Las reliquias de la discordia

Relicario de la cabeza de San Luis de Tolouse. :: lp/
Relicario de la cabeza de San Luis de Tolouse. :: lp

Alfonso el Magnánimo capitaneó el cruel saqueo de Marsella en busca de un emblemático botín que se puede admirar en la Catedral de Valencia

ÓSCAR CALVÉ

En las batallas poco importa el grado de nobleza con que se actúa. Al igual que en el amor, todo vale. Quizá el dicho lo tuvo presente Alfonso el Magnánimo. Algunos siglos antes ya pensaban así los cruzados, cuando en el fragor de la contienda no vacilaban ante un rostro desconocido: una vez atravesado a espada, Dios proveía. Si el muerto era un hereje o un infiel, el guerrero cristiano se daba por satisfecho por derribar al enemigo. Si por el contrario el infortunado era otro cristiano que sólo trataba de huir, el soldado no tenía porqué mostrar arrepentimiento puesto que le había acortado la espera al Reino de los Cielos.

Esta semana se cumple el aniversario del saqueo de Marsella realizado por las tropas de Alfonso el Magnánimo entre el 18 y el 20 de noviembre de 1423. Lejos de ser otra batalla más de las muchas que protagonizaron los monarcas de la Corona de Aragón en sus intereses expansivos por el Mediterráneo, el asalto produjo un suculento botín que todavía hoy, al menos en parte, puede admirarse en la Catedral de Valencia. Notables ajuares de oro y plata, la cadena del puerto y hasta el cuerpo de un santo, pasarían a formar parte del tesoro de la seo valenciana poco tiempo más tarde. ¿Cómo se consiguió?

La quema de Marsella

El joven rey Alfonso -apenas contaba 27 años en el momento del saqueo- regresaba hacia la Península Ibérica por mar tras una exitosa campaña con la que había refrendado su poder en Sicilia, Cerdeña y Córcega, además de abrir una vía casi definitiva para su posterior acceso al reino de Nápoles frente a las aspiraciones del francés Luis de Anjou. El objetivo del viaje a sus dominios peninsulares era recabar fondos económicos y recursos militares de sus súbditos para consolidar sus logros expansionistas. En la travesía de retorno, Alfonso el Magnánimo organizó un ataque a Marsella, fortaleza de su gran rival al trono napolitano, Luis de Anjou. La ciudad gala estaba algo descuidada por Luis de Anjou, entonces conde de Provenza, por dos causas. La primera responde a la excesiva concentración de sus tropas en la empresa napolitana. La segunda tiene relación con el sistema defensivo del puerto de Marsella: protegido por un bastión en cada orilla, algunos bancos de arena en el canal central dificultaban el acceso de las embarcaciones de gran tamaño. Además, acceder a la ciudad por mar precisaba primero atravesar una cadena que cruzaba la boca del estuario, y después, la superación de una notable muralla.

El 18 de noviembre de 1423 era sábado. Aquella mañana toda la flota aragonesa se reunió en una isla frente al puerto marsellés llamada Pomègues. El asedio comenzó sobre uno de los dos fuertes señalados. La táctica fue amontonar toda la madera posible en la puerta leñosa del bastión para, a través del fuego, sofocar a los defensores con el humo. Tras algunos intentos infructuosos se logró el objetivo. Con la deposición de las armas francesas se produjo la ruptura del extremo de la cadena allí sujeto. Protegidos por los proyectiles de sus compañeros, un pequeño grupo logró acercarse al otro baluarte y cortar la cadena en el otro lado, para abrir el paso definitivo a la flota. Desde el inicio de la contienda habían transcurrido varias horas y se acercaba la noche. Aunque el acceso a la ciudad parecía ya establecido para los aragoneses, un combate cuerpo a cuerpo en un entorno desconocido era un panorama poco halagüeño. El seguidor de 'Juego de Tronos' puede imaginar la solución. Al igual que hizo el detestable Ramsey Nieve con Invernalia, Alfonso el Magnánimo quemó toda la ciudad, expulsando cualquier posible resistencia. Tras dos días de pillaje donde sólo respetaron a las mujeres gracias a las órdenes del monarca aragonés (avergonzado de experiencias anteriores), las tropas regresaron a sus naves desde las que partieron rumbo a Barcelona. Allí atracó el monarca el 9 de diciembre, donde fue recibido con enorme boato. Alfonso se había reservado su particular trofeo de aquel saqueo: la cadena del puerto de Marsella y las reliquias más valoradas de Marsella, la cabeza y los huesos de San Luis de Toulouse, que acabarían integrándose en el tesoro de la Catedral de Valencia.

