Tres generaciones con madera y genes de artista

Pedro Santaeulalia (i), Alejandro, José y Miguel, junto a sus padres. / lp Sagas. Familias Ribes (i); Devís, Sánchez y Azpeitia.  :: irene marsillaPepe Puche (d), junto a una imagen de Julián Puche, y Marina Puche :: irene marsilla
Pedro Santaeulalia (i), Alejandro, José y Miguel, junto a sus padres. / lp Sagas. Familias Ribes (i); Devís, Sánchez y Azpeitia. :: irene marsillaPepe Puche (d), junto a una imagen de Julián Puche, y Marina Puche :: irene marsilla

Los talleres de varias sagas se enfrentan al reto de pasar el testigoLa incorporación de nuevas tecnologías y la necesidad de sacar adelante presupuestos son ahora los principales desafíos

LOLA SORIANO

valencia. No todos los artistas falleros pueden presumir de haber llegado a la tercera generación. A pesar de ello, son varias las familias que han podido pasar el testigo, pero queda pendiente el reto de si se alcanzará la cuarta generación de un oficio que es único en el mundo y que necesita una protección.

Entre los apellidos que siguen con el testigo se encuentra los Ribes. El iniciador fue Francisco, que empezó de aprendiz con Regino Mas y Modesto González. Su hijo, Francisco Ribes López, junto con su hermano José Manuel, siguieron el oficio.

Tanto Francisco como su hijo Bruno Ribes García aseguran que son de los pocos artistas que se han resistido a hacer el diseño 3D y fresado de las figuras. «Lo hacemos todo artesanal y creamos cada pieza desde el corcho, por eso es única. Somos autosuficientes para mantener el equilibrio presupuestario». Francisco aconsejó a su hijo que preparara una carrera. Bruno (de 31 años) primero estudió Ingeniería Técnica Industrial, pero luego decidió compartir taller con su padre. Reconoce que en el sector «la tecnología acabará apoderándose de la artesanía».

Son varios los talleres de la Ciudad Fallera los que no tienen garantizada la continuidad familiar

Otro apellido con tercera generación es Devís. Comenzó el abuelo, José, que empezó con la pintura mural y se enamoró de las fallas. «Desde Lliria iba en su bici a San Carlos para sacarse el título y conoció a Modesto González y fue aprendiz de Vicente Luna». El hijo, José Ramón Devís Benet, ya entró en el taller a los 14 años, fue a San Carlos y los 20 años ya tenía el carnet del gremio. Ahora trabaja junto con su hijo, José Devís Antequera (de 23 años). José Ramón ha militado en secciones desde Primera B a Cuarta, pero este año ha decidido dar el salto y plantar en Primera A, «para que mi hijo sepa cómo se trabaja a esos niveles». Ahora preparan la hoguera de Benalúa.

En el taller de los Sánchez también suman tres generaciones. «Empezó José, el hermano mayor de mi padre, de aprendiz con Regino Mas. Luego se unieron mi padre, Rafa, y mi tío Miguel», indica Toni Sánchez. Los tres hermanos «se especializaron en las carrozas porque no había muchas empresas en España», indica Toni, que a los 16 años -tras el fallecimiento de su padre- se quedó en el taller de su tío Miguel. Toni sigue con las carrozas e inculcó a su hijo, Rafa Sánchez Cervera, la necesidad de estudiar y terminó Bellas Artes y un máster. «Me encanta modelar en 3D y aplicar las tecnologías a las piezas para las carrozas y unirlo a lo artesanal», añade Rafa.

En la saga de los Santaeulalia el iniciador fue Salvador, que era pintor mural. Su primera falla fue en 1943 en Burjassot. A los 14 años se unió al taller Miguel Santaeulalia Nuñez, que plantó su primera falla en Cruz Cubierta y que hizo fallas en Especial para Na Jordana, El Pilar o la Ferroviaria. Como anécdota, Miguel está a la última en tecnología, porque aprendió a modelar en 3D con explicaciones de sus hijos y por tutoriales de internet.

Esta saga es única porque en la tercera generación, los cuatro hijos han heredado el gen de artista fallero (Miguel, Pedro, Alejandro y José). Miguel Santaelalia Serrán fue el primero en seguir la estela y tanto él como Pedro han hecho historia en las fallas con proyectos difíciles de repetir, como los de Nou Campanar. Alejandro combina su profesión de arquitecto con proyectos de fallas, como los que hizo en Especial para L'Antiga y José realiza diseños y trabaja como escultor en Lladró.

También de renombre es la familia Puche. Julián fue el que abrió el camino. Trabajó como mecánico de máquinas de escribir pero quería ser escultor e iba a Artes y Oficios, pero lo llamaron a filas en la guerra y luego hizo la mili, donde conoció a un gran fallero, Pepe Vizcaíno. «Le convencieron para hacer su primera falla en Pelayo», comenta Pepe Puche.

Entre 1961 y 1975 hizo las fallas de Especial de Convento y Na Jordana. Luego se unió su hijo Pepe al taller con 13 años, aunque siguió en Artes y Oficios y en Bellas Artes y combinó su trabajo en Lladró con el taller. Cuando murió su progenitor estuvo años sin hacer fallas «y en 1992 creé la falla para la Expo de Sevilla, luego llegó Archiduque Carlos; Exposición; Malvarrosa o Quart-Palomar. En esta última se estrenó Marina Puche con Ceballos y Sanabria, a los que conoció en sus estudios de Bellas Artes. Pepe Puche confiesa que «me haría ilusión que la saga llegara a una cuarta generación, por ejemplo con la hija de mi hija Laura, ya que le encanta jugar a pintar en el taller, pero es difícil».

Otra saga lleva la firma de Azpeitia. Comenzó Ángel, que fue aprendiz de José Sánchez. «Mi tío Pepe se sacó la carrera de Bellas Artes y fue escultor. Modeló la cabeza de la Virgen del cadafal de la Ofrenda e hizo fallas de Especial», indica José Ángel, que continuó el oficio. «Logré ninots indultats, pero nos especializamos en las carrozas», comenta. Ahora le quedan 3 años para jubilarse y sus hijos, que estuvieron en el taller, tiene otros oficios.

En la saga Cortés comenzó Miguel, que pasó de ser carpintero a artista, junto con un hermano. Luego siguió Miguel y ahora está Miguel Cortés Roselló, que ha combinado la tradición con la innovación en las carrozas.