El nacimiento de la Valencia moderna en el siglo XIX

Plano del proyecto de reforma interior de Federico Aymaní. :: lp/
Plano del proyecto de reforma interior de Federico Aymaní. :: lp

La urbe triplicó su población y quintuplicó el espacio urbanizable entre los años 1840 y 1930

DANIEL MUÑOZ

valencia. El derribo de las murallas medievales de Valencia simboliza el fin de una etapa y el comienzo de otra bien distinta para la ciudad, siendo el emblema de un profundo proceso de modernización urbana. A la altura de 1865, esta estructura había perdido ya su función defensiva y representaban un corsé para el desarrollo que se estaba gestando.

Entre 1840 y 1930, el área urbana de Valencia triplicó su población, pasando de poco más de cien mil habitantes hasta los trescientos veinte mil. Este crecimiento poblacional, principalmente fruto de una fuerte corriente migratoria, comenzó a abarrotar el casco urbano y sus arrabales. Buena parte de estas gentes se establecieron a lo largo de las vías de acceso a la ciudad, generando una expansión desordenada y la necesidad imperiosa de ensanchar y reordenar el espacio urbano. Durante este mismo periodo, el espacio de cualificación urbana se quintuplicó, aunque esta expansión estuvo marcada por el signo de la discontinuidad. Este lento, pero inexorable, proceso de ensanche valenciano, permitió desarrollar un crecimiento urbano sostenido durante buena parte del siglo XX, en la línea de las nuevas corrientes urbanísticas y arquitectónicas que se estaban imponiendo en las principales ciudades españolas. Un proceso expansivo, gestado en el siglo XIX, fruto del cual Valencia fagocitó diversas poblaciones de la huerta (Ruzafa, Benimaclet, Patraix, Poblats Marítims.), las cuales fueron incorporadas a su área metropolitana.

Sin embargo, la temprana fecha en que se planteó el primer plan de ensanche valenciano (paralelo a los de Madrid y Barcelona) contrasta con la lentitud de su puesta en práctica, y la sucesión de diferentes proyectos de ensanche, los cuales se fueron superponiendo unos a otros. La escasez de solares edificables en la ciudad (a pesar de la desamortización), las deficiencias higiénicas de las viviendas y las vías públicas (fruto del hacinamiento, la falta de servicios públicos y la presencia de industrias dentro del casco urbano) y la gran demanda de alquileres (y el elevado precio de los mismos) motivaron la decisión de plantear un proyecto de ensanche para Valencia, el cual se concluyó el 22 de diciembre de 1858, y cuyo plano general fue realizado por los arquitectos Sebastián Monleón, Timoteo Calvo y Antonio Sancho. A pesar de que este proyecto nunca fue aprobado por el gobierno central, representa un primer intento de racionalización del espacio urbano valenciano, continuado posteriormente por otros.

Casco antiguo

Pocos años después, se autorizaba el derribo de las murallas, del que conmemoramos su 150 aniversario, rompiendo esta barrera urbanística que limitaba la expansión y dificultaba las comunicaciones en el casco urbano. Sin embargo, como remarcó Salvador Aldana, aún sin murallas, Valencia sigue siendo una ciudad amurallada, por lo que a su trama urbana se refiere, gracias a la ronda que se construyó aprovechando el espacio de los muros y fosos y que, aún hoy en día, circunda el perímetro del casco antiguo de Valencia.

La aprobación definitiva del ensanche se produjo en 1887, a partir del proyecto planteado por los arquitectos José Calvo, Luis Ferreres y Joaquín María Arnau en 1884. Sin embargo, ya existían numerosas construcciones fuera del recinto amurallado y desde 1876 el Ayuntamiento había aprobado diferentes alineaciones de futuras calles, a las que tuvieron que adaptarse en este proyecto de ensanche, que permitió ampliar significativamente el espacio urbano valenciano extramuros, a partir de nuevas vías y un modelo urbanístico en retícula.

Más problemas planteó la reforma interior del casco urbano, como remarcó Francisco Taberner, fruto de los intereses contrapuestos, la elevada inversión que se requería y la escasa inversión de capital privado, en un momento de profunda crisis financiera para el municipio.

Los grandes proyectos de reforma interior, como el planteado por Luis Ferreres en 1891 para la creación de una Gran Vía, fracasaron estrepitosamente. En este contexto de inestabilidad política y financiera, las modificaciones del tejido urbano valenciano fueron puntuales (como la apertura de la Calle de la Paz o el derribo del barrio de Pescadores), sin una intervención de conjunto. Sin embargo, la intención de las autoridades valencianas era clara: romper con el pasado, crear nuevos espacios urbanos y mejorar la higiene y servicios públicos de la ciudad. En definitiva, hacerla más moderna y habitable.

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