El símbolo valenciano sobrevive a la historia

La conocida como Casa de la Senyera, en el Ayuntamiento de Valencia. / Damián Torres
La conocida como Casa de la Senyera, en el Ayuntamiento de Valencia. / Damián Torres

La Real Senyera es el patrimonio vivo que recuerda cuál fue el origen de la Comunitat y conserva la esencia de la fiesta

MAR GUADALAJARA

En la vitrina del Museo Histórico Municipal permanece la Real Senyera. El paso del tiempo mella en ella. A pesar de ello, encierra esa majestuosidad que le otorga la historia que le precede, como patrimonio vivo del origen de un pueblo y su identidad. Conserva la esencia de los valores, la tradición y la cultura de los valencianos más allá de la evolución de ese pueblo, su historia y del devenir de la celebración de la fiesta. La Real Senyera es el símbolo de los valencianos que sobrevive a la historia.

El origen de la fiesta que hoy, 9 d'Octubre, se celebra se sitúa en una mala época. A principios del siglo XIV en el Reino de Valencia se sucedían una serie de acontecimientos que estaban minando a toda un pueblo. Las malas cosechas azotaban a la economía y a la salud de la población. Además el pueblo tenía que hacer frente a la amenaza de los benimerines, miembros de un imperio que controlaba el norte de África y que fueron aliados del Reino de Granada. Llegaron a la península presionando las comarcas meridionales.

«Ante ese cúmulo de circunstancias catastróficas, al gobierno municipal de la época y al obispo se les ocurrió realizar una procesión rogativa para que desde los cielos se protegiera a la ciudad de tantas calamidades», relata el catedrático de historia medieval de la Universidad de Valencia, Rafael Narbona, que sitúa así, el origen de la conmemoración anual. «El objetivo era el de recordar que la ciudad se había conquistado a los musulmanes cien años atrás y que gracias a ello, se había dado lugar a la repoblación, un crecimiento que ahora corría peligro, así pedían ayuda a los cielos y a Dios, con esta acción de gracias», explica Narbona que señala que en la religión está el inicio del 9 d'Octubre.

«Hay que reflexionar sobre lo que nos une, sin importar quién gobierne o cómo se celebre este día»

Indudablemente, se hizo uso de la Senyera para ese fin, ya que no sólo participaban en la procesión el cabildo catedralicio y el obispo, también la propia institución municipal. Pero poco a poco, con el paso del tiempo y el suceder de la Corona, «alcanzó un perfil cívico con la llegada del Magnánimo», Alfonso V de Aragón, quien declaró la fiesta como precepto y empezaron a tomar más fuerza los símbolos del rey. Esta tendencia perduró hasta el siglo XVI y durante el Renacimiento. Tanto el poder municipal como los oficiales reales seguían teniendo presencia en este procesión, haciéndola cada vez más cívil.

Fue entonces cuando se ordenó confeccionar una nueva Senyera. En 1503 se realiza una mucho más lujosa, obra del «mestre perpunter Gabriel», como se recogió en los registros del Mestre Racional de la época, que era el encargado de gestionar las cuentas. Así lo documenta el historiador y profesor Juan Villalobos, que añade que en el registro se especificó que requirieron mucha más cantidad de seda y más cara.

Esta ostentosa Senyera no pudo salvarse de las llamas del incendio que asoló la Casa Consistorial a finales de siglo XVI. Por lo que 80 años más tarde, tuvieron que encargar la confección de otra, para la que se empleó, esta vez, materiales de oro y plata. Este símbolo siguió muy presente en la «cabalgata anual de la celebración del 9 d'Octubre», como relata el catedrático Narbona. «Este estandarte reivindica nuestra historia. Era una muestra de nuestra identidad, todo ello tenía suma importancia en aquella época para conseguir la unión del pueblo valenciano», explica.

La larga guerra que asoló el Reino de Valencia coincidió con la entrada en el siglo XVIII. En la Guerra de Sucesión la ciudad fue asediada. La llegada de Felipe V de Borbón supuso partir de cero, «una ruptura con todo el pasado para crear lo que será el Estado Borbónico. Eso hizo desaparecer ese sentido identitario territorial», dice Narbona.

Con la implantación de los Decretos de Nueva Planta, toda seña valenciana queda censurada. «Debido el carácter de potencia militar, de símbolos como la Senyera tan patrióticos, la fiesta quedó abolida como se conocía hasta entonces y pasó a ser una fiesta religiosa y costumbrista».

Debido a este cambio, se introdujeron otras tradiciones y rituales que aún hoy perduran: «La población adaptó la festividad a los márgenes, por lo que se integraron tradiciones como agasajar con mazapanes y dulces en esas fechas». No fue hasta 1738, cuando se cumplían cinco siglos de la conquista, cuando de forma apoteósica y exagerada se recuperó el desfile.

«Era artificial, porque estaban los nuevos ediles y los oficiales reales, pero ya no hay nada de la administración foral y a pesar de figurar la Senyera, a pesar de recomponerse la milicia valenciana, no eran soldados, eran meros figurantes», asegura. Sólo a finales del sigo XIX se empezó a recuperar la verdadera identidad. Para entonces, ya se había ido cocinando de nuevo, el fervor valenciano. El fundador de LAS PROVINCIAS, Teodoro Llorente, poeta y escritor valenciano, tal y como recuerda Rafael Narbona, fue quien sembró la simiente. «Teodoro Llorente, en una de sus tertulias literarias habló de la figura de Jaume I y subrayó la importancia que tuvo para la ciudad de Valencia. A partir de ahí, es cuando empiezan los intelectuales a recuperar la historia valenciana». Junto a otras personalidades del mundo de la cultura lograron reencontrarse con lo propio del pueblo valenciano.

En 1925, la Senyera realizó un polémico viaje a Madrid, durante el reinado de Alfonso XIII y la dictadura de Primo de Rivera. El estandarte estaba en condiciones desastrosas, según datan los historiadores. Debido al fervor valencianista durante esos años, en 1928, el alcalde Carlos Sousa, maqués de Sotelo, tomó la decisión de restaurla y el encargo fue asumido por las Hijas de la Caridad, de la Casa de la Beneficencia. Para evitar daños, se pidió una réplica, realizada por la fábrica de tejidos de seda de Eduardo Sanchis, es la que cada 9 d'Octubre sale en procesión cívica.

La presencia de la Senyera empezó a ser habitual en los años siguientes en los edificios oficiales, junto con la enseña nacional. La fiesta quedó suspendida al inicio de la guerra y durante el franquismo sólo se celebraba el Centenario de la Conquista, sin presencia de la Senyera. Al final de la dictadura surgió un interés político por señalar de nuevo los orígenes valencianos.

En el día de hoy, la Real Senyera es lo que sobrevive para recordar que, como señala Narbona «el paso del tiempo tiene su inyección a veces benéfica a veces maléfica y la sociedad cambia, por eso deberíamos de reflexionar sobre qué es lo que nos une y tenerlo en cuenta, sin importar el partido que gobierne o cómo se celebre, el 9 d'Octubre, la fiesta de los valencianos».