Mujeres al poder

Una mujer reacciona al ver a Donald Trump. /Reuters
Una mujer reacciona al ver a Donald Trump. / Reuters

Son el 55% del censo, acuden a votar más que los hombres y este año se postulan a puestos de gobierno en números récord

MERCEDES GALLEGOCorresponsal en Nueva York (Estados Unidos)

La camiseta que se ve en los mítines del presidente lo dice todo: «Trump 2020, bitches!». O en otras palabras, «Os la vamos a colar de nuevo, ¡zorras!». Y es que antes que Harvey Weinstein les levantase el estómago, las mujeres de EE UU tuvieron un revulsivo llamado Donald Trump.

La victoria en 2016 de un candidato que presumía de meterle mano a las mujeres cuando le da la gana, que sistemáticamente las ridiculiza por su aspecto físico y que exige a las que le rodean que vistan como modelos fue una gran humillación para todas las que creyeron haber dado pasos de gigante en el último medio siglo hacia la igualdad de género. Por lo mismo, un gran triunfo para los hombres que han tomado la emancipación femenina como un ataque a su masculinidad y anhelan la vuelta a los «viejos tiempos» que prometía el presidente en campaña.

El eslogan del 2020 que empiezan a vestir algunos hombres en los mítines del presidente de Estados Unidos es una nueva bandera de empoderamiento masculino. Un deseo a duras penas contenido de dominar a las mujeres que se han salido de las cocinas y compiten con ellos en la sociedad igual o más preparadas. En la era del #MeToo las mujeres ni siquiera se dejan «piropear» como antes y los hombres tienen que reprimir en su presencia las charlas de macho que Trump llamó «de vestuario».

Pese a la veintena de mujeres que le acusaron de abuso sexual y su propia admisión grabada en cámara, la sociedad eligió a un acosador irredento para el cargo más alto del país. Tras dos meses y medio de duelo, cuatro millones de mujeres salieron a la calle uniformadas con gorritos de punto rosa y un grito unísono de resistencia, en la mayor manifestación de la historia de EE UU. Las elecciones de este martes son su primera oportunidad de llevarlo a las urnas.

El número récord de mujeres que se presentan a estos comicios da cuenta de que ya no están dispuestas a dejar el poder en manos de los hombres. Son 494 candidatas de ambos partidos las que compiten mañana en las urnas, aunque el 76% lo haga por el Partido Demócrata. La formación de Obama es la opción preferida de las mujeres por 62% a 34%, según una encuesta de la Universidad del Sur de California para 'Los Angeles Times'. El revulsivo ha permitido que por primera vez haya seis elecciones al Senado en las que ambos candidatos sean mujeres, doblando el récord de tres en 2012. El paso delante de las mujeres también supone un avance para las minorías. Si ganan, por primera vez Georgia tendría una gobernadora afroamericana, Minessotta pondría a la primera musulmana en el Congreso y Nuevo México a la primera nativo americana.

Hillary Clinton no logró convencer a la nueva generación de sumarse a la hermandad que debía convertirla en la primera mujer presidenta ni cuando Madeleine Albright las amenazó con «un lugar especial en el infierno para las mujeres que no se ayuden unas a otras», advirtió la exsecretaria de Estado. «Muchas de vosotras, jovencitas, os creéis que esto ya está hecho, pero no es así, NO-LO-ESTÁ», remachó.

Una lucha olvidada

Mujeres como Susan Sarandon se revolvieron indignadas. «Yo no voto con mi vagina», dijo la actriz, que apoyó en primarias a Bernie Sanders. Dos años de Trump en la Casa Blanca han hecho cambiar de opinión a muchas. Un tercio de las jóvenes entre 18 y 34 años, a las que feministas como Gloria Steinem acusaron de haber olvidado la lucha de su generación porque se lo han encontrado todo hecho, prefieren hoy votar por una mujer, según una encuesta del Suffolk University para USA Today, mientras hace dos años creían que el verdadero avance era elegir al mejor candidato sin mirar el género.

