Se agotan las alternativas

VICENTE LLADRÓ

Cuando años atrás sufrimos otras crisis citrícolas, con hundimientos generales de los precios y negros nubarrones en el horizonte, mucha gente lo tuvo claro: se aprestó a injertar sus naranjos o mandarinos, o aprovechó para arrancar plantaciones envejecidas y replantarlas de nuevo. Y en ambos casos se enfocaron las nuevas producciones con otras variedades que contribuían a diversificar la oferta, intentando salir de los momentos de la campaña que estaban más saturados, especialmente los meses centrales de la misma.

En la comarca de La Ribera del Xúquer fue providencial la disponibilidad de la mutación de caqui Rojo Brillante y del innovador tratamiento -nuevo entonces- que permitió que esta fruta climatérica (madura después de recolectarla) pudiera comercializarse con una modalidad desconocida hasta el momento (sólo se conocía su venta y consumo con aspecto blando). El novedoso sistema permite que esta fruta pierda la astringencia que la hace incomestible recién cogida del árbol, pero manteniendo la firmeza de su textura inicial, lo que facilita prolongar su vida comercial, enviarla a mercados distantes, conquistar nuevos consumidores y, consiguientemente, aumentar su producción para satisfacer la nueva demanda.

Con el 'boom' del caqui fueron muchos agricultores los que, hartos de sufrir con las naranjas y mandarinas que ya no les daban la rentabilidad requerida de años atrás, se decidieran a cambiar. En pocos años varió radicalmente la geografía agrícola de La Ribera, bajo el auspicio emprendedor de cooperativas de la comarca que lideraron -y lideran- el proceso, dándose la circunstancia de que gracias al caqui se ha podido mantener el tradicional minifundismo en términos de rentabilidad similar al que daba la citricultura tiempo atrás.

Atraídos por el ejemplo de La Ribera, muchos agricultores de otras comarcas valencianas, y también de otras regiones españolas, apostaron por el caqui, lo que ha llevado a niveles de cierta saturación, con el temor de que un año de estos pueda llegar a haber excedentes de importancia.

En vista de que el caqui crecía quizás con desmesura, quienes seguían saliendo de la citricultura empezaron a optar por otras alternativas que se presentaban. Así renació el afán por el kiwi, que vivió sus primeros momentos de empuje tres décadas atrás, aunque las fuertes inversiones necesarias para cubrir las plantaciones y la gran dedicación de mano de obra decanta su cultivo hacia un puñado de productores realmente muy especializados.

En paralelo empezó a extenderse la moda de las granadas, a veces con variedades patentadas que exigen el pago de royalties. Muchos se aventuraron en ello sin ni siquiera conocer bien dónde se metieron, como se juega a la lotería pero a lo grande, y lo más llamativo es que se han visto granados arrancados antes de llegar a producir. Como también se han eliminado caquis, especialmente fuera de La Ribera, porque en otras zonas no se alcanzan los mismos índices de calibre, calidad y productividad.

No fueron las únicas tendencias de reconversión innovadora. Mientras se hablaba -y soñaba- con las expectativas de caquis, granadas o kiwis, se fueron divulgando también las opciones de nuevas mandarinas precoces que aparecían. Lo precoz siempre ha tenido el estímulo de lo mejor en cuanto a rentabilidad, porque había poco, se vendía caro y se escapaba antes de que pudieran presentarse daños por frío o vendavales. Y así, quienes no se decidían por las nuevas frutas 'emergentes' para sus cítricos o los tradicionales frutales de verano, se decantaron por mutaciones de satsumas y clementinas de recolección primeriza, hasta que ha llegado la competencia del hemisferio sur.

Aún irrumpió en el panorama agrícola de las posibles alternativas viables la novedad del almendro, al disponerse de un elenco de nuevas variedades de floración tardía (para escapar de heladas), alta producción en regadío y unos precios que subieron para acabar de componer la estampa tentadora.

Pero ocurre por primera vez que la actual crisis citrícola se enfrenta a la vez con otras crisis desatadas o potenciales de casi todo lo que ha constituido hasta el momento vías de reconversión o escape, por lo que no se vislumbran alternativas. Las mandarinas precoces son las que peor lo pasan; las variedades tardías también tienen la amenaza de colapsar, el precio de la almendra ha caído, parece claro que sobran granadas, las cooperativas recomiendan a sus socios que no pongan más caquis, las hortalizas ya emigraron hace tiempo, los cultivos tropicales son muy minoritarios...

¿Qué hacer?, se preguntan los agricultores. Se agotan las alternativas, y alguno se reconforta en la creencia de que quizá hay buena demanda de calabazas. ¿En serio?, ¿nos decantamos ahora por las calabazas?, ¿o es más bien una broma por el símil?