El interminable milagro chino

'Skyline' de Pudong, en Shanghai. / Afp

Cuatro décadas después del comienzo de su apertura al mundo, el gigante asiático se ve ahora obligado a dar un nuevo salto, esta vez cualitativo

ZIGOR ALDAMA Shanghái
Sábado, 22 diciembre 2018, 18:15

Pocas decisiones tienen tanto impacto a nivel mundial como la que tomaron los líderes chinos, con Deng Xiaoping a la cabeza, en diciembre de 1978. Dos años después de la muerte de Mao Zedong, la cúpula del Partido Comunista (PCCh) decidió dar un vuelco al trágico curso político que había delineado el fundador de la República Popular durante el Gran Salto Adelante y la Revolución Cultural, e implementó las «cuatro modernizaciones» que iban a abrir las pesadas puertas del gigante asiático. Después el mundo no ha sido el mismo.

China no solo se ha convertido en la segunda potencia mundial, y la única capaz de poner en entredicho la hegemonía de Estados Unidos. Es también pieza clave del comercio mundial y, por ende, de la globalización que hace cuatro décadas comenzó con el proceso de deslocalización que propiciaron las reformas de aquel Tercer Pleno del XI Comité Central del PCCh. El mundo entró en tromba por los puntos que el Gran Dragón designó para experimentar con el capitalismo. Ahora es su presidente, Xi Jinping, quien promulga por todo el globo el libre comercio frente al proteccionismo que representa su homólogo estadounidense, Donald Trump.

En solo cuarenta años China ha protagonizado un milagro económico que, además, parece estar lejos de concluir. Las estadísticas lo reflejan claramente. En 1978 China representaba solo un 1,8% del Producto Interior Bruto (PIB) global, peso que ha multiplicado por diez hasta el 18,2%. Y, además, sigue creciendo al 6,7% anual, por debajo del 9,4% de la media marcada los últimos 40 años pero muy por encima del ritmo global. Y, aunque las disparidades sociales son mayores, este crecimiento también se ha traducido en un espectacular incremento de la capacidad adquisitiva de la población y en la creación de una clase media cada vez más relevante.

De los 1.350 millones de habitantes del país más poblado del mundo, 500 millones han dejado atrás la pobreza, otros 400 millones han accedido a esa clase media a la que todas las empresas quieren atraer, y la renta per cápita ha crecido de los 156 dólares de hace cuatro décadas hasta los 8.643 dólares del año pasado, es decir, 55 veces más. No es de extrañar que las importaciones se hayan disparado y que el país se haya convertido en la principal potencia comercial del mundo.

También es el que guarda las reservas de divisa extranjera más abultadas, el tercero que más invierte en otros países y el que más inversión recibe del resto del mundo. Así, los economistas tienen claro que es solo cuestión de tiempo que el gigante asiático arrebate a Estados Unidos el trono de la economía global. Únicamente difieren en la fecha: algunos vaticinan que sucederá hacia 2025, mientras que los más conservadores retrasan este hito hasta 2050. En cualquier caso, no será la primera vez que China sea la primera potencia mundial: se estima que en los siglos XV y XVI ya producía un tercio de la riqueza del planeta.

Toca reinventarse

Pero para continuar con esta tendencia y romper lo que se conoce como la «trampa de la renta media», China necesita volver a inventarse a sí misma para dar un salto cualitativo, no cuantitativo. Lo expresó bien el propio ex primer ministro Wen Jiabao durante su última conferencia de prensa en el cargo: «Debemos crecer menos, pero crecer mejor». Y eso supone reformar la industria, invertir sumas ingentes en investigación y desarrollo (I+D) -ya es el segundo país del mundo-, y saltar en la escala de valor.

«El Gobierno está impulsando un sistema económico basado en el consumo interno, cada vez más alejado del motor que suponen las exportaciones. Su objetivo es que del crecimiento se beneficie más gente, porque una economía con mayor consumo es también una economía que distribuye mejor la riqueza. Vale más un 5% bien repartido que un 8% concentrado», explica el responsable en Europa de la escuela de negocios conjunta China-Europe (CEIBS), Pedro Nueno.

De momento, parece que Pekín está consiguiendo su objetivo. El consumo interno ya aporta en torno al 70% del crecimiento, y su peso continúa aumentando. Además, en el comercio exterior las importaciones crecen por encima de las exportaciones, un hecho que permite equilibrar una balanza comercial que ha estado siempre muy escorada a su favor. Esa es, precisamente, una de las razones que han llevado a Trump a lanzar la actual guerra arancelaria que tiene en vilo al mundo entero.

En cualquier caso, el desarrollo chino trasciende sus fronteras también porque se ha convertido en un modelo que otros países tratan de copiar. Sobre todo en Asia y en África, donde se está tratando de impulsar el sector de las manufacturas para atraer a las empresas que ya consideran China muy cara. Sus dirigentes esperan que, si lo consiguen, la misma mecha que prendió el milagro chino lo haga también en sus países. Pero, de momento, ningún otro territorio ha sido capaz de copiar el éxito que China ha cosechado en menos de medio siglo.

Contradicciones de un sistema único en el mundo

 Capitalismo económico y, a la vez, comunismo político. A grandes rasgos, así se puede resumir el peculiar sistema que el gobierno chino ha bautizado como 'socialismo con características chinas'. Porque, si bien el país avanza de forma inexorable hacia el libre mercado -aunque la existencia de gigantescas empresas públicas todavía lo alejan de él-, las reformas políticas que muchos consideraban inevitables ante la apertura económica no se materializan por ningún lado. Al contrario, con la llegada al poder de Xi Jinping en 2012, el país ha protagonizado una preocupante regresión en ese terreno. Y no hay visos de que cambie.

El Gobierno ha endurecido la censura en todos los ámbitos, desde las redes sociales que habían proporcionado un espejismo de libertad hasta todo tipo de expresiones artísticas. También ha puesto en marcha una severa campaña de represión legal contra activistas de todo signo -incluso los que no tienen ambiciones políticas-, y ha modificado su Constitución para eliminar los límites que se habían diseñado, precisamente, para evitar que un solo hombre pueda acumular un poder excesivo. Fue lo que sucedió con Mao Zedong y puede ocurrir ahora con Xi, que tiene vía libre para gobernar de por vida. Aunque es difícil sondear la opinión pública, dado que no existen encuestas sociales que hagan una radiografía de la población, no parece que esta falta de libertades individuales preocupe en exceso entre la población.

Tampoco los nuevos sistemas de vigilancia que se están adoptando con el desarrollo de la inteligencia artificial y la tecnología de reconocimiento facial. Poco a poco, con la ayuda de cientos de millones de cámaras, China está creando el estado policial perfecto, opuesto a la apertura que tantos vaticinaron insistentemente.

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