Patada a seguir

Tusi Pisi, en carrera durante un partido de los Bristol Bears. :: David DaviesPA/ /
Tusi Pisi, en carrera durante un partido de los Bristol Bears. :: David DaviesPA / /

Tusi Pisi es un modelo para muchos jugadores de Samoa que emigran para vivir del rugby. Su selección se mide el sábado con EE UU en San Sebastián

FERNANDO MIÑANA

Los hermanos Pisi han recorrido el camino de tantos y tantos jugadores de rugby de Samoa. Nacieron en Apia, la única ciudad del país, en la isla de Upolu, y de pequeños su familia emigró a Nueva Zelanda en busca de una vida más próspera. Después de Tusi y George llegaron otros dos hermanos, Ken y Mackenave, y todos crecieron soñando con jugar algún día de negro, en convertirse en un 'all black', en representar a Nueva Zelanda, quién sabe si la cumbre del rugby.

Tusi Pisi, el mayor de la saga (36 años), se formó en la Massey High School, al oeste de Auckland, donde coincidió con fenómenos del balón oval como Ron Cribb, Troy Flavell, Chris Smylie o Anthony Tuitavake -ellos sí llegaron a los All Blacks-, con quienes se divertía viendo a Frano Botica o Willie Walker.

El mayor de los Pisi acabó buscándose la vida por otros sitios. Tusi (diminutivo de Tusiata) retomó sus raíces para aspirar a representar a los Blues, la selección de Samoa, y emigró a otros países para ir saltando de un club a otro. El veterano jugador, una roca de 1,83 metros y 93 kilos, ha jugado en la prestigiosa Super Rugby, la competición de Nueva Zelanda, pero también en las ligas de Japón, Francia e Inglaterra, donde actualmente exhibe sus esculturales brazos tatuados en los Bristol Bears.

«En Samoa sacamos jugadores como panes»

Su experiencia fuera de Samoa y de Nueva Zelanda ha sido enriquecedora. «He tenido la oportunidad de disfrutar, no solo diferentes culturas, sino diferentes entornos del rugby, y me siento bendecido por cómo me han ido las cosas». El apertura samoano tuvo la suerte de coincidir con George Gregan -un jugador australiano que se proclamó campéon del mundo con los wallabies en la Copa del Mundo de Gales, en 1999- y ser dirigido por el excapitán de los All Blacks Tana Umaga en el Toulon francés. Pero también de jugar al lado del springbok Fourie du Preez en Japón, donde encontró un mentor en Eddie Jones, el actual seleccionador inglés, quien tomó el hábito de escribirle después de los partidos para decirle cómo había jugado y qué debía trabajar para corregir sus defectos.

Casi todos se van

A los 36 años juega en el Ashton Gate Stadium de Bristol y resiste en la selección de Samoa, donde Steve Jackson, el entrenador jefe, le mantiene a pesar de las críticas. Este sábado estará en Anoeta para enfrentarse a Estados Unidos en la primera de las siete pruebas que tienen programadas antes de la Copa del Mundo de 2019.

Muchos jóvenes samoanos, como ocurre también en Tonga o Fiji, las otras pequeñas potencias del Pacífico, emigran en busca de un jornal gracias al rugby. Aunque no todo es tan gratificante como la carrera de Tusi Pisi. A muchos les prometen un sueldo de mil euros y aceptan después de que la familia haga el cálculo y vea que es dos o tres veces lo que ganan en Samoa. Pero luego la realidad, con los gastos, es más cruda y llegan las decepciones.

Daniel Leo creó en 2017 una asociación de jugadores del Pacífico que militan en clubes europeos, la Pacific Rugby Players Welfare, que se reúne de vez en cuando en animadas comidas en las que, en realidad, lo primordial es comprobar que todo el mundo está bien, para intentar que no se repita un caso como el de Isireli Temo.

Este jugador fijiano, que competía en un equipo de la tercera división francesa, se ahorcó en Tarbes. Temo, que estaba casado y tenía dos hijos, no se adaptó al cambio cultural ni superó la añoranza de la familia, a la que exigía que le llamara a diario. Intentó aguantar por una nómina de 1.250 euros, un apartamento y dos viajes anuales a Fiji, pero llegó un momento en que no lo soportó más y se quitó la vida.

La federación samoana ha contratado a Zane Hilton, un reputado entrenador australiano, para que se instale en Apia y desarrolle una especie de centro de alto rendimiento para formar a los jóvenes e intentar que no se vayan. Porque talento, a pesar de ser solo 200.000 habitantes, no les falta. «Sacamos jugadores como panes», bromean sobre su fantástica cantera. Ahora solo falta que no todos sigan a Tusi Pisi.

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