Europa vota, Europa se interroga

Contra lo que hoy puede parecer, Europa ha sido un escenario de terrible confrontación política y militar, con dos devastadoras guerras en el solo siglo XX que involucraron a casi todos sus Estados

ENRIQUE VÁZQUEZMADRID

LEurope nest plus quune nation

composée de plusieurs.

(Montesquieu)

La cita, tan socorrida, es pura retórica europeísta de viejo cuño y se ha utilizado mucho, tal vez como recurso de la mayoría social que, como Montesquieu hacia 1734, cuando publicó 'Reflexions sur la monarchie universelle en Europe', teme por el porvenir seguro, estable, próspero y pacífico del viejo continente.

En efecto, contra lo que hoy puede parecer, Europa ha sido un escenario de terrible confrontación política y militar, con dos devastadoras guerras en el solo siglo XX que involucraron a casi todos sus Estados. La generación política que hizo el prodigio ha desaparecido y la siguiente apenas puede percibir la situación como justa, útil, necesaria, meritoria o envidiable según el grado de entusiasmo que suscite el proceso. Sea como fuere, la Unión Europea es, en el registro histórico, un milagro.

Trasladar tales elevados conceptos al nunca bien alabado hombre de la calle es tarea ardua, más ardua que nunca: sus preocupaciones están más a ras del suelo, con la crisis económica prácticamente general en el continente con las pocas excepciones que se sabe, el auge imparable de la inmigración con el relevante debate en curso sobre lo que algunos llaman cambio del modelo de civilización y la inherente inseguridad psicológica y social.

Una novedad relevante

Paradójicamente, tal vez eso puede hacer más cercana, más útil y más genuina la elección continental que del 22 al 25 de mayo formará el próximo Parlamento europeo de 751 diputados y esto es una novedad de peso. Hay una razón concreta adicional para abonar su importancia y que el público, según sondeos, no conoce bien: por vez primera, el Parlamento, como en cualquiera de los Estados miembros, deberá investir al presidente de la Comisión, es decir, el Gobierno europeo. Y esto podría estimular el voto público, ahora a la baja (en 2009, una media del 43%).

Dependiendo del resultado electoral, pues, y en función de las eventuales componendas precisas si no hay mayoría absoluta para nadie, podrá ser nuevo primer ministro el socialista Martin Shultz (Partido Socialdemócrata, alemán) o el liberal-conservador Jean Claude Juncker (Partido Popular Social-Cristiano, luxemburgués). La generalizada tendencia a dar por seguro que, por la fuerza de las cosas, la política de ambos sería prácticamente idéntica en la práctica no es una verdad de fe y algunos hechos recientes podrían aportar cambios de tono y reordenar las prioridades.

Hay dos principales: a) la emergencia de una reforzada tendencia pro-cambio propiciada por la extensión y duración de la crisis económico-social; b) la eventualidad de que, gane el grupo popular o el socialdemócrata, necesiten ambos el concurso de terceras fuerzas minoritarias para formar la mayoría que solicitará la investidura.

A este propósito es preciso anotar que el varios con que se describe el conjunto de partidos menores sube considerablemente y los sondeos anotan novedades que sin ser radicales indican cambios apreciables. Por ejemplo, populares y socialistas mantienen los dos grandes bloques y entre ambos reunirán alrededor de 425 escaños del total de 751, lo que sugiere, y eso ya era así, pero no tan acusadamente, que necesitarán sumandos adicionales. Los euroescépticos, incluyendo la suma de radicales y ultranacionalistas, de extracción muy diversa, obtendrán tal vez más de un centenar de diputados, la Izquierda Europea, que mejora en todas las encuestas, puede llegar a 50 escaños y aún quedan los Liberales puros, con unos 60, los Verdes, con tendencia a la baja pero con entre 40 y 45 asientos, los Conservadores independientes, con una treintena y aún hay que añadir un otros de ubicación diversa y poco convencional con una cincuentena.

Más emoción y... más política

El déficit de verdadera capacidad de acción se atribuye a muchos Parlamentos, no solo al europeo, y esa condición se acrecienta cuando hay una mayoría absoluta tras el Gobierno. El caso español es ahora un ejemplo que ahorra explicaciones, pero dudosamente será el que prevalezca en Estrasburgo tras la elección de mayo. Por eso es mucho más interesante que en ocasiones anteriores, por eso y porque los partidos mayoritarios y que seguirán siéndolo, eventualmente recurrirán a alianzas.

Tanto si el próximo presidente de la Comisión es Juncker como si es Shultz es seguro, en cambio, que deberán encontrarse con la autoridad institucional del Banco Central europeo, un baluarte inexpugnable de independencia y criterio puramente técnico. Esto es así incluso en el registro político porque el artículo 130 del Tratado de Lisboa establece que el BCE no podrá ni solicitar ni aceptar instrucciones de las instituciones de la UE ni de los Gobiernos de los Estados miembros. De modo que el Sr. Draghi, podrá seguir siendo tan inasequible al reclamado cambio de rumbo con la Comisión presente como con la futura si lo tiene por conveniente

Eso es lo que hay desde la ratificación abrumadora del Tratado vigente por los Parlamentos nacionales (en España, el Congreso lo sancionó por 322 síes contra seis noes y dos abstenciones) y, algo digno de subrayar, la mayor oposición se registró en el propio Europarlamento, que lo confirmó en febrero de 2007 pero con la oposición de 115 eurodiputados y la abstención de otros 29. El enemigo en casa Como si fuera una premonición de lo que espera después de mayo: una cámara menos mecánica, un poco más diversificada y más alternativa, sabedora de que podría, sobre el papel, cambiar de humor y de compañeros de recorrido y poner en apuros al nuevo gobierno. Como en cualquiera de los Estados miembros

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