Francia salva la Unión Europea (de momento)

ANTONIO PAPEL

Los dos elementos más significativos de las elecciones francesas que finalmente han arrojado la tranquilizadora victoria de Macron con cerca del 64% de los votos (con el 80% escrutado), un resultado que salva momentáneamente la Unión Europea es, en primer lugar, el fracaso por consunción de la política tradicional (surgen nuevas fuerzas y desaparecen los antiguos partidos), y en segundo, la constatación de la decadencia de las clases medias, fenómeno que va acompañado por la irritación más exacerbada de quienes son supervivientes en precario de aquella posición en reflujo y de los que han caído irremisiblemente desde aquella posición burguesa en el proletariado.

En el primero de estos asuntos, referente al nuevo equilibrio político, es reseñable el hecho de que en la primera vuelta de las presidenciales los dos grandes partidos populistas y extremos sumasen el 40,88% de los votos (21,30% Le Pen, 18,58% Mélenchon), y si a ellos se añadía el sexto clasificado, el gaullista antieuropeo Nicolas Dupont-Aignan, que alcanzó el 4,8% (1,7 millones de votos), resulta que los antisistema sobrepasaron el 45% del voto francés. De donde se desprende que la victoria de Macron debe situarse en este contexto expresivo: frente a él, el euroescepticismo alcanza al menos la mencionada proporción del 45%, aunque una parte de él no haya querido arrojarse en brazos del neofascismo. Asimismo, el resultado de Le Pen, algo más del 36% de los votos, muestra el avance aterrador de la extrema derecha desde que en 2002 su padre fuera derrotado por Chirac: en aquella ocasión, los reaccionarios sólo lograron el 16,9% de los votos. Y tampoco pueden dejar de contabilizarse en el cómputo final de esas últimas elecciones la elevada abstención y los más de cuatro millones de votos en blanco, depositados en su mayor parte por personas que no han querido votar a Macron ni aun tapándose la nariz.

De cualquier modo, Macron reinará sobre un panorama políticamente desolado, en el que los grandes partidos tradicionales de centro-derecha y centro-izquierda han sido abiertamente marginados. El presidente de Francia no tiene partido político, y sin embargo deberá conseguir el mejor resultado posible en las elecciones parlamentarias que se celebrarán dentro de un mes si no quiere dar alas aLe Pen ni padecer una especie de tercera cohabitación (Mitterrand ya tuvo que gobernar con un parlamento conservador y Giscard con otro progresista). Los viejos partidos han muerto pero algo debe sustituirlos para conferir organización a las fuerzas parlamentarias. Algo basado en las nuevas redes de solidaridad, ya que Macron, un francotirador sin apenas aparato, seguramente no hubiese conseguido consumar su proeza si no hubiera podido contar con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, las TICs.

La segunda cuestión, la desaparición física de la clase media según la vieja concepción anterior a la crisis, es el fruto de una atonía económica que es consecuencia de una inacción incomprensible. Desde hace años, Francia no se sitúa por encima de los indicadores de la Eurozona, como era habitual: no crece en 2016 creció el 1,1% y sólo lleva dos años por encima del 1%, el paro, 9,8%, no es excesivo pero está por encima del 8% que es la media delos países del euro, la deuda se aproxima al 100% del PIB. Es legendario el diagnóstico del ensayista Nicolas Baverez, quien publicó en 2002 Francia en declive y efectuó una propuesta de una modernización alternativa basada en reformas sucesivas que nuca se ha llevado a cabo. La deriva ha provocado una gran fractura entre la Francia rural, feudo de la extrema derecha, y la Francia urbana, encastillada, aviejada y orgullosa

Ambos fenómenos franceses el fin de la vieja política y la creciente proletarización de la sociedad-, que son comunes al brexit y a la elección de Trump en los Estados Unidos, podían haber sido enfrentados por el electorado de dos maneras antagónicas: mediante la ruptura con la Unión Europea y lo que representa Le Pen o apostando por el reconocimiento de los errores y las propuestas reformadoras en el interior, y regeneradoras del papel de la UE, en el ámbito comunitario.

Finalmente, los franceses han actuado con inteligencia y sentido común y se han inclinado por la menos mala y más segura de las soluciones, que es la que ofrecía Macron, un personaje de indudable altura intelectual aunque joven y cargado de incógnitas, que ha ofrecido una opción reformista frente a las alternativas rupturistas. Francia ha estado, en fin, a la altura de las circunstancias, a pesar de las vacilaciones de antaño. Porque una cosa es negarse a interiorizar una farragosa Constitución Europea, fruto diarreico de la burocracia de Bruselas, y otra muy distinta echarse en brazos de una oscura heredera del nazismo. La victoria de Macron es por ello una esperanza para todos los europeístas del continente, y en cierto modo una oportunidad para la idea de reconstruir la Unión con las experiencias aprendidas.

Bien es verdad que todo indica que si la política no sigue al pie de la letra las indicaciones de una ciudadanía sumamente airada, no habrá más oportunidades de rectificar.