Vacas para reinsertar a los presos suecos

Uno de los presos posa junto a las vacas de las que cuida./Jonathan Nackstrand (Afp)
Uno de los presos posa junto a las vacas de las que cuida. / Jonathan Nackstrand (Afp)

En el establecimiento penitenciario de Mariestad, la más antigua de las tres cárceles que hay en el país, 60 detenidos se encargan de la granja biológica: riegan las flores, pintan las vallas, cortan el césped y, diez de ellos, cuidan del ganado

COLPISA / AFPEstocolmo

Apenas son las seis de la mañana y Alfred ya está ordeñando vacas, una labor que lleva a cabo cinco días por semana. Pero Alfred no es un ganadero como los demás, sino un preso de una cárcel sueca que prepara su reinserción.

El quincuagenario, ataviado con una gorra, se encuentra cada amanecer con su compañero de ordeño Sofian -los nombres fueron modificados para preservar su anominato- para llevar a cabo sus dos horas y media de trabajo matutino.

La dupla tiene a su cargo a una veintena de cabezas de las 53 que integran la vacada. Mañana y noche, la mecánica es la misma y el gesto, decidido. «Limpio [la ubre] para evitar las bacterias y después la desinfecto», explica Alfred.

Encarcelado por tenencia ilícita de armas desde abril en el centro penitenciario de Mariestad, en el suroeste de Suecia, este padre y abuelo con los brazos cubiertos de tatuajes no esconde el placer que le produce estar en contacto con los animales. «Los quiero [...] Este trabajo me aporta algo», reconoce.

En este establecimiento penitenciario, la más antigua de las tres cárceles que hay en Suecia, 60 detenidos se encargan de la granja biológica: riegan las flores, pintan las vallas, cortan el césped y, diez de ellos, cuidan del ganado.

Suecia es uno de los países con menos presos del mundo, con 0,5 detenidos por cada 1.000 habitantes. Además, el país escandinavo busca fórmulas para evitar el encarcelamiento, como probar la libertad condicional durante unos meses, el uso generalizado del brazalete electrónico, la condena a trabajos comunitarios y sistematiza la puesta en libertad condicional a los dos tercios del cumplimiento de la pena.

También invierte mucho en reinserción a través de la enseñanza del idioma y la formación profesional. «Es nuestra forma de reintegrar a la gente en la sociedad de la mejor manera posible, para que no regresen» a prisión, explica Britt-Marie Johansson, responsable del establecimiento. La tasa de reincidencia en Suecia es del 30%.

El centro de Rödjan, de categoría 3, forma parte de los establecimientos con un nivel de seguridad «débil» (las categorías 1 y 2 corresponden a los niveles «elevado» y «medio»). No hay cámaras, ni barreras, ni alambre de espino y los presos pueden desplazarse libremente. «Los contamos cada mañana, durante la jornada y por la noche, sabemos dónde están en cada momento», cuenta Johansson. «Si hacen algo malo, son enviados a un centro de nivel de seguridad más elevado», añade.

En realidad, ¿no son las vacas las verdaderas prisioneras? «¡Claro!», bromea Alfred mientras cierra la puerta del campo tras terminar el ordeño.

Los detenidos trabajan 35 horas por semana, pagadas a 13 coronas la hora (1,2 euros; 1,5 dólares) y tienen dos días de descanso semanal. Alfred admite que en sus días libres muchas veces va a al establo «para comprobar que todo va bien».

Si los detenidos «saben que hay vacas que van a parir, aunque estén de descanso, pueden llamar y preguntar '¿Cómo fue? ¿Le fue bien al ternero?'», cuenta Johansson, el responsable.

Michael Henningsohn, encargado de producción, celebra la implicación de los presos. «Muchos de ellos hacen un trabajo increíblemente bueno, teniendo en cuenta que nunca habían trabajado en este terreno», reconoce con una tímida sonrisa de orgullo. «Es fascinante ver su actitud» tras solo unos días de formación.

En 2012, la explotación recibió una recompensa de manos del rey Carlos XVI por la calidad de su leche. La clave del éxito reside en la rutina impuesta por el entorno. «Los tipos saben seguirla», explica Michael.

Sin embargo, Alfred no se ve en el medio agrícola en el futuro, después de haber vivido rodeado de vacas en la granja de sus abuelos. «Vi cómo les fue a ellos, es demasiado duro», explica.

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