Rafa Chordá, el coronel de las flores

Rafa Chordá, el coronel de las flores

El coordinador empezó con 18 años y ya tiene 56. Presume de su equipo y de que jamás se ha caído nadie desde los 17 metros de altura del cadafal. Con un rayo láser corrige los errores que ve en el manto

FERNANDO MIÑANATXEMA RODRÍGUEZ

La plaza de la Virgen está preciosa sin gente. El sol arrea mientras van llegando los vestidores, los 42 elegidos -30 hombres y 12 mujeres- encargados de rellenar de flores el manto de la Mare de Déu. Por delante espera una tarde dura y pesada, hora tras hora recogiendo los ramos, arrancándoles las hojas verdes y lanzándolos a los compañeros que cuelgan de los travesaños. Se les hará de noche y esperan que, como en los últimos años, no lleguen a cruzar al día siguiente.

Rafa Chordá es el coronel de este ejército de las flores. A las dos se ha comido un bocadillo por allí cerca y en media hora ya está dando indicaciones. El coordinador va vestido de huertano, como todos. Espardenyes de careta, calcetines blancos, pantalón negro, camisa blanca, el típico pañuelo blanco con cuadros azules anudado al cuello, una faja roja abrazada a la cintura y el chopetín, un chaleco estampado donde lleva prendidos dos broches: una espardenya con la imagen de la Geperudeta dentro y una insignia de la Adoración Nocturna, una asociación de devotos que un jueves al mes acuden a la parroquia a rezar sus oraciones. Rafa lo mira todo con detalle a través de sus gafas tornasoladas y da las órdenes sin titubeos.

Es uno de los herederos del padre de todo esto, Pedro Llorca, de Ruzafa, a quien conoció hace 38 años y quien pidió a un grupo de nueve amigos que tomara las riendas. Los veteranos tenían 18 años y aman la Ofrenda como nada en esta vida, pero ya van a por los 60 -Julio Juan es el mayor con 63- y empiezan a pensar en el relevo. Han llegado las segundas y terceras generaciones. Como Sergio, hijo de una Llorca, que mantiene viva la estirpe. O como Alba, hija de Rafa Chordá, la más joven a sus 13 años. Es otra devota y sacrificó dos días de Fallas porque estaba enferma y prefería recuperarse en la cama que andar por ahí.

Son las tres y les espera el prior en el interior de la basílica. A los cinco minutos salen con un calendario en la mano. Lo sujetan como un tesoro porque lleva la imagen de la Virgen en el dorso y, adherido, un trozo del manto. Los vestidores forman un círculo alrededor de Rafa Chordá y éste saca una cajita de la que extrae una medalla de la Maredeueta. Se la van pasando de unos a otros. Hay quien la besa, quien se santigua con ella y hasta quien la alza apuntando al cielo.

Chordá da un pequeño discurso y brinda a una compañera, Eli, ausente el año pasado por un embarazo, madre ya, un privilegio. La joven avanza hasta el centro y suelta a voz en grito: «¡Vestidors, tots a una veu, visca la Mare de Déu!». El coordinador parece Vicente del Bosque durante un momento. Abre su carpeta, donde esconde el gran secreto, el boceto del diseño del manto, y lee la 'alineación'. Quién va a la derecha, quién a la izquierda, quién arriba y quién abajo.

La plaza empieza a oler a chocolate caliente y a buñuelos. La gente se arracima tras las vallas mientras los fumadores apuran un último pitillo y los veteranos guardan fuerzas sentados en los escalones del cadafal. De repente se escucha el tabal i la dolçaina y alguien da un grito. «¡Venga, que ya están ahí!».

Todos saben de sobra qué tienen que hacer. Rafa Chordá se ha ido al principio de la calle para ver entrar a la primera comisión, la Falla Lluís Navarro-Remonta. Pero de inmediato regresa a su sitio y controla que todo esté en orden. Los ramos rojos se colocan en la base y los blancos, desbrozados, en el manto. Encima del cadafal hay tres niveles. Abajo se sitúan los que arrancan todo lo que sobra, en medio rediben los ramos al vuelo, los colocan en una repisa y, cuando los de arriba del todo están listos, se los lanzan. Al principio de la tarde todo son bromas: están eufóricos. Perolas sonrisas se van torciendo en rostros serios, muecas de cansancio y dedos que buscan un alivio apretando los músculos fatigados.

Chordá habla con orgullo de su equipo, del oficio de los vestidores, que nunca han sufrido una caída desde un cadafal que alcanza los 17 metros de altura. «Utilizan la técnica del montañero. Siempre tienen tres puntos de apoyo: los dos pies y una mano. Con la otra cazan los ramos al vuelo». Y jamás asumen un riesgo. Si un ramo se cae, y se caen muchos, no pasa nada. Es peligroso. Más en la parte frontal, inclinada hacia adelante.

Resopón

De vez en cuando, Chordá saca un cigarrillo y contempla el manto. Con un rayo láser, como esos que usa el hincha para chinchar al crack de turno, señala con precisión dónde hacer una corrección. La plaza ya no huele a fritos. Las flores prietas entre los tablones empiezan a ganar el pulso de los aromas mientras el manto parece, cada vez más, estar hecho de algodón. Por los dos flancos pasan las falleras llorosas y los falleros barbudos. La Mare de Déu mira hacia la puerta de los apóstoles y los músicos que vienen de frente ponen un ojo en la partitura y otro en la Virgen. Algunas falleras no pueden resistirse y, tras dejarla atrás, giran el tronco para pegarle un último vistazo.

La tarde va tomando aspecto de noche y el bocadillo de Chordá debe estar ya por los pies. «No pasa nada. Más tarde siempre vienen las mujeres y nos traen algo de comer». Luego abre la carpeta y muestra el boceto del manto como quien descubre el mapa del tesoro. «Este año hemos querido dedicarlo a la infancia y lo hacemos con San Vicente Ferrer -se adivina el contorno en el manto-, que es muy valenciano pero, a su vez, es el fundador de un colegio de niños huérfanos».

La Fallera Mayor Infantil será el heraldo del final. Ella será la última en entregar su ofrenda. Tras una breve homilía será el momento de volver a casa, a Masías, y desplomarse en la cama. Pero antes de abandonar la plaza, seguro, Rafa echará una mirada atrás para ver el manto de la Virgen y despedirse. Hasta mañana. Bona nit.

 

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