Trump no sólo ha marcado la vuelta de la mujer florero y el hombre grosero a los lugares más visibles de la sociedad estadounidense. El abusador en jefe ha nombrado a dos jueces conservadores para el Supremo que tienen capacidad para suprimir el derecho al aborto -uno de ellos acusado de intento de violación-, ha eliminado el requisito que impuso la reforma sanitaria de proporcionar anticonceptivos gratis con todos los seguros médicos, ha acabado con las ayudas internacionales a organizaciones de planificación familiar que den información sobre el aborto y ha eliminado la violencia doméstica como causa justificada de asilo político.

Entre las leyes propuestas que no han logrado pasar la criba del Congreso está la de retirar los fondos federales a la organización Planned Parenthood, que proporciona atención médica a cuatro millones de mujeres al año. Si sus candidatos ganan mañana en las urnas, el Congreso ya no será un obstáculo para sus deseos.

Teniendo en cuenta que las mujeres constituyen el 55% del electorado, y que desde 1980 acuden a votar en mayor proporción, se diría que esas iniciativas son un suicido político, pero las elecciones del 2016 también demostraron algo que Trump ya intuía: las mujeres casadas se vuelven cada vez más conservadoras, dejan de identificarse con otras mujeres y tienden a coincidir con sus maridos, especialmente cuando hay una dependencia económica. Hillary Clinton triunfó con las solteras, Trump con las casadas.

Si sólo votaran los hombres, el mapa electoral de EE UU sería una gran mancha roja que indicase la victoria del Partido Republicano, como el que mandó a sus seguidores Donald Trump Jr. un mes antes de las elecciones de 2016. Ninguna, claro, admitirá haber perdido su identidad, como les acusó implícitamente Oprah el jueves al recordarles que «pienso por mí misma y voto por mí misma». El propio Trump presume en los mítines de que le haya votado el 52% de las mujeres. Le falta matizar que le votó el 52% de las mujeres blancas, porque de todo el bloque femenino sólo recibió el 41%. En el caso de las mujeres hispanas eso se redujo al 25% y apenas al 4% entre las afroamericanas.

¿Quiénes son esas mujeres blancas que votaron por Trump? Gente como la texana Trisha Barton, una evangélica de 68 años con estrictos valores morales que se vuelven daltónicos ante las infidelidades del presidente con actrices porno, mientras su esposa amamantaba a su único hijo, Barron. «¿Y qué? Tampoco es la gran cosa. Por lo menos no lo hacía en el Despacho Oval, como Bill Clinton», le disculpa. En lugar de identificarse con la mujer que acusó al juez Brett Kavanaugh de intento de violación, su empatía es para él. «¡Pobre hombre! ¡Lo que le han hecho pasar!». De hecho, Darcy, una víctima de violación casada con un pastor evangélico, que no quiso dar su apellido durante un mitin de Trump en Houston, piensa que a quien habría que demandar es a Christine Ford, la profesora de Palo Alto que declaró contra Kavanaugh bajo juramento y que hasta Trump encontró «muy creíble».

Inquietud por la seguridad

Ambas mujeres representan a ese sector femenino al que según el presidente le preocupa más la seguridad en la frontera «para que no entren todos esos delincuentes y terroristas que vienen en la caravana», corrobora Trisha. Y sí, tiene sus remilgos con respecto al estilo faltón del mandatario, «pero cuando ves lo que el hombre es capaz de hacer. ¡Mira lo poco que ha tardado en trasladar la Embajada a Jerusalén!».

La salud reproductiva, la desigualdad salarial y las políticas de género no entran entre las prioridades de las mujeres con que cuenta Trump para aupar a sus candidatos. El presidente cree que les preocupa más la seguridad y la economía, mientras que el Partido Republicano en general prefiere apostar por lo que llama «valores de familia», una inversión segura entre los evangélicos, que en 2016 votaron por Trump en un 80%.

Si acierta, y ese grupo resultar estar tan motivado como las mujeres demócratas que buscan hoy la revancha en las urnas, los leales de Trump le acompañarán a partir de enero en el Congreso. «¡Me encantan las mujeres!», clamó la semana pasada en Indiana y Virginia Occidental. «Me gustan mucho más que los hombres».

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