Rafa Piquer, o la serenidad ante el toro

Ni un ápice de crispación en Piquer ante el toro. / lp
Ni un ápice de crispación en Piquer ante el toro. / lp

Natural de Burriana, está considerado uno de los grandes por su capacidad para hacer fácil lo más difícil

J. I. G.VALENCIA.

Todos coinciden: tenía una serenidad asombrosa ante el toro. Lo que para muchos resultaba prácticamente un imposible, él lo conseguía hacer con una pausa admirable. Quebrar la muerte a cuerpo limpio es un arte al alcance de unos pocos, pero hacerlo con la elegancia que lo hacía Rafa Piquer es solo para los elegidos. En Burriana comenzó a forjar una leyenda que le dio reconocimiento hasta el punto de ser considerado un grande en una generación que contó con ilustres de la talla de El Valleret o El Forner, dos de sus amigos íntimos con los que compartió aventuras de pueblo en pueblo.

Era capaz de hacer fácil lo más difícil. La tranquilidad con la que andaba delante del toro le permitía burlar las embestidas al quiebro sin apenas crispaciones ni brusquedades. En la rodà lucía sus facultades físicas, todo un portento para la época. En la plaza de la Merced de su localidad natal paró durante una temporada entera a todos los toros de salida. Era un verdadero especialista en la materia. Frente al ímpetu del toro cuando asomaba a la calle, la templanza de Piquer. Esa era su fórmula. Cuanto más compleja era la cuestión, más sencillez aplicaba.

Su habilidad innata se apoyaba fundamentalmente sobre el conocimiento que tenía del toro. Piquer era un estudioso . Los observaba, los analizaba y los interiorizaba hasta el punto de conocer a la perfección sus reacciones. Eso le hacía ir por delante de los demás. Era un conocedor del terreno que pisaba y a lo que se enfrentaba. Estaba en el sitio oportuno y en el momento exacto para saber cómo y dónde entrar a un toro.

La imperturbabilidad frente a los pitones de un toro desaparecía de un plumazo cuando se trataba de divulgar el festejo popular. En ese sentido fue un auténtico pionero al adelantarse a todo el mundo y poner en marcha una publicación de información sobre bous al carrer. La revista, que nació bajo la denominación de Bou per la Vila, y posteriormente acabaría convirtiéndose en la actual cabecera Bous al Carrer, fue su gran proyecto. Sin la facilidad para acceder a la información que hay en la actualidad, Piquer se buscaba la vida para averiguar a qué pueblo iba cada toro y cuándo se iba a exhibir. Y cuando llegaba el día, allí estaba él para inmortalizar el momento y dar buena cuenta de lo ocurrido. Su entusiasmo lo contagió a los suyos, en especial a su mujer, que le ayudaba a editar la revista con una máquina de escribir.

Piquer no pudo ver crecer su gran sueño. El 2 de noviembre de 1991 se dejó la vida en las astas de un toro. En Tales se cruzó el infortunio y este vez no lo pudo quebrar como tantas y tantas veces consiguió.