Érase una vez el fútbol

Érase una vez el fútbol

Un valenciano adapta 13 cuentos de la literatura universal

HÉCTOR ESTEBANValencia

«Nuestro amigo sabía lo que significaba ser suplente. Pero no sabía qué era chupar banquillo. Además, le daba asco. ¿Cómo se podía chupar un banquillo sin que te diera asco?» El párrafo forma parte del cuento El suplente, una adaptación futbolística de Cenicienta de Perrault. Miquel Nadal ha impreso en Soñar goles. Fútbol (y cuentos) de padres a hijos (Drassana, 2014), los cuentos «de boca» con los que cada noche, en la íntima oscuridad de la habitación infantil, contaba a sus hijos Miguel y Nacho como antesala del sueño. Los chicos fueron los primeros en animar a su padre a publicar esas adaptaciones tan familiares de la literatura universal. «Sin su insistencia no lo hubiera escrito», señala.

El libro es más que una adaptación de cuentos. Es la experiencia troceada en 13 historias. Las vivencias acumuladas durante años por los campos de la provincia gracias a esa especie de fervor religioso en el que se han convertido el universo particular del fútbol base. Es un libro para niños, como si se tratara de una gran cebolla. Pero en cada capa hay un mensaje. Una reflexión. Una moraleja para padres, entrenadores, rivales, jugadores...

«Cada historia tiene un mensaje en positivo», apunta Nadal, que asegura que los relatos van más allá del fútbol de cantera. Tanto en lo bueno como en lo malo. Es un libro en el que los mayores pueden ver reflejado sus comportamientos en los campos cada fin de semana. Personas modélicas de lunes a viernes y que sufren una metamorfosis temporal durante el fin de semana, con su punto álgido en el partido.

Cuentos para humanizar el fútbol infantil. Donde El suplente o La cenicienta se transforma en el mejor jugador del equipo. No es cuestión de las botas mágicas, sino de la seguridad en uno mismo, de la madurez, de la confianza del jugador sobre el césped. La misma firmeza que demostrará después en otras facetas de la vida. Lo mismo le ocurre al equipo que en el único campo de tierra resurge con sus camisetas mágicas.

El aroma del bar de cada polideportivo -a bocata de tortilla de patata, aceitunas y café-, el padre que mira la cuenta corriente con el ansia de que el benjamín le saque de pobre -miles de entrenadores con los brazos apoyados sobre el rocío de las vallas de los campos de fútbol-, la solidaridad del colectivo -con la antítesis del típico chupón-, el esfuerzo paterno para que el chaval se entrene cada semana con la impaciencia de la llegada del partido, con al ilusión de un querubín que toca un balón para encarar por fin una portería que no es la suya.

La adaptación de los cuentos de la literatura universal ambientado en un escenario puramente valenciano. Como el que se vive desde el petril del viejo cauce del Túria. Desde el sitio en el que cada aficionado al fútbol se asoma, como un polo negativo, que busca a su positivo a vista de pájaro en esos modernos campos de fútbol de césped artificial que un día fueron de tierra. Incluso casi de piedra.

Los valores

«En muchas ocasiones lo importante del cuento no es el fútbol, que es la excusa, el hilo argumental. Es lo que se cuenta, una forma de transmitir valores. De educar. El tránsito íntimo de las luces apagadas de la habitación de mis hijos a plasmarlo en público en un cuento. Incluso en ocasiones me hago preguntas sobre si no puedo estar haciendo el ridículo», apunta Miquel Nadal. «El juego limpio no sólo es terminar un partido sin dar más patadas de las necesarias. El juego limpio es tenderle la mano al rival para levantarse», señala este aficionado del Valencia, que siente los partidos de su equipo desde el anfiteatro de Mestalla. Soñar goles. Fútbol (y cuentos) de padres a hijos debería tener un lugar privilegiado en cada una de las oficinas de los cientos de equipos de fútbol base que hay en la Comunitat Valenciana. Con ediciones en castellano y valenciano, es un manual reflexivo que, en ocasiones, puede ser la mejor terapia para educar a padres impetuosos, a entrenadores autoritarios y a niños insolidarios. El portero de la gorra roja como Caperucita, Borumballa es Pinoccio, y Toni y Andreu, como Hansel y Gretel. Todo ello ilustrado por Luis Galbis. «El fútbol son pequeños sentimientos, como el día a día. Hay un mensaje en positivo, pero hay que saber encontrarlo», señala Nadal.

Al igual que hizo el padre de El suplente, al que nunca iba a ver jugar. Donde su teléfono móvil era más protagonista que su propio hijo. Hasta que un día todo aquello cambió. «El padre de Álvaro -el suplente- se hizo rico porque inventó una golosina increíble que se vendió muchísimo en las quioscos: una golosina con forma de banquillo de fútbol. El banquillo que se chupa».