El Valleret, un ángel de la guarda

El Valleret toreando el último toro de su vida, un jandilla en 2007. / torodigital
El Valleret toreando el último toro de su vida, un jandilla en 2007. / torodigital

Con su inseparable jersey teja realizó numerosos quites en los bous al carrer a lo largo de medio siglo

JORGE CASALSVALENCIA.

Decía el genial poeta valenciano Rafael Duyos en el poema dedicado a Blanquet que el arte del banderillero era «estar sin estarlo, ser antes hierro que nardo y tener a flor de ingenio ese justo capotazo y ese hacer visto y no visto, sin adorno, el lance exacto». Así de bien definía la eficacia del peón de confianza de Joselito 'El Gallo', siempre oportuno al quite para salvar la vida de su matador. Y justo esa, es la mejor descripción que define a Antonio Fenollosa 'El Valleret', para muchos, un ángel de la guarda en los bous al carrer. Su quite, preciso, en el lugar y momento exactos, salvó de apuros a muchos aficionados. Aquel liviano jersey color teja, inseparable de sus manos, aquel capotillo de la guarda que tantas veces toreó al infortunio, se convirtió en un icono fetiche, en una representación de los valores más puros de esta fiesta: el compañerismo, el respeto, el hoy por ti y mañana... El Valleret y su jersey fueron un emblema de esta fiesta, todavía en el recuerdo, una década después de su adiós.

Nacido en La Vilavella, comenzó a rodar toros a los quince años y pronto fue conocido por su habitual presencia en casi todos los pueblos de la Comunitat a partir de los años 60. Le gustaba torear con capote y muleta, enlazar los toros, rodarlos con facultades... pero con lo que más disfrutaba era haciendo quites a sus compañeros. Su presencia hacía sentir más cómodos a los que rodaban, conscientes de que el suéter del Valleret siempre iba a estar presto a evitar cualquier momento de compromiso. «Estoy más tranquilo cuando está él», exclamaba cada vez que lo veía en un festejo Don Mateo, el médico de La Vilavella, según recuerdan los aficionados.

Era una delicia, junto a Ferris, El Forner o Mariano de Moncofa, verles dominar los terrenos del toro, juguetear con él en aquellas desérticas calles todavía sin asfaltar, con muy pocas ventajas, y en las que no cabía más opción que quitarse el toro los unos a los otros. Ahí se fomentó ese compañerismo que siempre acompañó a Antonio Fenollosa. Era de los pocos, junto a El Olivero, de Nules, que por aquel entonces llevaba una chaqueta en sus manos y solo para necesidades especiales, a diferencia de lo que ocurre hoy día. Era generoso para todo, incluso a la hora de enlazar a los toros, siempre era quien se ofrecía, sin importarle lo difícil y peligroso que pudiese ser. Llegó incluso a ensogar un toro en la plaza de Castellón, que se mostraba renuente a entrar a toriles.

Algunos de sus quites le costaron más de una cornada, como la que sufrió en las fiestas de San Teodoro en La Vall d'Uixó o la que le mantuvo en estado crítico cuando en el barrio San Joaquín de su pueblo le hizo un quite a El Miso, otro de los míticos.

Fue todo un enamorado de esta Fiesta, a la que defendió y en la que participó hasta casi sus últimos días porque, aunque sus facultades no eran las mismas, sus conocimientos de terrenos y querencias eran ciencia pura. En 2007 toreó de capote a un toro de Jandilla en las calles del barrio de San Roque de La Vilavella, un animal que fue galardonado con el premio al mejor toro de la Comunitat en aquella temporada. Fue su última vez. Lo que no consiguió el toro durante tantos años, lo logró poco después una dura enfermedad que se lo llevó para siempre a los 63 años. Demasiado pronto. El último día del año 2008, la familia del toro despedía en La Vilavella a una de sus leyendas. El Valleret se llevaba al cielo su quite providencial, y junto a él, su jersey teja, el mismo que entre sollozos dejó una de sus hijas en su tumba, para seguir ayudando a sus compañeros desde el cielo.