ADIÓS A LA LIBERTAD

ISABEL FERRANDO

Hace ya tiempo que lo voy diciendo y muy pocos me hacen caso, pero es cierto. La libertad, tal y como la ha conocido mi generación, se ha terminado.

Hace unos años, cuando apenas éramos un puñado en las redes sociales y lo de las 'fake news' era más bien anecdótico (entiéndame: bulos, los ha habido siempre), gozábamos de unos niveles de libertad que ahora son inimaginables.

No sólo en las redes. En el arte, en la prensa, en el día a día. Creo, sinceramente, que teníamos muchísima más libertad que ahora, y pienso que se nos está cercenando a pasos gigantescos. Peor: lo estamos aceptando y aplaudiendo.

Les voy a confesar algo que en mi opinión dice mucho del periódico que tienen ustedes en las manos. Nunca, en todo el tiempo -y es mucho- que he colaborado de manera más o menos activa con LAS PROVINCIAS, nunca -repito- me ha dicho nadie sobre qué opinar ni cómo hacerlo. He ejercido mi libertad de expresión sin más límites ni censura que la que me impongo a mí misma: no insultar ni calumniar. Sigo haciéndolo y siguen confiando en que lo haga, y lo agradezco.

Pero el mundo está cambiado. Letras de música que no pasarían de ser más que disparates berreados con cuatro cervezas se llevan a los tribunales. Elevamos la simple ofensa a crímenes sin tipificar. Y estamos dispuestos a ceder nuestros espacios de libertad en pro de cosas que creemos superiores, como la seguridad -que en realidad no existe- o la no ofensa, y puede ofender hasta el blanco de los ojos.

Y esto todo viene a cuento de las cámaras que se han instalado en la calle Sandunga para controlar las matrículas de los coches que entran y salen.

«Sólo es para las matrículas». Vale. «Si no haces nada malo, ¿qué más te da?». Fíjense que para este salto apenas hay unos metros. Y me da. En estos tiempos que corren, cualquier cesión que hagamos en nuestras libertades individuales podría ser el hierro de los grilletes con los que poco a poco destruyamos nuestro mundo.