NADIE ES PERFECTO

ÁLVARO MOHORTE

Tú y yo no podemos casarnos», advierte la cupletista, agitando sus rizos dorados. «¿Por qué no?», sonríe el enamorado a los mandos de la lancha. «Pues, primero, porque no soy rubia natural», sentencia inquieta. «No me importa», replica el piloto. «Y fumo. ¡Fumo muchísimo!», clama agobiada. «Me da igual», ríe el seductor. «¡Tengo un horrible pasado! Desde hace tres años estoy viviendo con un saxofonista», chilla. «Te lo perdono», sonríe comprensivo. «No me comprendes, Osgood», vocifera la atractiva cabaretera, que ya no sabe cómo decirlo. «¡Soy un hombre!», explota arrancándose la peluca. El acaramelado galán de gorrita de capitán ni se inmuta: «Bueno, nadie es perfecto».

Y es que los límites de la realidad dependen de quien los mire, como demostraba el final de 'Con faldas y a lo loco' ('Some like it hot', Billy Wilder, 1959) con Jack Lemmon y Joe E. Brown. El problema es que la perspectiva sólo da una visión y no soluciones. El algoritmo digital ofrece con las redes sociales y los contenidos a demanda la parte del pastel que nos gusta, creando la fantasía de que esa porción no sólo es «la mejor» si no «la única».

El que piensa diferente no es un oponente o un enemigo, sino un idiota que no se entera de nada. Además, nuestra porción no importa que sea incoherente con nuestra actitud sobre otros asuntos, ya que son fruto del instinto y no de la lógica. Así, se puede rechazar la inmigración e ir a bailar salsa para ligar con una chica dominicana.

Igualmente, las soluciones a situaciones complejas se zanjan por WhatsApp con un vídeo de Youtube, como si la crisis migratoria del Mediterráneo, el cierre o no de las centrales nucleares o la presencia de microplásticos en los mares se pudieran explicar, analizar y resolver en lo que tarda un tutorial en darte los pasos para cambiar un grifo.

Como advierte 'The Game', de Alessandro Baricco (Ed. Anagrama, 2019), el zasca en forma de meme o frase ingeniosa revienta cualquier debate... funcionándole a los millennials ya adultos y a los nacidos entre finales de los años 60 y primeros de los 80, que son mestizos digitales, en el mejor de los casos, cuando no furibundos convers@s que están dispuest@s a comulgar con ruedas de molino 5.0 con la rumbosa alegría de un periodista de mediana edad ante una tierna becaria.

Ya en política, si bien los poderosos de la era analógica podían obrar con planteamientos a largo plazo, eso ya no es posible. El líder prosperará sólo encajando las incoherencias digitales y capeando los cambios de humor.com. Eso sí, si los líderes del pasado podían pecar de hipócritas y falsos, los nuevos lo serán con mayor maestría y mejor fotogenia.