Tres años de conflictos y apagón

La celebración de 1922, en el Parterre, marcó el canon de la fiesta actual. / Mundo Gráfico
La celebración de 1922, en el Parterre, marcó el canon de la fiesta actual. / Mundo Gráfico

Las tensiones sociales impidieron hace un siglo cualquier celebración: en octubre de 1919 y 1920 no hubo ni periódicos para contarlo

F.P. PUCHE

En octubre de 1918 la prensa advertía sin éxito de lo peligroso que era dejar viajar sin control a los muchos trabajadores españoles que estaban abandonando Francia, y que regresaban a casa portando una peligrosa enfermedad, la gripe, que se extendía por el continente con gravísima mortandad.

La Guerra Mundial se estaba acabando, pero no sus secuelas: en el otoño de ese año 1918, la epidemia de gripe --en Valencia bautizada como «La Cucaracha»-- mató a millones de europeos que habían resistido los estragos de la guerra. Pero a pesar de ello, y quizá por tratar de elevar la moral ciudadana, el Ayuntamiento engalanó el monumento al rey don Jaime, en el Parterre, donde los valencianistas de Lo Rat Penat rindieron homenaje al fundador del Reino de Valencia. En este caso, un grupo de concejales hizo en landó el trayecto desde el Ayuntamiento hasta la plaza, llamada ahora de Woodrow Wilson en honor al presidente norteamericano.

Unas semanas después, el 14 de noviembre de 1918, se dio a conocer la «Declaración Valencianista», un documento en el que numerosas entidades regionalistas hicieron, por vez primera, una pública profesión de fe autonomista.

El 8 de octubre de 1921 un barco llegó con 400 soldados enfermos y heridos en la guerra de África

Desde 1915, el año del primer homenaje a Jaime I, algo había pasado. La Unió Valencianista Regional, y grupos de jóvenes de diversa iniciativa, habían hecho prender la llama de una incipiente conciencia regional, cristalizada en un documento unitario de encendida fe en un porvenir renovado. Las tres provincias valencianas empezaban a verse, junta, abordando el futuro desde la base de identidad que constituía la personalidad, la historia y la lengua.

El apagón

Pero el año 1919 ya no fue igual. Ni tampoco los dos siguientes, 1920 y 1921. Son tres años de apagón en el homenaje, de soledad en el monumento del Parterre, de sequía valencianista. Para empezar no hay noticias, no hay pistas que nos digan si en realidad se llegó a preparar alguna cosa, más allá de la tradicional misa en una capilla de la Catedral. En los meses de octubre de 1919 y 1920 no tenemos prensa donde rastrear: las huelgas de los tipógrafos impidieron que se publicaran periódicos entre el 1 y el 27 de octubre de 1919 y entre el 9 de octubre y el 5 de noviembre de 1920.

Fueron huelgas de artes gráficas rotundas y sin fisuras, que afectaron incluso hasta el ramo de la encuadernación. Y que estuvieron acompañadas de una sinfonía de conflictos sociales capaces de envolver a ferroviarios, agricultores y carreteros, sastres y mueblistas, incluso a los «barberos de tienda o portal», que trabajaban de ocho de la mañana a ocho de la tarde y pedían una peseta más de jornal.

Durante los meses de octubre de esos dos años, la crisis de subsistencias, la falta de materias primas, el alza de los precios y un clima general de intensa subversión social, fueron peores, en Valencia, que los de la propia Guerra Europea. Durante esos años, España experimentó una intensa toma de conciencia sindical; entraron en tromba las ideas sociales procedentes de la revolución rusa y se produjo una extendida toma de conciencia en el proletariado. Anguiano o Seguí, el 'Noi del Sucre', fueron líderes sindicales a los que seguían las masas obreras. El sindicalismo radical, y la respuesta igualmente radical de muchas patronales, desembocaba con frecuencia en atentados y asaltos. En agosto de 1920, por si vale un ejemplo notorio, unos sindicalistas asesinaron, en el paso a nivel de la avenida del Puerto, a Francisco Maestre, conde de Salvatierra de Álava, su esposa y la marquesa de Tejares.

El crimen de septiembre de 1919, no fue estrictamente sindical, pero hizo víctima a Carlos Blanco, antiguo ingeniero de la Compañía de Tranvías, apuñalado bajo el Arco de la Barchilla por Rafael Marqués, un ex tranviario despedido varios años atrás.

Marruecos

Pero para coronar la espiral de amarguras estaba Marruecos, la guerra repetida, el conflicto armado «de siempre», arrastrado desde el siglo XIX, en el que las tribus rifeñas se alzaban una y otra vez contra las tropas españolas, con graves brotes en 1909, en 1912 y luego en 1920. España siempre estaba en guerra con «los moros»; las familias siempre vivían en la zozobra, en la angustia de decenas de miles de soldados desplazados al norte de África; y cosechaba con frecuencia una triste sangría que habría de culminar en el Desastre de Annual, de julio de 1921.

Hay tres años consecutivos sin noticias del 9 de Octubre. En 1921, el día hipotéticamente destinado al homenaje al rey Conquistador tuvo la mirada puesta en el puerto, donde acababa de amarrar el 'Claudio López', un vapor correo de la Trasatlántica, de dos mástiles y alta chimenea, que traía a Valencia a 400 soldados evacuados, enfermos o heridos de gravedad. La «procesión cívica» de ese año tuvo lugar en la tarde del 8 de octubre, bajo la llovizna: el público agolpado en el muelle de Caro, o en la avenida del Puerto, aplaudía a los soldados que eran trasladados en ambulancias o camillas al Hospital Militar de San Pío V y a otros establecimientos, como el Progreso del Pescador, donde trabajaba la Cruz Roja. Antonio Mosquera Grau, de 26 años, natural de La Coruña, fue el primer soldado en morir tras volver a tierra española: lo mataron las fiebres palúdicas contraídas en el frente de Melilla.

La vieja llama

En medio de tantas amarguras, LAS PROVINCIAS de 9 de octubre de 1921 quiso recobrar el calor de la vieja llama: en portada, junta a la noticia del regreso de los soldados, el cronista Carreres Zacarés evocó las fiestas en honor de la Conquista celebradas en el pasado glorioso de la Valencia foral. En 1369, escribió el investigador, el rey Pedro el Ceremonioso desfiló, con los infantes Juan y Martín, en la procesión de caballeros celebrada con gran pompa en honor de Sant Donis y el rey Jaume. La reina Leonor les saludó desde la Casa de la Ciudad, especialmente engalanada «de draps dor e de figures e ab neules pintades de paper». En 1472, cuando Fernando el Católico se unió a la fiesta del gran día, hubo toros en la plaza de Vilarrasa y el Ayuntamiento quemó ciento diez gruesas de cohetes, 45 de «tronadors» y cincuenta libras de pólvora.

Un siglo después no estamos libres de angustias y tensiones pero tenemos la suerte de poder celebrar el 9 d'Octubre juntos, e incluso unidos. Los conflictos siguen, la vida es conflicto en sí misma. Los problemas, aunque sean menos crudos, son capaces de poner a prueba a la sociedad y a sus gobernantes. La fiesta, sin embargo, es una oportunidad para el reconocimiento y la unidad, dos virtudes que escaseaban hace un siglo.