El monaguillo de la Catedral es leyenda

Antonio Reig 'Rovellet' nació junto al trinquet, se casó a pocos metros de allí y aún reside al lado de la cancha donde ya entró con apenas dos años

MOISÉS RODRÍGUEZ PLAZA

«Jo no pare atenció a eixes coses». Palabra de Antonio Reig 'Rovellet' cuando se le habla del Campionat Nacional d'Escala i Corda que ganó en 1970. «Siempre me ha interesado más el día a día, tener una continuidad», destaca el resto que contribuyó a revitalizar, ya no sólo Pelayo, sino la escala i corda profesional durante la segunda mitad del siglo XX. De hecho, aunque protagonizó el duelo del momento contra Juliet d'Alginet en la Catedral, estuvo casi 15 años sin pisar sus losas vestido de blanco. Durante ese tiempo jugó en la Ribera, en la Marina y en Castellón, pero nunca en Pelayo: «A estas alturas son cosas que no merece la pena comentar». Allí recibió también la medalla de plata del Consejo Superior de Deportes (CSD).

El Rovell, su padre, fue un notable pilotari de la zona de Dénia. Decidió venirse a vivir a Valencia, junto al trinquet de Pelayo, y ahí nació la leyenda del monaguillo. Antonio Reig tiene 83 años y lleva 81 entrando en el trinquet donde, según dicen los entendidos, ha de triunfar cualquier pilotari profesional que quiera ser considerado figura. Desde su casa ve el trinquet al que acude todos los días.

Su progenitor quería que fuera pilotari, tanto que hacía fuerza para que no practicara otros deportes. «A veces venían los muchachos porque se había organizado algún partido de fútbol. Me decía que no, que yo al trinquet», comenta Rovellet con una sonrisa de oreja a oreja.

Dicen de él que no era el que más fuerte golpeaba, pero sí un pilotari preciso y elegante. Comentan que le ponían una moneda en el suelo a cuatro metros y no fallaba nunca. «Una vez resté una pelota y me preguntaron: '¿Pero cómo has podido verla?' Yo respondí: 'He visto asta las juntas'», comenta Rovellet, quien rechaza que le llamen figura. '¡Pero si usted siempre jugó en pareja!'. «Eso sí, y si era en trío, con los más flojitos», responde.

Desde luego tuvo los mejores maestros, cómo no, en la Catedral. Allí empezó a pelotear con las figuras del momento. Un día, durante la partida de juveniles, se escuchó un golpe, como si se hubiera roto un cristal. Era la vitrina del despacho del trinqueter, el Xiquet de Simat. «Quart y Llíria estaban peloteando antes de la partida de profesionales. A veces me lanzaban la bola y yo no solía darle, pero aquella vez... Simat me dijo que no pasaba nada. Luego, cuando les pagó a ellos, les dio 22 duros a cada uno. 'Habíamos acordado 25', protestaron. '¿y qué queréis, que la vitrina la pague el chaval?'», replicó el gestor.

Apenas tendría seis años. Quedaba poco menos de una década para que el Rovellet debutase, y también para que se casase, en otra casa cerca del trinquet de Pelayo. «Aquí seguimos, tan felices como el primer día. El secreto es comprender al otro», comenta. Se retiró en 1979: «Yo, como Conchita Piquer, no he vuelto a jugar. Alguna partida de homenaje poco después, pero nada». Sí que sigue yendo cada día a la Catedral, donde entró por primera vez siendo un bebé: «Esto no puede cerrar. Sería una barbaridad. Apuesto lo que quiera a que no».

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