Madres que prefieren parir en otro país

La crisis de Venezuela obliga a que las embarazadas crucen las fronteras para dar a sus hijos lo que los hospitales públicos les niegan, una garantía de vida

Fotografías de Nacho Doce./REUTERS
Fotografías de Nacho Doce. / REUTERS
DOMÉNICO CHIAPPE

A veces se cruza la frontera por amor. En este caso, amor de madre. De una madre al hijo que todavía no ha nacido. Ocurre en Venezuela, país de diáspora desesperada. Aunque las noticias que llegan del vecino Brasil no son alentadoras, e incluso dan miedo, las mujeres embarazadas, algunas casi niñas, suben a un autobús rumbo al sur, atraviesan la Gran Sabana y traspasan al territorio donde este mismo fin de semana un tumulto trató de linchar a los venezolanos acampados en las cercanías. No hubo víctimas mortales, pero la poblada quemó sus escasas pertenencias.

En esos días de tensión, ellas parían. Mujeres llamadas Jasmilfer, Irene, Cecilia, Jackeline, Carmen, Lismaris y Marisol retan al destino para ser atendidas en el hospital de Boa Vista, en el estado de Roraima, donde han parido 571 madres «refugiadas» venezolanas, una cifra que ya supera la de todo el año anterior. No sólo ocurre en Brasil. Los nuevos venezolanos, como Arjunea, Ashlei o Amalia, también nacen en Perú, Colombia, Ecuador, Panamá... Felices con sus criaturas en brazos, posan, quién sabe si incluso esperanzadas por el lema criollo de que «cada niño viene con su arepa bajo el brazo», aunque no sea en su propia tierra.

El éxodo no puede ser peor que parir en los hospitales venezolanos que carecen de monitores de signos vitales, incubadoras o ventiladores para neonatos, como demostró un reportaje reciente del Instituto Prensa y Sociedad Venezuela (Ipys). «Mi bebé habría muerto si me hubiera quedado», aseguró una de ellas a la agencia Reuters. La corrupción y desidia revolucionaria ha logrado que ni siquiera haya cunas suficientes.

Hace un par de años circuló cómo dormían los recién nacidos en cajas de cartón, dispuestas en un pasillo por el personal médico. Ahora estas fotos no son menos tristes, aunque la realidad se esconda tras la sonrisa materna y el pasillo pulcro. Porque pronto las familias volverán a la calle, a enfrentar la incertidumbre del que huye.

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