Trump pide a su fiscal que ponga fin a la investigación de la trama rusa

Donald Trump. /AFP
Donald Trump. / AFP

El juicio contra su jefe de campaña Paul Manafort por fraude y evasión fiscal pone fuera de sí al presidente de Estados Unidos

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (EE UU)

No se ha hablado de Rusia. Ni de Donald Trump. El fiscal especial Robert Mueller no está en la sala del juzgado. Aun así, el primer acusado que su investigación sobre la trama rusa pone delante de un jurado tras año y medio de investigación es una amenaza tan directa al presidente de Estados Unidos que ayer estalló en Twitter, indignado con el trato que se da a su exjefe de campaña Paul Manafort, «peor que a Al Capone».

Al capo de la mafia le gustaba verse elegante y demostrar que era el jefe. Por eso pagaba 500 dólares de los años veinte por trajes de seda importados de Italia que, ajustados a la inflación, hoy no llegarían a los 7.000 dólares. Manafort pagó 15.000 por una chaqueta de avestruz y 21.000 por un reloj. En una sola parada se dejó 128.280 dólares en una tienda de ropa de Beverly Hills. A 'The Men's Clothing Store in New York' le pagó una factura de 849.215.

Su debilidad por una vida de lujos no son detalles frívolos, sino la clave de un juicio que intentará demostrar que cuando el corrupto presidente de Ucrania Victor Yanukovych fue expulsado del poder en 2014 se le cerró el grifo del que recibía millones como consultor y buscó desesperadamente cómo seguir pagando por su estilo de vida. Para diciembre de 2015 documentos de un banco de Chipre demuestran que debía 17 millones de dólares a intereses conectados a Vladímir Putin. Dos meses después le ofreció a Donald Trump trabajar gratis para su campaña.

Una buena parte de las sospechas que conectan la confabulación rusa con el candidato republicano ocurrieron durante los seis meses en los que llegó a ser jefe de la campaña, pero lo que se juzga en un tribunal de Washington DC sólo es el entramado fiscal con el que evadió impuestos y cometió fraudes bancarios. Como a Capone, lo que le tiene en la cárcel no son los delitos sin probar en boca de todo el mundo, sino las 18 acusaciones que se avalan con documentos bancarios e inmobiliarios. De ser encontrado culpable podría enfrentar entre siete y 12 años de prisión, a sus 69 años de edad.

A diferencia del abogado personal del presidente Michael Cohen, que grabó las conversaciones de ambos, la lealtad de Manafort con su jefe ha sido impecable, por lo que esté podría perdonarle en caso de que sea condenado. Por eso el lobista que trabajó para Ronald Reagan y Bob Dole no ha aceptado colaborar con la fiscalía, como ha hecho su socio Rick Gates, el testigo clave contra él. Su abogado le acusa de ser precisamente quien urdió a sus espaldas toda la trama fiscal para evadir impuestos que le ha llevado a los tribunales, pero el fiscal dice tener pruebas de que Manafort estaba activamente implicado con la firma de documentos y órdenes que impartía.

Prueba de ello es que en junio se le revocó la fianza por haber intentado sobornar «repetidamente» a dos testigos ucranianos. Desde hace mes y medio no está en su casa con un brazalete electrónico, como originalmente se le había permitido, sino «en una celda de aislamiento sin que se le haya condenado por nada», tuiteó ayer el presidente. Se trata, en efecto, de una celda para él solo en la que tiene su baño privado, teléfono y un escritorio en el que poder trabajar. El propio Manafort lo ha descrito en conversaciones telefónicas como «trato VIP», porque no tiene que vestir uniforme ni codearse con otros reos. «¿Dónde está la colusión rusa?», insistía ayer el presidente por Twitter. «Esta es una situación terrible y el fiscal general Jeff Sessions debería de parar esta sesgada caza de brujas ahora mismo, antes de que llegue más lejos». La Casa Blanca aseguró después que se trataba sólo de «una opinión personal del presidente», no de una orden a su fiscal, que habría alimentado el caso de obstrucción a la justicia en el que también trabaja Mueller.

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