Bicorp, el santuario del raspall

Mario, Mar y dos veteranos, en la calle de la iglesia. / Juanjo Monzó
Mario, Mar y dos veteranos, en la calle de la iglesia. / Juanjo Monzó

La localidad de unos 500 habitantes presume del resto campeón de la última Lliga y de la reciente ganadora del Europeo de one wall | Mario y Mar son los referentes de un pueblo donde la pilota es el deporte rey

MOISÉS RODRÍGUEZ BICORP.

Una vez se deja atrás la autovía a la altura de Rotglà i Corberà, la carretera se va haciendo cada vez más revirada y con mayor desnivel conforme avanza por la Canal de Navarrés cruzando Anna, Chella, Bolbaite o Quesa hasta llegar a Bicorp. «¡Pues si te vas hacia Millares, ya ni te cuento!», comenta Mario Gandía, pilotari natural de esta última localidad. Es tierra para ciclistas. Hay que compartir el asfalto con deportistas que disfrutan sufriendo y que persiguen el premio del parón para el almuerzo en uno de estos pueblos. Pero en Bicorp, más que a ritmo de pedaladas los latidos suenan a pelota de vaqueta.

Es el santuario del raspall. «Aquí no se puede hacer un equipo de fútbol o de baloncesto. Hay música o pilota», precisa Mario. «Mi hermano, por ejemplo, está solo en su quinta. Es complicado, pero la escuela de pilota sí se mantiene», refuerza Mar Giménez. O Mar de Bicorp. Porque uno y otro son el orgullo de los algo más de 500 habitantes de esta pequeña localidad. Él conquistó la Lliga de la modalidad per baix junto a Brisca. Ella alzó la femenina con Victoria, fue subcampeona del Individual y acaba de proclamarse reina europea de one wall en Franeker.

«La gente me felicita por la calle. Me dice: '¡Qué bien que lleves el nombre del pueblo por ahí!'», indica la joven, conocida en la pilota como Mar de Bicorp. La localidad tuvo antes que estos dos jugadores otro gran referente: el también pilotari Armando. «En chicas no, ella ha sido la primera», apunta Mario.

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Son los modelos a seguir de una escuela que tiene más de una veintena de alumnos que sueñan con triunfar algún día en el trinquet. «Valeria vino a verme a la final de Alcàsser. Siempre me dice que ella quiere jugar», señala Mar. «A mí me gusta subir a veces al trinquet y pelotear un rato con los chavales», comenta Mario.

«Vi la final y jugó muy bien. Yo quiero llegar a profesional del raspall», afirma Marcos. «A mi me gusta por divertirme», sostiene Ian. «Fuimos al trinquet de Pelayo, pero nos gusta más el de Bicorp», aseguran Leire y Laia, dos hermanas mellizas. «Lo que más me gusta es sacar», proclama Nuria. Son algunos de los niños y niñas de esta escuela. Algo más mayor, Javier compagina la pilota con el fútbol. «Estoy en el Alzira, juego en el medio y mi jugador preferido es Parejo. En la pilota soy punter», comenta.

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Entre los alumnos de la escuela también está Alejandro, hermano de Mar. «Me da buenos consejos y me dice los errores de los contrarios. Es un ejemplo a seguir», asegura el chico. «Bueno... a veces se enfada si lo corrijo», replica ella sonriendo.

Estos niños, incluso Mar, forman parte de una generación que se ha criado en el trinquet del polideportivo que hay en las afueras del pueblo. Pero en Bicorp se ha jugado de toda la vida en las calles. La central es la de la Iglesia, donde se siguen organizando las partidas de fiestas.

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«Se jugaba por todas las calles del pueblo. Si estabas en esta, venían los más mayores, te tiraban y te tocaba irte a otra», indica Vicente Hernández. «Luego, cuando crecimos, lo hacíamos igual nosotros con los más pequeños», añade Vicente Juan. Son dos veteranos de Bicorp, que vivieron la evolución hacia el raspall.

«Se practicaban muchas modalidades, pero sobre todo a llargues. Bueno, y a galotxa pero con rayas», recuerda Vicente Hernández. «El raspall lo trajeron unos forasteros que jugaban en Navarrés», relata Vicente Juan. Porque en los 50 no había ni ligas ni, por supuesto, campeonatos internacionales.

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En Bicorp se vivía del campo, a donde padres e hijos iban de sol a sol de lunes a sábado y los domingos hasta el mediodía. «Jugábamos por las tardes y no les hacía ninguna gracia por si nos hacíamos daño y no podíamos ayudarles. Yo una vez me lastimé en una pierna en plena siega y mi padre se pasó un mes sin hablarme», indica Vicente Hernández.

«Había apuestas, a duro el juego y el salario era de seis. Una vez, uno tuvo que estar un mes trabajando para pagar la deuda», señala Vicente Juan, que señala que en la época había alguna mujer que jugaba, pero entre partida y partida y era anecdótico. «Pero no como Mar ahora», comenta. La campeona de Europa, igual que Mario o aún Armando a pesar de estar ya retirado son referentes de Bicorp, un pueblo donde la pilota es el deporte rey.