David García, el hombre que todo lo consigue para la hostelería
De vocación, sirviente. Muchos conocen su nombre, pero pocos su historia. Tiene una fábrica de sueños en Riba-Roja del Turia, que fue embestida por el paso de la dana. Ha tardado en reabrirla exactamente un año, pero regresa dispuesto a ofrecer el 'máximo nivel' en todo tipo de equipación para restauración. David esta más Gastrolover que nunca
Frente a un nombre tan común, una figura tan icónica. David García, natural de Burgos, valenciano desde los ocho. Ilustre de la hostelería autóctona, ... con 'máximo nivel' de servicio. No es cocinero ni camarero, aunque esto último también lo fue. De naturaleza servicial, se dedica a conseguir aquello que se necesita, y en consecuencia, provee a los negocios de restauración con todo tipo de equipación. La hostelería conoce su nombre y el de su empresa -antes DG3 Gastrónoma, ahora Gastrolover-, pero no tanto su relato, en el que hoy vamos a adentrarnos. A los 50 años recién cumplidos, 20 dentro del oficio de los suministros, ha visto mucho, y se ha callado todo, excepto lo más elocuente. Es intensidad y nervio; se expresa con cariño y entusiasmo. Le brillan los ojos si sonríe, pero se le humedecen cuando recuerda; en especial, si se remonta un año atrás.
Nos recibe en su fábrica de sueños, o lo que es igual, en la nave de Gastrolover, situada en el polígono Poyo de Reya de Riba-roja del Túria. Como buen anfitrión, mejor maestro de ceremonias, extiende dos copas de vino. El espacio ya vuelve a parecer lo que fue: un santuario que eleva la experiencia de venta a otro nivel, mediante la exposición de piezas exclusivas, pero también una amplia barra con cocina, y hasta luz y música inmersivas. Es así, incluso ahora, cuando ha tenido que ser restaurado por completo. Una camiseta embarrada cuelga de la pared derecha, un azulejo azul indica hasta donde llegó el agua, y en la escultura en forma de hueso de la entrada se han estampado 42 frases de aliento. David también es mago, pues no sólo ha transformado locales de media España -desde los restaurantes de David Muñoz a los de Kiko Moya-, sino que acaba de obrar su gran truco final: el que promete consolidar Gastrolover como epicentro del amor hostelero.
Enseguida llegaremos a esto, antes sentémonos frente a frente, porque García ha servido queso para maridar el vino. «Quise ser camarero desde niño», comenta. El pequeño de cuatro hermanos, David guarda una relación especial con Carmen, quien trabaja a su lado desde hace más de una década. Ella se acerca durante la entrevista, apostilla sus anécdotas. A David no se le daban bien los estudios, así que con 16 años empezó a trabajar en el Hotel Conqueridor, donde ejerció de botones, recepcionista y maître, «un poco lo que se necesitara». Con su primer sueldo, compró un equipo de música y la habitación que todavía sigue en casa de sus padres. «Aprendí muchísimo, y además, ganaba dinero. Era raro que no me dieran propinas de 100 pesetas. Aunque tenía turno partido, me quedaba detrás de la barra y me interesaba por hacer cócteles», nos cuenta. Su padre era vendedor: de él aprendió el valor del trabajo.
Con 21 años, cambió de rumbo, esta vez para navegar hasta Dénia y subirse a El Yate. «Ahí me fui de casa de mis padres, pero le seguía mandando las camisas a mi madre para que me las planchara. Le pagaba al conductor del autobús, y él se las llevaba», recuerda, dando cuenta de su temprano ingenio. Le seguirían otros proyectos en la zona de la Marina, como Duna o Viñasol, con roles de todo tipo, desde jefe de sala, a portador de paellas o ayudante de eventos. García es un buscavidas, en el mejor de los sentidos: un tipo versátil, y sobre todo, muy listo. Ocho años en La Marina le sirvieron para darse cuenta de que sus talentos tenían otras aplicaciones y, tras un impás de dos años en telefonía, llegaría la verdadera revelación profesional. Pero entre tanto, iba a conocer a su mujer, Isabel, con quien tuvo la primera cita en el Mey-Mey, chino clásico y de cabecera en Valencia.
