Pioneros que el plástico arrinconó

VICENTE LLADRÓ

Hubo un tiempo en el que las huertas valencianas constituían la fuente principal que suministraba a diario hortalizas frescas a media España. Desde las huertas litorales de alrededor de Valencia ciudad, La Ribera, La Safor, La Plana... partían diariamente camiones cargados con coles, lechugas, alcachofas, habas, tomates, pimientos, berenjenas, melones, sandías, patatas tempranas, cebollas...

La oferta variaba lógicamente según la época del año, porque en aquellos tiempos -hasta hace unas tres o cuatro décadas- las tierras valencianas que se riegan del Turia, el Júcar, el Mijares o el Serpis constituían verdaderamente la gran huerta de España, una huerta de primor que irradiaba sus productos hasta Madrid, Bilbao, La Coruña, Zaragoza, Jaén, Oviedo, Burgos...

En cada pueblo había algún almacenista-comerciante -en muchos casos más de uno- que se encargaba de recoger las modestas producciones que le llevaban los labradores y prepararlas para ser cargadas en los camiones que llegaban desde todas partes por la tarde, para llevarlas a los mercados de abastos del resto del país. Por lo que respecta a mercados locales, como el famoso valenciano de Abastos, acudían al mismo de madrugada muchos huertanos, o confiaban sus producciones a asentadores de confianza.

Aquellos camiones que llegaban de todos lados cargaban un poco de cada cosa en diversos almacenes, según las comandas que traían y la especialidad de cada comerciante. La firme demanda sostenía una producción primorosa que daba mucho trabajo en nuestros pueblos. Con esfuerzos de sol a sol -y muchas noches tras el agua escasa para regar-, miles de familias vivían de un puñado de hanegadas.

Lo mismo ocurría con las naranjas. Había demanda de toda España y de toda Europa, y a pesar de los aranceles que nos imponían, la exportación iba al alza, porque éramos principales productores, y aumentaba la entrada de divisas y el auge de extender el cultivo si la disponibilidad de agua lo permitía.

Donde no había acequias que llevaran el caudal de los ríos se excavó en el subsuelo, con tal de aprovechar mejor con el riego tierras con buen clima para extender los agrios y las verduras. Primero fueron humildes norias, después anchos pozos a cielo abierto y galerías subterráneas; finalmente perforaciones con moderna maquinaria. De las caballerías dando vueltas en las norias se pasó a bombear con máquinas de vapor, luego al motor diésel (d'oli pesat) y al final a las bombas eléctricas sumergidas.

Cuando no había buenos comerciantes que encauzasen las ventas, o los había pero no ejercían con la requerida fidelidad a los productores de siempre, estos optaron por constituir cooperativas que se encargaron de hacer florecer más aún aquellos cultivos de primor.

Durante décadas todo funcionó en cierto equilibrio y con un ritmo de crecimiento asegurado. Incluso muchos agricultores valencianos que querían aumentar plantaciones, y no tenían dónde poder hacerlo cerca, optaron por irse a otras regiones. Así se extendieron los arrozales en Andalucía y Extremadura, por ejemplo. Y los cultivos hortícolas en las zonas más cálidas de Alicante, Murcia, Almería..., y los cítricos en toda Andalucía.

Si se mira bien en cada parte donde se implantó algo nuevo en tiempos relativamente recientes, detrás de los inicios se descubren apellidos e historias de agricultores valencianos.

Pero ese carácter pionero y emprendedor que imprimió todo aquello acabó pasando factura en las tierras donde empezó. El definitivo factor desencadenante fue la irrupción del plástico, que propició primero que se multiplicaran los invernaderos y a continuación se generalizó el riego a goteo. Ya no eran imprescindibles tierras feraces, acequias históricas y agricultores-jardineros que mimaran las plantas. Y así continúa siendo. Otras zonas y regiones cogieron el testigo. Cerraron almacenes, se reconvirtieron cooperativas y plantaciones... Y el mismo proceso sigue en países de fuera. ¿Tendremos capacidad de resistir para que perdure el saber hacer agrícola valenciano?