El 'difunto' carambolas

El 'difunto' carambolas

Dani Sánchez es el as del billar a tres bandas, pero es tan desconocido que le concedieron una medalla al Mérito Deportivo... a título póstumo. «Fue un chasco. En vez de darme la enhorabuena, la gente me decía 'lo siento'»

FERNANDO MIÑANA

Hay deportistas que consagran su vida a ser campeones de España al menos una vez. Para Dani Sánchez (Santa Coloma de Gramanet, Barcelona, 1974) es casi una rutina y el pasado fin de semana logró su título nacional de billar a tres bandas número 18. Su palmarés, con medallas de oro europeas y mundiales, podría equipararse al de Nadal, Gasol o Alonso, pero nadie le conoce. Sus éxitos pasan tan desapercibidos en este país enloquecido con el fútbol que en una ocasión el Gobierno le premió con la medalla de bronce al Mérito Deportivo a título póstumo.

«Ahora da risa, pero te aseguro que en ese momento te da de todo menos risa. Es un chasco. Cuando escuchas tu nombre y que es a título póstumo no sabes si levantarte o irte. Subí a recogerlo y la gente, en vez de darme la enhorabuena, me decía 'lo siento'», recuerda este billarista de 41 años que después recibió las medallas de plata y oro al Mérito Deportivo. Esta vez ya sin humillación añadida.

Su primera partida la jugó en un bar, el que abrió su padre, aficionado a este deporte, en Santa Coloma. Tenía solo nueve años y no llegaba a la mesa, así que le aupaban a una caja de cervezas para golpear las bolas. Un día llegó un cliente que estaba federado y al verlo hacer carambolas le ofreció apuntarse al club del pueblo, La Colmena. Fue a probar. Y le gustó. Aunque era un niño rodeado de adultos.

Un hito

el campeón del mundo más joven

Dani Sánchez logró en 1998, con solo 24 años, convertirse en el campeón del mundo de billar a tres bandas más joven de la historia, una gesta que pasó desapercibida.

El billarista ya está acostumbrado a que sus éxitos no tengan repercusión en España. En cambio, en Corea le reconocen por la calle tras conquistar allí un Mundial.

El español dice no saber cuántas veces jugó en 2015, pero calcula que pasa entre 35 y 38 semanas al año fuera de casa disputando torneos nacionales e internacionales. La cifra total de partidas es incalculable, pero si lleva cerca de 30 años compitiendo seguro que suma cientos de miles a lo largo de su vida. Y puede llegar hasta los 60 años.

Cada vez que Dani Sánchez subía un estrato, no desentonaba. «De niño me decían que se me daba muy bien, pero no les prestaba mucha atención». Hasta que, con 14 años, surge la posibilidad de jugar el Campeonato de España júnior (para jugadores de hasta 21 años). Su padre y él meditan si viajar a Santander o no. Él era más joven que todos los participantes y dudaban si valía la pena. Al final se animaron. El domingo volvieron a Santa Coloma con la medalla de plata. Ya no había duda: a aquel chico el billar a tres bandas se le daba francamente bien.

El jugador catalán empezó a echarle horas y más horas, y en 1990 se presentó en el primer torneo Ciutat de Barcelona y derrotó, con solo 16 años, a los mejores tacos del país, rivales de 30 y 40 años. «Fue un momento clave», rememora. «Ya era indudable que se me daba bien y empiezan a invitarme a jugar torneos en Nueva York, la Copa del Mundo...». Un año más tarde ya estaba entre los mejores del planeta.

Su precocidad parecía atropellarle, pero llega un momento en el que descubre que puede convertirse en profesional, que puede vivir de hacer carambolas con un taco y tres bolas. Tras la EGB había comenzado a estudiar Formación Profesional para ser administrativo, pero acaba dejándolo para cumplir su sueño.

El billar no es que sea un filón. El ganador de una Copa del Mundo se lleva 5.000 euros. Hay cinco pruebas en toda la temporada y nadie gana nunca las cinco. Pero empiezan a llegar las ayudas y los patrocinadores. Y la posibilidad de jugar en equipos extranjeros sus ligas nacionales. Como en Portugal, donde Dani Sánchez lleva 20 años representando al Oporto en su competición doméstica y en la Copa de Europa. Pero es que además juega también la liga alemana, la española... «Los diez mejores del mundo pueden vivir del billar, pero sin que te sobre».

El billar, como en una gran carambola, comenzó a llevarle de aquí para allá. Un día jugaba en Egipto, en una isla cerca de Hurghada, en el mar Rojo, dentro de una imponente pirámide de cristal. Y otro entraba con el chaleco y la pajarita en una especie de corral en México rodeado de vacas y gallinas correteando por debajo de la mesa.

27 carambolas seguidas

Su vida, a los 41, es distinta a la del veinteañero obsesivo que llegaba a entrenarse durante doce horas diarias. Así alcanzaba una relación casi personal con su taco. «Es como una parte de mí», reconoce Dani, que colecciona en casa los cerca de treinta que ha usado en su vida, incluido el primero que le compró su padre por 500 pesetas (tres euros). «Hay gente que no lo ha cambiado nunca, pero uno de mis patrocinadores es un fabricante de tacos y le pido uno cada año y medio o dos años». Y así, entrenando, entrenando, un día logró hacer 27 carambolas seguidas. «Son muchísimas. El récord del mundo está en 28. Pero son casualidades. Ocurren porque sí».

Otra cosa son esos días que coge el taco, golpea la bola y siente algo especial. «Hay de todo, días buenos y días malos, que aquí, al contrario que en otros deportes, en un día malo puedes perder contra el número 5.000 del mundo. Pero esas veces en que te sale todo son una maravilla. Los disfrutas muchísimo porque sale todo natural».

En los días malos sabe mantener la cabeza fría. El billar a tres bandas no contempla el desahogo, el insulto al árbitro, la raqueta rota contra el suelo. No pueden chillar. Ni siquiera hablar. Todo transcurre en silencio. Como mucho un golpecito con el taco en el suelo y, probablemente, una advertencia por ello.

Pero ahí es donde emergen el gran Dani Sánchez y su cabeza privilegiada, la fortaleza mental que trabaja con Toñi Martos -la psicóloga deportiva que colabora, entre otros, con la atleta Ruth Beitia-, a quien conoció durante los siete años que vivió en Málaga. Ahora ha vuelto a Barcelona con su mujer y su hija de ocho años, a quien, jura y perjura, aún no la ha subido a la caja de cervezas para golpear la bola.