La mutación de Mickey Rourke

La mutación de Mickey Rourke

Icono de los ochenta, hace tiempo que el actor, adicto a la cirugía, dejó de ser él mismo

I. CUESTA

Aunque haya que hacer un esfuerzo titánico para creerlo, los hombres que aparecen en las fotografías situadas sobre estas líneas son el mismo. El Mickey Rourke que volvió loca a Kim Basinger en 'Nueve Semanas y Media' y enamoró (literalmente) a la guapísima Carré Otis en 'Orquidea Salvaje' ha mutado hasta convertirse en un extraño ser que está un paso de no parecer humano. En franco deterioro desde hace décadas, el mito erótico de los ochenta ha conseguido convertirse en una suerte de Frankenstein en el que nadie, por mucho cariño con el que le mire, puede encontrar un ápice de lo que fue.

La realidad es que hace ya muchos años que el joven que encandiló a Francis Ford Coppola se perdió por el ultramundo. Su historia de éxito comenzó a escribirse cuando, en 1983, el director de 'El padrino' le llamó para actuar en 'La ley de la calle', donde se puso en la piel del enigmático chico de la moto. «Lo contraté porque tenía un estilo único. Combinaba un aire de misterio y un atractivo extraño», confesó Coppola.

Después llegarían los años del éxito. «Si hubiera muerto después de 'Corazón Satánico', sería recordado como un James Dean o un Marlon Brando», aseguró por aquel entonces Adrian Lyne, el director británico que trabajó a su lado en 'Nueve semanas y media', sin imaginar que el actor tardaría muy poco en atravesar las puertas del infierno.

Con el fin de los ochenta llegaría el final de Mickey Rourke y la llegada de 'Marielito', el nombre que adoptó como boxeador. Le siguieron cuatro años de peleas sin demasiado éxito y un sinfín de lesiones, hasta que Rourke se vio obligado a retirarse de los cuadriláteros por prescripción facultativa. Para entonces, ya había perdido la memoria inmediata, llevaba cinco operaciones en la nariz y tenía rotas las manos y el hueso de una mejilla.

A partir de entonces, todo fue de mal en peor. Compañías inadecuadas (fue amigo del gangster John Gotti), salidas de tono públicas (donó parte de su sueldo al IRA, se tatuó su apoyo a la banda terrorista y su esposa lo denunció ante la Policía por malos tratos) y, finalmente, una depresión que le llevó, incluso, a pensar seriamente en quitarse la vida.

Años en los que su afición a pasar por el quirófano, primero para reconstruir los destrozos del ring y después en una huida hacia delante, tratando de reencontrarse consigo mismo, terminaron de fastidiarla. Hoy, como ocurre cada cierto tiempo, el rostro de chico malo de Hollywood ha vuelto a ser noticia.