Testigos de la historia

Olivo milenario 'La Morruda' de Segorbe. :: josé plasencia/
Olivo milenario 'La Morruda' de Segorbe. :: josé plasencia

Los olivos milenarios del Maestrat, que estuvieron a punto de desaparecer, han sido durante años el sustento económico de decenas de generaciones de agricultores

MARÍA JOSÉ CARCHANO

Una directora de cine, Íciar Bollaín, se pateó un día los campos de cultivo del Maestrat, en el interior de la provincia de Castellón, y aquello que vio le dio para hacer una película, El Olivo, que hace unos días fue una de las tres seleccionadas para representar a España en los Óscar. Aquellos árboles centenarios, algunos milenarios, el expolio que sufrieron durante años debido al bajo rendimiento económico del campo y el interés de propietarios, la mayoría extranjeros, por tener un ejemplar en su casa o incluso lucirlo en una rotonda, fueron el argumento de una cinta que ya ha dado mucho que hablar.

La película ha permitido poner en valor un patrimonio ambiental olvidado hasta ahora, unos árboles que han visto pasar generaciones de agricultores viviendo de un producto, la aceituna, esencial en los pueblos que han habitado las orillas del Mediterráneo, asociada de forma indisoluble a una dieta que ya se considera como la más saludable del mundo. Algo que ya sabían hace más de dos mil años, y un ejemplo lo escenifica: en los primeros juegos olímpicos que se celebraron en Grecia en el año 776 a. C. ya se entregaba una ramita de olivo a los ganadores en reconocimiento de su triunfo. Simbolizó también la paz, aquella que necesitaban los habitantes que cultivaban un producto por el que dejaban de ser nómadas y se establecían en aquellas zonas que permitían su cultivo.

Se sabe que la aparición del aceite de oliva en Grecia tiene lugar en Creta, y es precisamente en esta isla donde se conserva el que se considera el olivo más antiguo del mundo, aunque en España la mayoría de autores han consensuado que fueron los fenicios los que introdujeron el cultivo en la península allá por el año 1100 a. C.. Las relaciones económicas con Grecia hicieron crecer su importancia aunque no fue hasta la ocupación romana de Hispania, en 206 a. C., cuando la producción olivarera empieza a cobrar cierta importancia.

Es más, la zona del Maestrat linda con la Via Augusta, aquella que permitía la entrada en la península desde Roma y que conectaba ciudades tan importantes en la época como Tarraco o Sagunto, con puertos que permitían llegar atravesando el Mediterráneo hasta la capital del Imperio.

«A lo largo de la historia, las diferentes comunidades campesinas eligen sus conreos dependiendo de muchos factores, tanto naturales (clima, orografía) como sociales (coyuntura económica) o incluso culturales. En el caso castellonense, el clima mediterráneo constituye una razón de fondo para comprender que el olivo haya sido cultivado por todas las culturas que han ocupado este territorio», explica el historiador castellonense Cristian Pardo.

Precios en Roma

La importancia del aceite de oliva en la dieta de los romanos permitió su florecimiento en esa época. Los habitantes de la urbe la usaban no solo para cocinar, sino también para iluminarse y preparar jabones. Los romanos criticaban a los pueblos bárbaros por no consumirlo y usar en cambio grasas animales. Los precios que llegaba a alcanzar, sobre todo el que se cultivaba en la península ibérica, lo convertían en un producto apto solamente para las clases sociales más altas, hasta que uno de los emperadores romanos, Alejandro Severo, bajó ocho veces el precio del aceite para que se convirtiera en un elemento básico en la alimentación de la población. Aquello sucedió en el siglo III y afianzó todavía más la importancia de su cultivo.

Los musulmanes se encontraron al llegar a la península una producción de aceite muy consolidada, aunque no se distinguió esta cultura por su consumo; en una gran parte era exportada, y así lo hicieron también en el Maestrat. Según Cristian Pardo, es interesante señalar la diferencia entre municipios cristianos y las aljamas mudéjares -y después moriscas- de la Sierra de Espadán. En estas últimas el olivo fue muy significativo, aunque dependiendo de los estímulos del mercado, los precios y la demanda condicionaron, desde la Edad Media, la elección de este cultivo sobre otros. Al parecer, estos olivos milenarios pudieron sobrevivir gracias a que la producción de aceite fue siempre un valor seguro para sus habitantes, que no vieron la necesidad de decantarse por otro producto, como el almendro, como sí hicieron en otras regiones.

Almazaras

«Tras la conquista cristiana el aceite ocupaba su papel dentro del sistema feudal, pues en los señoríos el uso de las almazaras por parte de los vasallos era monopolio del señor. Ahora bien, la producción de aceite no era necesariamente una cuestión de subsistencia, puesto que desde la Edad Media existían complejos mercados comarcales y redes de intercambios entre las zonas que producían excedentes de aceite y las deficitarias», describe Pardo. Mientras en el interior los agricultores se especializaron en el olivar, en el litoral se cultivaba arroz, porque no fue hasta el siglo XIX cuando se extiende como motor del progreso económico el naranjo. Aun así, existieron momentos en que la producción no fue suficiente para abastecer a la población y se necesitaba del aceite de las Baleares para satisfacer la demanda. La importancia del aceite era tal que en el siglo XVIII la ciudad de Castellón tenía un funcionario municipal cuya única finalidad era la de proveer de aceite a la ciudad.

El gran abandono del campo se produce en los años 60 del siglo XX en el caso de la provincia de Castellón. Fueron unas nevadas continuadas en la Plana durante las décadas de los 40 y 50 las que arruinaron la producción naranjera, lo que obligó a los propietarios a diversificar su economía. A imitación de l'Alcora, que ya en el siglo XVIII fue pionera en la producción de cerámica, crecieron las pequeñas industrias azulejeras, que necesitaban mucha mano de obra. A la emigración que venía de otras provincias, sobre todo de Andalucía y la Mancha, se unieron los agricultores que no conseguían sobrevivir de lo que les daba la tierra.

Los campos donde los olivos milenarios habían visto bajo sus ramas generaciones y generaciones de agricultores esforzados se abandonaron, y solo unos pocos se quedaron. La historia después es conocida, la que cuenta la película. Pequeños propietarios tentados por unos olivos que no daban suficiente para subsistir. «Ofrecían 12.000 euros por un ejemplar, ¿quién iba a decir que no?», explican en la comarca.

Amador Peset era carpintero hasta que su empresa le echó al paro. «Mi familia tenía 18 olivos milenarios». Y se decidió. Tiene arrendados 106 ejemplares como los que tenían sus antepasados, la mayoría olvidados entre hierbajos y tierra sin cultivar. Se empleó a fondo y ahora produce un aceite único, el que producen estos árboles que no tienen ya fecha de nacimiento porque nadie se acuerda de su origen. Se trata de una variedad, la Farga, autóctona de esta zona, más dulce que las variedades tradicionales que se cultivan en Andalucía, ideal para consumir en crudo. «Así lo usaban mis abuelos y los abuelos de mis abuelos, encima del pan para desayunar».

 

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