Corría el 2000 cuando empezó como delegado comercial en Suministros García. Aún no podía imaginar que esta profesión le acompañaría los siguientes 25 años. En una década, aprendió todo lo posible sobre la venta en hostelería: quién, qué y, sobre todo, cómo. Su estrategia es simple: hacer sentir bien al interlocutor, apelando a la confianza y a la especialización. «Tú me vas a pedir 24 cucharas, pero yo no te las voy a poner si no las necesitas», pone como ejemplo. Consciente de su valía, en 2011 se lanzó a crear su empresa de equipamiento y asesoría. «Hasta el día que firmé, el 25 de enero, recibí 11 ofertas de otras partes. Un amigo me dijo que no aceptara, se jugó una comida en El Faralló a que, para agosto, yo habría facturado más de lo que me ofrecían. Se la tuve que pagar en marzo», recuerda, y se ríe.
Nacía DG3 Gastrónoma, hoy Gastrolover -nueva marca comercial, para evitar toda confusión-. Al principio, con cuentas recogidas en un Excel, a cargo de su hermana Carmen. Por el camino, ha trabajado con los mejores, aunque esquiva detallar porfolio y dictaminar favoritos. «Si acaso, la cocina que he montado aquí», dice, mientras observa con cariño la nave de sus amores. ¿Cómo se han adaptado a los cambios hosteleros de esta última década? «No hemos tenido que adaptarnos a ellos; al revés. En Gastrolover no despachamos, asesoramos», reivindica. Si confías en David, sabes que lo hará bien, y a partir de ahí, él detecta tus propias necesidades. Este carácter expansivo ha logrado arengar a un grupo de hosteleros, ya amigos, que incluso quedan para celebrar la pachanga de los lunes. Esta semana, algunos le han organizado una fiesta sorpresa para celebrar la reapertura, y demostrarle que están.
También estuvieron en la peor etapa.
La persona «más feliz del mundo»
La dana no puede hacerse protagonista de un artículo con tanta luz. Sin embargo, sería imposible omitir aquellos días que cambiaron por completo la vida de García. El 29 de octubre de 2024, la fábrica en la que nos encontramos fue anegada por el agua, mientras una decena de personas -amigos, clientes, familia- se encontraba dentro. Circula un vídeo del propio García echándose las manos a la cabeza conforme la tromba entraba, e incluso habrá quien recordará su intervención en las televisiones para relatar el rescate de una de sus clientas. La vida de Irene le ha costado una orgullosa cicatriz en la pierna. Pasaron la noche refugiados en el altillo, con hambre, «y sobre todo, frío, mucho frío», asistiendo a la inundación del decorado de toda una década. Adiós al mobiliario, la vajilla y la cristalería; a la colección de champagnes o de muñecos que caracteriza a Gastrolover: futbolines, Funkos, Playmóbiles o Hoptimists vinculados a momentos especiales de su trayectoria.
Días después de la tragedia, se preguntaba en este mismo medio: «¿Qué hubiera sido de nosotros sin altillo?». La voz se quiebra al relatar el reencuentro con sus hijos, César y Carmen, pues la casa familiar se encuentra en Olimar, mientras que su padre vive en Picanya. También llegó a coincidir con dos buzos que le buscaban en el agua, «lo que peor llevo es que me dieran por muerto». Sin embargo, encuentra motivos para sobreponerse. En todo momento, se ha mostrado agradecido por la ayuda que recibió: clientes y amigos se volcaron, desde los que le cedieron sus oficinas, hasta los que le apoyaron económicamente. Tenía 62 llamadas en el móvil al encenderlo. «Muy desgraciadamente, soy la persona más feliz del mundo», dijo entonces, y repite ahora. Y eso que todavía no sabe lo que ha perdido, ya que todavía quedan cajas por abrir y objetos por recuperar, si es que son recuperables.
La vida, sin embargo, sigue. Y Gastrolover es una parte indisoluble de ella, al menos en lo que al pálpito de la hostelería se refiere. Acondicionada la guarida, queda volver al exterior. Ese hábitat en el que tan cómodo se siente el protagonista de este relato, tramoyista entre las bambalinas del restaurante, pero también actor principal del acontecimiento. A la pregunta '¿qué espera de esta nueva etapa David?', responde: «Espero que me sigan queriendo», con absoluta vulnerabilidad. Cómo no hacerlo.
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