Una postal para la añoranza

Una postal para la añoranza

La Biblioteca Valenciana exhibe la tarjeta oficial más antigua que circuló en España y que data del año 1873Al principio, tal y como mandaba la legislación, el sello ya iba impreso y no aparecía ilustración alguna

ÓSCAR CALVÉ VALENCIA.

Nino Bravo buscaba en 1972 mil te quieros y mil caricias entre unas cartas amarillas. Dos años más tarde, Cecilia inmortalizaba una historia donde unos versos primaverales acompañaban un mítico ramito de violetas. En 1985, El último de la fila triunfaba con una carta que comenzaba 'Querida Milagros'. Todavía a las puertas del siglo XXI, una canción con un estribillo basado en un machacante 'chup' (que me perdonen los autores) sonaba en toda verbena que se preciara. Era 'La última carta'. Si fueron a E.G.B. y les pica la nostalgia, se llamaban Los cucas.

En la actualidad, escribir una carta o una tarjeta postal es, probablemente, uno de los actos más románticos que puede hacerse. Todo tiempo pasado fue anterior. Si fue mejor o peor, que cada uno juzgue. Negar la inmediatez y certeza que ofrecen las nuevas tecnologías en la comunicación -oficial o personal- es un despropósito. Por no hablar de la sostenibilidad. Dicho esto, escribir un mensaje de puño y letra, con lápiz, bolígrafo o pluma, ofrece un carácter personal del que adolece cualquier teclado. Les cuento todo esto porque si acuden la próxima semana a la Biblioteca Valenciana tendrán la oportunidad de ver un documento a todas luces fascinante. No precisamente por su valor económico. ¿Alguna vez se han preguntado sobre la primera postal oficial española? Quizá no, pero ahora ya desean saciar la curiosidad...

En 1871, justo en el ecuador del sexenio liberal sobre el que hablamos la pasada semana, el Ministerio de la Gobernación encargaba al de Hacienda la elaboración de «(...) unas tarjetas de un tipo especial, ya provistas de su sello de franqueo estampado en el anverso, que es la parte exclusivamente destinada para consignar en ella la dirección y cuyo reverso puede contener todo género de datos o noticias que se deseen comunicar, sin que haya inconveniente en sustituir estas por un texto impreso en todo o parte...». Así rezaba la Real Orden que incluía en otro punto la obligatoriedad para el remitente de firmar el texto.

En 1871 una Orden promulgaba la creación de postales estatales, pero éstas aún tardaronLa Librería-Imprenta de Ramón Ortega fue una de las principales distribuidorasLa oficial fue diseñada por Joaquín Pi y Margall, hermano del prestigioso político

Las cosas de palacio... Las postales no se fabricaban y el vacío fue aprovechado por varios impresores para hacer circular sus propias tarjetas. La historia de estas postales fuera del control estatal no tiene desperdicio. Una de ellas se imprimió con este texto: «TARJETA POSTAL, creada por superiores disposiciones de 10 Mayo, 10 Junio y 7 Julio de 1871 y permitida su circulación en España según Tarifa de 15 Septiembre de 1872. Como al Gobierno se le hace cuesta arriba emitirlas, el Doctor Thebussem dispone esta tirada (Mayo 1873) para su uso y para regalarlas a sus amigos». La estupenda tesis doctoral de Mariana López Hurtado aporta este y otros suculentos datos al respecto. El desenlace era previsible.

En noviembre de 1873 el citado Ministerio de Gobernación vetaba el uso de esas tarjetas producidas por la industria privada. El usuario potencial podía comprarla, pero no emplearla para enviarla por correo. Toma castaña. Unos días más tarde, el uno de diciembre, nacía la primera postal oficial de España. El volumen de aquella tirada en absoluto era desdeñable: un millón de tarjetas dobles, también llamadas de contestación pagada (pues eran compradas y enviadas por el remitente aportando también el coste de la respuestas) y otros dos millones de tarjetas sencillas. La importante cifra de aquella primera edición justifica que, con un poco de paciencia y sin necesidad de gastar mucho, podamos adquirir una nosotros mismos. Lógicamente, en el mercado coleccionista tiene mucho más valor hallar alguna de aquellas postales producidas por el sector privado entre 1871 y 1873.

