El Convento de Santo Domingo de Valencia, un extraordinario caso de supervivencia

Fachada principal del convento de Santo Domingo, que alberga Capitanía de Valencia. / JUAN J. MONZÓ
Fachada principal del convento de Santo Domingo, que alberga Capitanía de Valencia. / JUAN J. MONZÓ

A diferencia de otros inmuebles medievales, ha resistido todos los embates históricos | Una novedad editorial de Defensa recopila noticias del conjunto y reivindica el papel del Ejército en su conservación

ÓSCAR CALVÉ Valencia

La participación de religiosos de órdenes mendicantes resultó imprescindible en la dilatada campaña de conquista liderada por Jaume I. Con finalidades muy diversas. Asistir a caballeros, proporcionar paz espiritual al contingente real, luchar en el campo de batalla o actuar como mediadores en la redención de cautivos son sólo unas muestras. Es lógico que si el Conquistador contó con el apoyo de aquellos hombres, las órdenes de las que estos formaron parte -especialmente la dominica y la franciscana-, tuvieran su recompensa tras la toma de la capital del nuevo reino. En realidad, ya la tenían asegurada incluso antes de la victoria.

El 24 de abril de 1238 el monarca concedía «ad opus domus Predicatorum» un terreno «realem» en las proximidades del río. En otras palabras, cinco meses antes del triunfo de Jaime I en Valencia, comenzaba la historia (aunque todavía sólo refiriese al proyecto) de uno de los edificios más singulares de nuestra ciudad, el Convento de Santo Domingo. Una donación similar sería otorgada por el monarca unos días después. El 3 de mayo de aquel mismo año se beneficiaba a la orden franciscana con otros terrenos reales cerca del camino de Ruzafa. Aquella donación sufriría alguna modificación y ampliación, pero no dejaba de ser el germen del desaparecido convento de San Francisco.

Como estudió el desaparecido profesor Enrico Guidoni, las localizaciones de los emergentes conventos urbanos bajomedievales de las órdenes mendicantes obedecieron a una serie de circunstancias muy evidentes. Resulta curioso comprobar como en casi todas las ciudades ocupaban los ángulos de diferentes formas geométricas. No por casualidad, sino por el interés en delimitar su espacio y su correspondiente radio de acción. Descuiden, me consta que este asunto quizá sea demasiado farragoso para una jornada destinada al solaz. No obstante, si tienen curiosidad, el caso valenciano ha sido estudiado en profundidad por Amadeo Serra.

'El Ejército en el convento de Santo Domingo de Valencia. 175 aniversario', escrito por Agustín Puig

La pérdida y recuperación del doble sepulcro de los Boïl, un caso rocambolesco del patrimonio valenciano

Sea como fuere, la introducción pretende remarcar la trascendencia del edificio que hoy protagoniza nuestro reportaje, que como siempre, se ciñe al ámbito valenciano. El antiguo Real Convento de Santo Domingo de Valencia es un extraordinario superviviente, una rara avis de aquellas construcciones que tras orientar la espiritualidad de otro tiempo y soportar el paso de siglos y reformas, recibieron un golpe casi definitivo durante las desamortizaciones decimonónicas. Un buen ejemplo lo tenemos en la casa franciscana, sita hasta 1891 en las inmediaciones de la actual Plaza del Ayuntamiento. En una época en la que el progreso -y no nos engañemos, también los intereses creados-, predominaban sobre la sensibilidad patrimonial, el uso de la piqueta era el pan nuestro de cada día. Para la inmensa mayoría de edificios de origen medieval, religiosos o no, existía casi una única forma de mantenerse en pie: su utilidad.

Convento de San Francisco, edificio que corrió peor suerte que el de Santo Domingo. Se ubicaba en las inmediaciones de la plaza del Ayuntamiento, cerca del camino de Ruzafa.
Convento de San Francisco, edificio que corrió peor suerte que el de Santo Domingo. Se ubicaba en las inmediaciones de la plaza del Ayuntamiento, cerca del camino de Ruzafa. / Jesús Signes

Recordarán que tanto las Torres de Serranos como las de Quart se salvaron de la demolición porque ambas estaban operativas como prisión. Pues bien, algo parecido le ocurrió al convento donde había tomado el hábito San Vicente Ferrer siglos atrás. Concretamente, fue el 1 de mayo de 1842 cuando el antiguo Convento de Santo Domingo se convirtió en sede de la Capitanía General, o dicho de otro modo, aseguró hasta hoy su pervivencia. Pues bien, con un ligero retraso de algunos meses, aparece una publicación que conmemora la última fecha señalada y que justifica este humilde reportaje: «El Ejército en el convento de Santo Domingo de Valencia. 175 aniversario». Escrito con objetivo didáctico por el subteniente Agustín Puig Nebot, se trata de un trabajo recopilatorio de algunas de las fuentes más célebres sobre el convento. El libro presenta dos alicientes para los especialistas. Por un lado contiene un estimable aparato gráfico. Éste incluye planos de proyectos de restauración conservados en el Archivo de Capitanía, magníficas fotografías actuales tomadas por el coronel don Luis Carrasco Llopis, y, especialmente atractivas para un servidor, algunas fotos en blanco y negro, poco notas, que testimonian notables transformaciones en el exterior y en el interior del conjunto arquitectónico.

