holísticas y más conceptos que merecen una revisión pragmatista, la ambición está de capa caída.

Su mala prensa viene de la eterna confusión entre esta y la codicia, que pudiendo confluir en el caso de ambiciones desbordadas, no son conceptos necesariamente sinónimos. De hecho, la ambición ni siquiera está en la lista de los pecados capitales, la codicia sí.

Pero como ya he apuntado, está de capa caída, y quizá deberíamos recuperarla y traerla a primera página con titulares a cinco columnas, porque cuanto más ambiciosos (que no codiciosos, aunque confluyeran) hemos sido en estas tierras, mejor nos ha ido y ahora sufrimos una pasividad que nos matará o de pobres o de aburrimiento.

Fue la ambición de nuestros antepasados la que hizo que Dénia fuera una de las tres primeras ciudades españolas en disponer de suministro de gas, de conexiones ferroviarias, de un puerto grande y apto para el tráfico de mercancías, etc.

¿Dónde ha quedado toda aquella ambición? Parecería que estuviéramos empeñados en ser la prueba fehaciente del «síndrome de la tercera generación»: padres fervorosos, hijos conformistas, nietos apáticos.

Hace unos días, en una tertulia, quise restaurar el concepto y así se lo dije al concejal de Hacienda de Dénia, Paco Roselló, quien está gestionando la posibilidad de convertir el puerto en ente autónomo.

«Seamos ambiciosos», fueron mis palabras. Si de verdad vamos a tener voz y voto en el puerto, recuperemos proyectos que ya tenemos hechos y que podrían ejecutarse con la explotación de las instalaciones.

Casi cuatro millones de euros al año de beneficio se sacan, oiga, como para hacer el centro de ocio propuesto por el Pateco, o el teatro auditorio de La Nao, o más cosas. Pero seamos ambiciosos y rompamos de una vez las maldiciones bíblicas y demás zarandajas y convirtámonos de una vez en la ciudad que merecemos ser.

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