La tarjeta postal en cuestión, la conservada y expuesta en la Sala Capitular del monasterio de San Miguel de los Reyes, corresponde al modelo sencillo. Fue firmada en Elche por un señor llamado Gaspar Meléndez el 11 de diciembre de 1873. Iba dirigida, y supongo que alcanzó a su destinatario, a Juan Buendía, habitante de Albacete. El texto de apenas tres líneas aborda una transacción comercial. Por otro lado, un curioso impenitente se puede plantear como diantre llegó a Buendía, pues Meléndez no incluyó apenas datos sobre la dirección. Vayan y jueguen a ser detectives. Vale que la población de la ciudad manchega en aquella época (en torno a 19000 almas) no era por ejemplo la de Valencia, pero incluso así resulta llamativa la ausencia del domicilio.

Si el contenido del mensaje, con sumo respeto, no es nada del otro mundo, tampoco lo es el formato de aquella primera tarjeta postal. Bueno, según se mire. Quien espere una extraordinaria panorámica de una ciudad o un monumento representativo, mejor que se siente. Sin embargo, si el deseo es acercarse a un producto primigenio, casi en fase de experimentación, el premio está asegurado. Por una cara, sólo las franjas para redactar el mensaje. En la otra, en la parte reservada al destinatario, una cartela que en la parte superior reza 'República Española'. Entre ambas palabras aparece el sello, que, como mandaba la legislación, ya iba impreso en la propia tarjeta. Nada de chupar ese papel adhesivo de sabor amargo... La miga está en el detalle. En la parte inferior, a modo de letra pequeña de documento bancario o empresa telefónica actual, podemos leer «Nota: lo que debe escribirse se hará en el reverso e irá firmado por el remitente». Sin Google también se podía vivir. Para asegurarse el óptimo empleo nada mejor que poner en la propia tarjeta el uso adecuado de esta.

Una última curiosidad respecto al diseño de esa primera edición oficial de las postales. La composición de la tarjeta fue realizada por el grabador y dibujante Joaquín Pi y Margall. Joaquín era hermano del político Francisco Pi y Margall, quien pocos meses antes había sido Ministro de la Gobernación y presidente de la República, cargo del que dimitió en julio de aquel año. Al grano. Joaquín Pi y Margall, hizo destruir una tirada previa -de más de 70.000 copias- con el mismo diseño que él había creado y que, como se ha indicado, finalmente saldría al mercado. ¿Causa de esa eliminación? Un cambio en la coloración en el proceso de impresión que Pi y Margall, el dibujante, no aceptó.

Es interesante remarcar que el motivo de la aparición de la tarjeta postal en España, tanto la extraoficial como la oficial que nos ocupa, no fue un hecho aislado, sino que formaba parte de una corriente internacional. Si en 1870 aparecía con fuerza en Alemania, Reino Unido y Luxemburgo, en 1871 sucedía lo mismo en Holanda, Dinamarca, y Bélgica. Antes de finalizar 1873 se incorporaron a esta novedad países como Rusia, Suecia, Noruega, Francia y Estados Unidos. En 1874 se reunieron representantes de más de 20 estados para organizar esta nueva coyuntura. La clave del éxito de la postal se reduce a la disminución de costes que suponía respecto al franqueo de una carta convencional. Puede que para declarar amor eterno el espacio proporcionado fuese insuficiente, pero para decir «me debes tanto» o «te vendo esto», no hacía falta más. Con todo, no faltaron los críticos a causa de la poca privacidad que ofrecía el nuevo sistema.

De nuevo en España, en 1887 se produjo un cambio fundamental en la historia de las postales. Tras casi tres lustros donde toda tarjeta tenía que ser fabricada por el Estado, su producción se liberalizó. Posiblemente este aspecto abrió un maravilloso camino sin retorno. Las postales comenzaron a incorporar imágenes: grabados, fotografías coloreadas a mano, dibujos... También aparecían cabeceras con frases del tipo "»Recuerdo de [el lugar correspondiente]». En Valencia, uno de los comercios más activos en la distribución de las primeras tarjetas postales fue la Librería-Imprenta de Ramón Ortega, ubicada entonces en la desaparecida Bajada de San Francisco. Ya saben dónde. Un apunte. Las postales reproducidas en el reportaje, y otras 40.000, se conservan y custodian en la Biblioteca Valenciana. Muchas tienen textos escritos por nuestros antepasados, pero mejor ser discretos.

Hubo un tiempo donde los buzones no sólo recibían propaganda y recibos. A veces llegaban cartas o tarjetas postales. Manden una de estas últimas a un ser querido, en la mayoría de casos el receptor se emocionará más que si recibiese un whatsapp, por muy ingenioso que sea este último. Apuesten por ello.