Un vestuario familiar incapaz de hacer siesta antes del choque

J. C. VILLENA BERLÍN.

«Nadie durmió siesta en el hotel antes del partido», así recuerda José Luis Maluenda las horas previas a la final de la Copa Saporta del 13 de abril de 1999. El alero aragonés explica la anécdota: «La rutina siempre después de comer era hacer una siesta de una hora más o menos para luego merendar pero se escuchaba mucho ruido en la calle, con tracas y cánticos, porque la afición ya estaba en Zaragoza y entre eso y los nervios de nuestra primera final europea nos desveló». El escolta tiene clara la imagen que se le quedó grabada de aquel partido: «El momento más impresionante fue la llegada al Príncipe Felipe con miles de aficionados, muchos de ellos corriendo detrás del autobús. Ese pasillo hasta la entrada fue muy emocionante. Recuerdo eso y la camiseta de ánimo a César Alonso porque demostró que éramos una familia».

De Miki Vukovic, Maluenda destaca lo que significaba viajar con él «porque lo conocían en todas las ciudades a las que íbamos a jugar en la Saporta, por muy lejana que estuviera. Nos aconsejaba qué hacer y dónde ir, cuando llegábamos a un pabellón lo conocía todo el mundo», y Nacho Rodilla, el timonel de aquel Pamesa, lo refrenda: «Mis recuerdos de aquella final son los de toda la afición invadiendo Zaragoza y Miki significó todo para llegar a aquella final, la mentalidad que nos inculcó para creer, siempre con motivaciones que él generaba para poder superar eliminatorias y en cuestiones tácticas nos dio armas. Teníamos una carta siempre guardada y conseguimos cambiar muchos partidos así». Esa familia, con Berni Álvarez, Hopkins, Alonso, Albert o Rubén Burgos tenía de capitán a Víctor Luengo: «Nunca perder una final fue tan bonito porque conseguimos conectar con la afición para la eternidad. Ahí comenzó todo lo que vino después, la comunión fue brutal. A Miki Vukovic lo respetaba todo el mundo en Europa y para nosotros eso era un orgullo».