Dos hermanos, dos estilos y una pasión

Juan Carlos Beltrán apura cada centímetro de la estrecha calle. Fernando y su muleta inseparable, en este caso en forma de manta. Todo valía. / LP LP
Juan Carlos Beltrán apura cada centímetro de la estrecha calle. Fernando y su muleta inseparable, en este caso en forma de manta. Todo valía. / LP LP

Fernando y Juan Carlos Beltrán son referencia del festejo popular e hicieron de su afición una forma de vida

J. I. GALCERÁ

Sus casos son dos claros ejemplos de una vida entregada al toro. Cabría decir que fueron, en el caso de Juan Carlos todavía lo sigue siendo, dos románticos. Ambos hicieron de su afición una forma de vida que continúa hasta nuestros días. Ni el paso del tiempo ha menguado un ápice su pasión. Aunque apenas les separan dos años, Fernando se inició antes que su hermano. Con tan solo diecisiete años, su aparición en la calle fue de figura y pronto comenzó a marcar diferencias con el resto. La difícil facilidad con la que andaba ante el toro resultaba tan sorprendente como cautivadora. Poseedor de unas grandes condiciones innatas, sin la necesidad siquiera de preparación alguna y un valor fuera de toda duda, era capaz de dejarse llegar muy cerca al toro pero a la vez hacerlo con clase y una serenidad pasmosa. Su pausa fue un espejo en el que mirarse.

En el caso de Juan Carlos, un accidente cuando contaba con dos años marcó su personalidad en la vida y ante el toro. La merma física con la que le tocó lidiar nunca fue un impedimento, al contrario, le espoleó y le forjó el carácter. El amor propio y la ambición por no dejarse ganar la pelea desarrollaron a un rodador de los más longevos que se recuerdan. A día de hoy es fácil todavía verle donde pocos se atreven. Su conocimiento de los terrenos, un auténtico versado en la materia, le ha ayudado a alargar la carrera, teniendo en cuenta que de siempre ha sido el toro quien ha marcado los tiempos.

Naturales de Faura, Fernando y Juan Carlos fueron capitanes generales en Les Valls. Allí comenzaron a ganarse el reconocimiento entre los aficionados, extendiéndose la admiración hasta nuestros días. Tan solo basta ir un día de toros a cualquier pueblo de esta mancomunidad para darse cuenta del respeto que se les profesa a ambos. Su fama también se extendió hacia la provincia de Castellón, especialmente conocidos eran en Vall d´Uixó, Xilxes, Nules o La Vilavella, donde Fernando era esperado y reclamado, junto a Maraya, para clavar una banderilla al final de la exhibición de cada toro.

Basta ir a cualquier pueblo de Les Vall para ver el respeto que se les profesa

Abarcaron todas las suertes, desde quiebros, donde Juan Carlos era un verdadero especialista, ya fuera en la amplitud de la calle o en estrechas callejuelas donde demostraba la capacidad que le dio distinción, a las clásicas rodadas, de las que Fernando hizo todo un arte. El cite de frente al toro, la personalidad para aguantar la arrancada, la precisión milimétrica de las distancias, la capacidad para ir a su encuentro... conceptos de los más clásicos que chocan con las modas que se imponen ahora. En el imaginario colectivo está también la imagen de Fernando toreando en plena calle, muy sui géneris, bien muleta en mano o, en la mayoría de las ocasiones, con un saco. Cualquier cosa servía para liberar pasiones. Y habitual también era ver a los Beltrán en Pamplona, donde daban rienda suelta a su capacidad ante el toro. Allí, donde el encierro cobra su máxima dimensión, sufrió Fernando en 1992 un grave percance cuando un toro de Osborne le corneó y le arrastró del brazo derecho durante varios metros.