Un lobo disfrazado de oveja

Carlos Tatay, en el box durante el GP de Cataluña, su debut en el Mundial. :: paco díaz
El joven piloto de Alaquàs aún conserva las motos con las que se zambulló en el motociclismo.
/M. R.
Carlos Tatay, en el box durante el GP de Cataluña, su debut en el Mundial. :: paco díaz El joven piloto de Alaquàs aún conserva las motos con las que se zambulló en el motociclismo. / M. R.

Carlos Tatay, el último valenciano en debutar en el Mundial, se inició a los tres años | El piloto de Alaquàs emplea el animal como símbolo para homenajear a la familia que apostó por él: «También quiero estudiar una ingeniería»

MOISÉS RODRÍGUEZALAQUÀS.

Carlos Tatay tiene una oveja como logotipo personal. Es también una especie de disfraz, ya que el joven valenciano de 16 años no tiene nada de cordero que vaya al matadero. Más bien, cuando se enfunda el mono esconde las fauces de un lobo capaz de despedazar, deportivamente hablando, a sus rivales. Lo viene demostrando este año en la Red Bull Rookies Cup, una de las dos antesalas del Mundial diseñadas por Dorna, la empresa que gestiona el certamen. Esa trayectoria tuvo para el de Alaquàs premio en forma de wild card para el GP de Cataluña, donde volvió a morder.

En su primera carrera en el Mundial, Tatay acabó duodécimo, en los puntos. Lo que es más importante, lo hizo codeándose, y nunca mejor dicho, con pilotos más experimentados y en el grupo de cabeza. «Lo que más me impresionó fue que el ritmo de la pole del FIM CEV -la otra antesala del Mundial y donde también corre- aquí era el corte para la Q2», afirma. «En el equipo me dijeron que disfrutase, que eso era un premio. Pero yo tenía mis objetivos y los cumplí», puntualiza.

El valenciano tiene los pies en la tierra. «Corrí en Montmeló y tenía el circuito rodado tras haber competido ahí en el FIM CEV la semana anterior. Me llevas a un trazado y un país que no conozco, como Malasia, y lo más seguro es que no haga ese resultado», reconoce el piloto del Fundación Andreas Perez 77, la academia de Avintia. Tatay se muestra cauto sobre la posibilidad de volver a correr en el Mundial este mismo año: «De momento estoy centrado en mis campeonatos, pero ojalá. Intentaré aprovechar cada oportunidad que surja».

Como la que le ofreció la familia Calabuig a través del equipo Ajevo. 'Oveja' al revés. Su logotipo. Porque Carlos Tatay no viene de una casa pudiente. «Si me pides pasta, te puedo dar unas rosquilletas...», bromea su padre, que regenta un horno. Al chaval le cautivó el motociclismo a los tres años, cuando vio a otros niños rodar en un circuito de karting en Pinedo.

Primero le compraron una moto de plástico en la que debía impulsarse con los pies. Para matar el gusanillo. Aún la conserva en una estantería del garaje de casa. Con el tiempo, su padre le compró una montura barata. «Me pasaban todos en la recta y le dije que yo con eso no volvía», recuerda. Allí aprendió a apretar sus fauces de lobo. A sufrir y a aprovechar las oportunidades.

Pero es que eso de padecer le va. «Si no hubiera sido piloto habría hecho ciclismo o algo así. Me gusta sufrir», reconoce. De hecho, siempre que puede se sube a la bicicleta y se va a entrenar, por ejemplo, a la Calderona. Le ha venido bien esta actitud en este curso, duro para él porque le ha dado una vuelta de tuerca. «Estoy con un preparador físico y con un nutricionista. En la parrilla todos son rápidos, tienes que dar un punto más», comenta.

De momento, los resultados están ahí. Los académicos, también. Durante el curso ha compaginado las dobles sesiones de entrenamiento con los estudios. Ha sacado un 9 de media en 4º de la ESO y en septiembre empieza Bachiller. «No sé qué voy a estudiar, pero quiero hacer una ingeniería», indica Tatay. Sabe que será más difícil pero le da igual. Volverá a apretar los dientes.