Europa aliviada

DIEGO CARCEDOMADRID

Europa, la democracia y Francia en particular puede decirse que están de enhorabuena. La clara victoria de Emmanuel Macron es un alivio ante de riesgo de haber vuelto a los años cuarenta, con los fascismos dominando un continente que parecía predestinado históricamente a vivir en guerra. Macron, un político serio y ponderado -calificativos que resumen todo lo bueno de su imagen- era hasta hace poco casi un desconocido. Convertido desde esta tarde en el nuevo presidente de Francia es un enigma, pero un enigma que ante los momentos difíciles que atraviesan su país y el futuro de la Unión Europea despierta esperanza y tranquilidad. Marine Le Pen, la aspirante que desde la extrema derecha xenófoba, antieuropeísta y autoritaria aspiraba a cambiarnos el rumbo de la vida a todos, en cambio, no ofrecía ninguna duda.

Su presencia en el Palacio del Eliseo con mando y legitimidad para aplicar su sombrío programa y convertirse en el centro de ese eje antieuropeo entre Trump y Putin, era para echarse a temblar. Macron llega a la presidencia sin reservas sobre su pasado y la creencia mayoritaria de que sus ideas son claras y su voluntad para llevarlas a cabo demostrada. Pero no lo tendrá fácil: hereda un país sumido en una crisis grave, dividido después de estas elecciones en dos, sin respaldo cohesionado de los partidos tradicionales para gobernar y, en la oposición intratable, ahora con la presión crecida, a la vista de los resultados, del Frente Nacional cuyas posiciones extremistas y militantes combativos harán hasta lo imposible por complicarle el mandato. No habrá que desdeñar que uno de cada tres franceses le respaldan.

Marine Le Pen y su partido neofascista contarán además a la hora de hacer oposición con los populistas de La Francia Insumisa, que ya han dejado claro que los extremos siempre se acaban tocado y a ellos no les preocupa que todo, tanto lo que está mal como lo que está bien, empeore. Lo dejó entrever su líder, Mélenchon, cuando negó su apoyo a la democracia y la libertad que representaba Macron y dejó al arbitrio de sus bases que materializasen de alguna manera su predilección por la ruptura de la estabilidad con que amenazaba Le Pen. El aumento muy sensible de la abstención -la más alta en una segunda vuelta presidencial- es una prueba elocuente de que muchos radicales de izquierdas lo hicieron sin acumular en sus conciencias que el peligro de que en un país como Francia, cuna de las libertades y de la cultura democrática, se iniciase el resurgimiento de los nazismos y fascismos de tan dramático recuerdo para los europeos pero dejando el granito de arena puesto para que así sea.

Esta noche Europa, la Europa de los europeístas, de los europeos que defienden la paz y valoran la importancia de la unión entre sus pueblos, dormirá aliviada y, aunque consciente de que el peligro no ha quedado erradicado, volverá a disfrutar de la ilusión de que a pesar del 'Brexit' y las piedras en el camino que el proceso integrador seguirá encontrando, saldrá de sopor actual y los objetivos que sus promotores se fijaron hace sesenta años seguirán adelante. Que en Francia, un país clave en el proyecto, el timón esté en manos de un europeísta convencido y animoso justifica que cambiemos en un parpadeo la preocupación por la esperanza.