El símbolo del enemigo

Aunque el paso de los siglos transforma los edificios más emblemáticos, caso de la catedral valenciana, los símbolos más representativos no sucumben y se muestran ostentosos tanto al fiel como al visitante. Entrando por la popularmente llamada Puerta de los Hierros, la segunda capilla a mano izquierda está dedicada al obispo de Toulouse San Luis de Anjou-Sicilia, tocayo y antecesor dinástico del gran rival del Magnánimo. Allí se encuentran sus restos. Su vida (1274-1297) recoge todos los ingredientes de la mejor novela medieval. Hijo de reyes, a los siete años ya mostraba gusto por la vida penitente. Con trece años fue entregado por su padre (Carlos II de Anjou, rey de Nápoles y otros reinos) como rehén al monarca aragonés Pedro III el Grande. Tras siete años de cautiverio, fue liberado y renunció a un pactado enlace matrimonial que le garantizaba reinar diversos territorios, para finalmente entregarse a la orden franciscana, donde auspiciado por su ascetismo fue promocionado hasta el obispado de Toulouse. Su prematura muerte incrementó su leyenda, repleta de hechos milagrosos. Sepultado en el convento franciscano de Marsella, fue canonizado en 1317, trasladándose sus restos al altar mayor de la iglesia del citado convento. Se convirtió en el santo patrón de la ciudad. Apenas un siglo más tarde la urna con su cuerpo fue robada por el Magnánimo, consciente de dar donde más dolía. No en vano, diversos autores indican que ese era el único objetivo de su ataque.

La necesidad de dinero para sus empresas obligó a Alfonso el Magnánimo a solicitar varios préstamos a la Iglesia. Como garantía de pago ante posibles adversidades para su liquidación, el monarca, al igual que hará algunos años más tarde con el Santo Cáliz, dedicó a este fin las reliquias del santo francés. En 1424 consta que el rey entrega a la catedral sólo una parte adeudada en un préstamo anterior, además de parte de los restos del obispo angevino. Dos años más tarde sigue vigente el impago y el soberano 'dona' el resto del cuerpo del santo alojado en un precioso y rico relicario, dejándolo en prenda de 30000 sueldos.

Cuestión de estado. Algunas fuentes indican que Carlos VIII estuvo dispuesto a devolver la Cerdaña y el Rosellón a Fernando el Católico a cambio de recuperar las reliquias de San Luis obispo.

Desde entonces, diversos monarcas franceses se afanaron infructuosamente en recuperar las reliquias de su santo. Un momento clave fue cuando Carlos VIII de Francia tomó la Cerdaña y el Rosellón, y según algunas fuentes, propuso devolver estos territorios a Fernando el Católico con sólo una condición: la devolución a los franceses de las reliquias del santo. El rey español contestó que prefería perder aquellas dos provincias antes que despojar a Valencia de tan preciado tesoro. A día de hoy, sólo algunas vértebras del cuerpo santo han salido de Valencia y únicamente una vértebra ha llegado a Marsella, entregada en 1956 tras un acuerdo entre los obispos de ambas ciudades.

Otro de los notables vestigios de aquel saqueo que acabaría incorporándose en el patrimonio catedralicio valenciano no estaba exento de valor representativo como emblema de la ocupación territorial: las cadenas que protegían el acceso al puerto marsellés. Fragmentada en dos pedazos, de 59 y 70 eslabones respectivamente, fue donada a la catedral también en 1424, junto al artilugio con el que se procedió a su ruptura durante el asalto arriba descrito. Hasta 1779 se exponían las cadenas orgullosamente en el altar mayor, momento en el que se decidió trasladarlas al Aula Capitular, hoy Capilla del Santo Cáliz.

La población de Moncófar celebra -no exenta de tintes legendarios- la llegada a su población de una imagen de Santa María Magdalena. Una tempestad obligó a algunas naves que venían de asaltar Marsella a desembarcar en la playa de Moncófar, dejando para siempre una imagen en mármol de la citada santa ante el peligro de ruptura. Probablemente para el Magnánimo era una minucia. Él tenía al santo patrón del enemigo. En la guerra todo vale.

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