Psicofísica

Técnica Alexander, reeducación para combatir los malos hábitos

El objetivo de las clases de técnica Alexander es redescubrir cómo nos movemos y elegir cómo hacerlo sin automatismos./JORGE MONTALVO
El objetivo de las clases de técnica Alexander es redescubrir cómo nos movemos y elegir cómo hacerlo sin automatismos. / JORGE MONTALVO
El método trata de redefinir aprendizajes automatizados como caminar, hablar o sentarse, e instalar una nueva forma más consciente de desempeñarlos
RAFA HONRUBIA.

Una forma diferente de entender y atender el cuerpo y la mente. Así podría definirse la técnica Alexander. Los testimonios de aquellos que la practican hablan de cambiar hábitos posturales erróneos pero también la recomiendan como terapia para serenar la mente, sentirse más ligero, relacionarse con la gravedad, mejorar la concentración, encontrar la fluidez del movimiento, gestionar el estrés, ser consciente del momento presente, encontrar el bienestar. Un método poco convencional, de difícil definición, que nos permite hacer un mejor uso de nuestras capacidades naturales con gracia y sin esfuerzo aparente.

«El conjunto de tensiones excesivas que acumulamos se convierte en nuestra aparente organización neuromuscular y actúa automáticamente como patrón, como hábito inherente a nosotros. Estos hábitos determinan cómo reaccionamos ante las exigencias de la vida y pueden interferir con nuestra salud y nuestro potencial», explican desde la Asociación de Profesores de la Técnica Alexander de España (Aptae). Igual que hemos aprendido estos hábitos, somos capaces de olvidarlos y sustituirlos por otros menos forzados. Ese fue el legado del actor australiano Frederick Matthias Alexander (1869-1955), padre de esta disciplina.

En el clásico 'El cuerpo recobrado', Michael Gleb explica que la técnica Alexander elude una definición precisa «porque se refiere a una experiencia nueva: la de liberarse gradualmente del dominio de los hábitos establecidos. Cualquier tentativa de traducir esta experiencia en palabras es por fuerza limitada, un poco como tratar de explicar qué es la música a alguien que no haya oído nunca una nota».

Las clases de técnica Alexander tratan de revisitar aprendizajes automatizados tales como caminar, hablar o sentarse, e instalar una nueva forma más consciente de desempeñar estas actividades cotidianas. «El ritmo acelerado en el que vivimos y una sociedad demasiado cerebral hace que nos hayamos alejado de la forma natural de movernos y relacionarnos», señala Virginia García, profesora de técnica Alexander en Valencia.

García lo tiene claro cuando se le pregunta acerca de este método: «A mí me cambió la vida radicalmente. Había sido gimnasta durante muchos años y después me licencié en Administración y Dirección de Empresas. Trabajé en el extranjero en empresas multinacionales pero tenía continuas recaídas por mi mala gestión del estrés. Padecía fuertes migrañas y dolores de cuello que afectaban a mi equilibrio de tal forma que tenía que permanecer tumbada durante días. Entonces tuve la suerte de encontrarme con varias personas que me hablaron de la técnica y me animé a probar. Tras varias clases comprendí que era lo que necesitaba». Tal fue la revolución que le provocó descubrir este método y aplicarlo en su día tras día que decidió estudiar en el Alexander Technique Centrum Amsterdam entre 2004 y 2007. «Quise dedicarme a ello enseguida, es un método que debería conocer todo el mundo», destaca. Tras su regreso a España, trabajó como profesora de técnica Alexander para la orquesta del Palau de la Música de Valencia durante 2009 y 2010. Actualmente trabaja en su propio estudio, en el Botànic Espai de Dansa, Terra Verda y Les Herbetes.

Está recomendada a cualquiera que quiera mejorar el uso de su cuerpo

«Existe la creencia de que la técnica es utilizada solamente por músicos, actores o bailarines por la evolución histórica de la técnica», pero su uso se ha ido popularizando tal y como explica la profesora. «Primero fue utilizada por actores y se aplicó al uso de la voz porque Alexander era actor, después por bailarines en Estados Unidos, dando lugar a varias técnicas de danza, pero sus aplicaciones se van extendiendo hasta cualquier tipo de persona que quiera mejorar el uso de su cuerpo por cualquier motivo», explica García. Por ejemplo, se ha demostrado su eficacia para los dolores lumbares y cervicales derivados de trabajos sedentarios. «Lo que hay que tener en cuenta si decidimos tomar clases de la técnica es que es algo que hay aprender y poner en práctica en nuestra vida cotidiana», recomienda.