Clave de bóveda medieval.
Clave de bóveda medieval. / Jesús Signes

Por otra parte, presenta la citación de los actos más destacados que se han celebrado estos últimos años tanto en el convento como en Capitanía, así como las obras de restauración y rehabilitación acometidas recientemente en ambos espacios.

Descuella al respecto la rocambolesca historia de una obra maestra de la escultura gótica bajomedieval: la del doble sepulcro de los Boïl. ¿Recuerdan que hubo un gobernador a principios del siglo XV que fue asesinado en el centro de Valencia? Sí, aquel evocado en la calle Gobernador Viejo que ya tratamos tiempo ha. Pues el sepulcro de ese señor, Ramon Boïl Dies, y el de su hijo, Ramon Boïl Montagut, sufrirían un oprobio de notable magnitud. En atención a las últimas voluntades de padre e hijo, los restos de ambos llevaban descansando en el aula capitular del convento cerca de cuatro siglos cuando se produjo la desamortización de 1835.

Doble sepulcro

Casi de inmediato, se crearon diversas comisiones para enajenar todos los bienes muebles allí conservados. Pero el doble sepulcro fue respetado. Bueno, hasta que unas pocas décadas después, cuando a la vista de su factura excepcional, una de las mencionadas comisiones decidió enviar la obra a un museo. Bueno, a dos, porque en el colmo del salomonismo más recalcitrante, alguien tuvo la brillante idea de partir doble el sepulcro y enviar una parte al Museo Arqueológico Nacional de Madrid y otra al Museo de Bellas Artes de Valencia. En una palabra, impresionante. En la modesta opinión de quien suscribe, posiblemente las condiciones del claustro no eran las más óptimas para su conservación, pese a que un informe de 1877 de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos advirtiera lo contrario. De hecho, resulta sintomático que fuera la propia autoridad militar la que tiempo más tarde se percatara del estado descuidado del claustro y del aula capitular al que había conducido la diversidad de usos de aquella instalación.

Las torres de Serranos y de Quart se salvaron de la demolición al estar operativas como prisión

La residencia de los predicadores requirió de un muro que contuviese las crecidas del río

Fue el general Urrutia quien encabezaría a mediados del siglo XX el decisivo interés por restaurar tanto el aula capitular como el claustro. También quien devolvería a su lugar original la eterna morada de aquellos valencianos coetáneos a Mestre Vicent. Precisamente en las últimas décadas de la historia del convento y de la Capitanía es cuando se percibe una renovada sensibilidad por parte de sus gestores, según el divulgativo texto de Puig, quien por cierto lleva años a cargo de la Sección de Mantenimiento del acuartelamiento.

Bóveda de la capilla de los Reyes, obra maestra de la estereotomía.
Bóveda de la capilla de los Reyes, obra maestra de la estereotomía. / Felivet

Aquella antigua cesión de terrenos por parte de Jaime I, empezó a materializarse en una construcción cuando el propio monarca colocó la primera piedra del futuro edificio. Pero el convento en absoluto respondió a un plan unívoco. La humilde residencia de los predicadores pronto requirió de un muro que contuviese las amenazantes crecidas del río.

El aumento de miembros de la comunidad obligó a ampliaciones, pero el convento crecería de forma inusitada a partir del siglo XIV. «A golpe de talonario»: los prohombres querían ser sepultados allí y la manera para conseguirlo era a base de donaciones y beneficios que repercutían directamente en la comunidad dominica y su casa. En ese contexto nace el claustro y el aula capitular. Ya en el siglo XV se levanta un espacio fascinante: la capilla de los Reyes. Su bóveda, sea por el color de la piedra o por el desarrollo de su estereotomía, no deja indiferente a nadie. Esta capilla fue probablemente concebida para albergar los sepulcros de Alfonso V el Magnánimo y de María de Castilla, pero las circunstancias históricas provocaron que no fuera lugar de enterramiento hasta bien entrado el siglo XVI. Allí está el túmulo marmóreo de los marqueses de Zenete. Nuevas reformas al gusto de los diversos tiempos y por necesidades específicas, la ocupación del invasor francés, la desamortización, la reconversión en Capitanía,... Leer íntegramente el conjunto requiere una preparación previa, pero merece la pena.

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