La memoria viva de l'Horta

Paco con Cecilia. Ambos posan juntos dentro de la panadería, rodeados de empanadillas y ensaimadas. / lp
Paco con Cecilia. Ambos posan juntos dentro de la panadería, rodeados de empanadillas y ensaimadas. / lp

La historia de este vecino de Foios es el relato de un hornero de barrio que junto a su familia ha conseguido situar su 'Forn Vell' entre las mejores panaderías

VANESSA HERNÁNDEZFOIOS.

Hace tiempo que cumplir un siglo de vida dejó de ser una utopía y pasó a convertirse en toda una realidad. La esperanza de vida está creciendo a un ritmo tan vertiginoso que poder sentarse enfrente de una persona centenaria no es tan inusual como lo era antes. Lo mismo ocurre en l'Horta, según datos del Instituto Nacional de Estadística (INE), en la comarca viven cerca de 90 ancianos que han batido este récord.

Es el caso de Francisco Plasencia. Esta persona ha conseguido cruzar la ansiada barrera de los 100 años, convirtiéndose en uno de los hombres más longevos de la comarca. Este vecino de Foios hoy soplará decenas de velas junto a su familia, amigos y vecinos. Por este motivo, LAS PROVINCIAS se ha trasladado hasta la localidad con la intención de conocerlo y poder rendirle así un pequeño homenaje en su aniversario.

Con el pelo totalmente canoso, zapatillas con suela de goma y una camisa holgada aparece Paco el hornero, así le llaman, ayudado de un andador. Son las 9 de la noche, pero el olor a pan tostado aún permanece en el ambiente de su panadería, esa que adquirió su bisabuelo con esfuerzo en el siglo XIX. Paco se sienta en una silla mientras esboza una sonrisa, en la habitación se encuentran Cecilia, la mujer que asume su cuidado desde hace once años, y su hija «Marujin».

Francisco se fuma casi dos cajetillas de tabaco diarias desde hace más de 60 años

Familia

«Cecilia es la única mujer que puede pegarme un cachete», destaca Paco entre risas. Enseguida se percibe la gran complicidad que existe entre ambos. «Está muy bien físicamente, es cierto que ha sufrido pérdida auditiva y tiene cataratas, pero tiene una gran memoria», señala Cecilia con cariño. Un estado de salud insólito si se tiene en cuenta que Paco fuma casi dos cajetillas de tabaco diarias desde hace más de 60 años. Habla ligero y con ritmo, sus chascarrillos vienen precedidos por algunas coletillas simpáticas, la más graciosa de todas «modestia aparte». Han pasado diez minutos y Paco se enciende el primer cigarrillo. La calada intenta poner pausa a una vida plagada de vivencias, recuerdos y emociones que Paco desea compartir. Como él reconoce, las mujeres han marcado su historia desde el principio.

Su madre, la «mujer más generosa y trabajadora de todas», se ocupó del horno mientras Paco hacia el servicio militar. Sin embargo, el semblante le cambia al hablar de María Rosa, su mujer. Hace seis años que falleció, pero él se acuerda de ella todos los días. «Mis padres querían que me casara con la más adinerada, pero yo me casé con la más templada de todas», asegura emocionado. Con ella tuvo cinco hijos, dos hombres y tres mujeres. Sin duda, la muerte de una de ellas, por accidente laboral, fue uno de los episodios más tristes de su vida. «La echo mucho de menos, me la quitaron», añade.

Un sentimiento de melancolía que contrasta con la devoción que siente hacia su única biznieta. «Tiene sólo siete años y es más lista que el hambre», asegura orgulloso. La pequeña sería la sexta generación de panaderos de la familia.

«Modestia aparte, este horno siempre ha sido especial, todo el mundo conoce nuestra tradición artesanal», indica. En este sentido, señala que cuando su abuelo lo adquirió en 1890, la actual panadería, reformada por última vez hace 40 años, era un cobertizo con un único horno que necesitaba tener cerca la leña y la piedra calcárea. «Maria Rosa y yo nos hemos desvivido por este local, por nuestro oficio, por el futuro de este negocio», destaca pensativo observando el aparador de la sala. Paco recuerda que su mujer y él no solían hacer muchos viajes juntos porque al tercer día ya querían regresar a Foios para cerciorarse de que todo en la panadería marchaba correctamente. Para Paco todo lo que sea salir de su pueblo es una eterna odisea.

«Fue cruzar la frontera con Segorbe la última vez, y querer volver», recuerda. Su hija Marujin se ríe, aún no se cree que hoy su padre vaya a soplar 100 velas. Tan ligado está Paco al horno que su casa está justo arriba del local. Sin embargo, sorprende descubrir que no hay ascensor para acceder al piso. «Todos los días bajo y subo más de 25 escalones. Dime qué hombre a mi edad puede hacer eso», subraya entre risas, mientras busca la mirada cómplice de Cecilia. No hay duda de que se siente afortunado, alcanzar el siglo es un hito que pocas personas consiguen.

«En mi vida he tenido mucha suerte, pero la he tenido que buscar», apunta Paco. Nada más decir esa frase, un recuerdo invade su juicio; la Guerra Civil. Paco combatió en el bando republicano, obligado a operar con base en Teruel. Pese a estar en una de las facciones, él lo tiene claro «asesinos hubo en ambas bandos».

Aún recuerda la sensación de hambruna y de inmundicia que padecieron durante años. Sin embargo, destaca que tras la contienda fue galardonado por su labor de protección. «Me mandaron a la retaguardia por salvarle la vida a varios compañeros republicanos heridos en una zona de enfrentamiento. He tenido mucha suerte en esta vida», afirma agradecido.