Sin ejercicios

En una clase en la que toma parte la técnica Alexander encontraremos esencialmente una mesa camilla y una silla. Solo el mero hecho de sentarse y levantarse arroja luz y desencadena una serie de tensiones y hábitos. Aquí es donde entra en juego el profesor y su capacidad para ayudar a diferenciar y modificar aquellos que puedan resultar perjudiciales. No es un programa de ejercicios, sino que el objetivo es redescubrir cómo nos movemos de forma personalizada y elegir en cada momento cómo debemos movernos sin automatismos. Por eso, ayuda a tomar conciencia del momento presente y a mejorar la concentración, entre otra cosas.

Las clases ven cuestiones como sentarse en una silla correctamente

Tampoco es un tratamiento, sino una reeducación cuyo objetivo es explorar el cuerpo y aplicar los procedimientos aprendidos en clase en la vida cotidiana. Por eso, el proceso es lento pero la evolución se vislumbra tras cada sesión. «Al disminuir la tensión en la musculatura y mejorar el uso del cuerpo, también mejora la circulación, los problemas de insomnio, la fatiga, la respiración, el sistema digestivo, aporta claridad mental, mayor seguridad en cuanto a la toma de decisiones, mayor creatividad, mejora el uso de la voz y su proyección, etcétera», enumera Virginia García.

Alexander aseguraba que ni las palabras ni los ejercicios eran suficientes para estimular un cambio real de nuestros hábitos más profundos. Así que basó su método en un trabajo manual e individualizado en el que el profesor guía el aprendizaje a través de lo que llamó el control primario -la relación entre el cuello, la cabeza y la espalda-, la inhibición -frenar la respuesta automática y habitual a un estímulo- y la dirección -la proyección de órdenes a todo el sistema como unidad-. «Este aprendizaje será aplicable a todas las actividades que realicemos porque se configura como una nueva organización neuromuscular e irá creciendo en la medida que lo vayamos practicando», explica la Aptae.

En su origen, era utilizada por actores para mejorar la voz

Sir Charles Sherrington, premio Nobel en Fisiología y Medicina en 1932, apoyó las investigaciones de Alexander a principios del siglo XX. La técnica recibió una buena acogida por una gran número de científicos, como John Dewey, educador y filósofo científico pionero en Estados Unidos, el escritor y filósofo Aldous Huxley, o Nikolaas Tinbergen, premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1973. Un estudio reciente publicado en el 'British Medical Journal' señala que la técnica Alexander es el método más efectivo para eliminar los dolores crónicos de espalda.

La experiencia le dice a Virginia García que, «en esta sociedad acelerada nos hemos desconectado de nuestro cuerpo hasta el punto de no sentirlo, no hacemos caso de sus señales, lo damos por hecho y luego nos sorprendemos de que deje de funcionar». La clave, mantiene, es «dejar de hacer, aprender a escuchar y confiar en la sabiduría del cuerpo.

Una disciplina que salió a relucir en el discurso del Nobel de 1973

Nikolaas Tinbergen, zoólogo holandés y uno de los padres de la etología, dedicó la mitad del discurso de aceptación del premio Nobel de 1973 para hablar sobre la técnica Alexander y su creador. Frederick Alexander sufrió problemas de orden respiratorio y frecuentes afonías que le impedían ejercer su profesión de actor con normalidad. Esto le motivó a investigar y, fruto de ese trabajo, descubrió que el problema no era solo a causa de su aparato fonador, sino que era mucho más amplio y estaba implicado tanto su cuerpo como su mente. Más tarde, se dio cuenta de que su objeto de su estudio no era una particularidad suya sino que era algo común entre la mayoría de la gente

Los elogios hacía Alexander y su disciplina son constantes a lo largo del texto de Tinbergen, quien reconoció que, «con pocas excepciones, la profesión médica ha ignorado en gran medida a Alexander, quizás bajo la impresión que era el centro de una especie de culto, y también porque los efectos eran difíciles de explicar». Sin embargo, añadió que no podía «más que caracterizar y recomendar el tratamiento de Alexander como una extraordinariamente sofisticada forma de rehabilitación, o mejor dicho de reorganización de todo el equipo muscular y a través de este de muchos otros órganos. Comparado con esto, muchos tipos de psicoterapia que son de uso corriente aparecen sorprendentemente toscos y restringidos en su efecto, y a veces incluso dañinos para el resto del cuerpo». «La intuición, la inteligencia y la perseverancia demostradas en este caso por un hombre sin ningún estudio médico, constituye una de las grandes epopeyas de la investigación y la práctica medicas», destacó.