Iturria reclama la supervivencia del Murias

Mikel Iturria cruza la línea de meta en Urdax-Dantxarinea como vencedor de la undécima etapa. / afp
Mikel Iturria cruza la línea de meta en Urdax-Dantxarinea como vencedor de la undécima etapa. / afp

El español gana en Urdax tras un final lleno de emoción y da a su equipo la segunda etapa en dos ediciones de la Vuelta

J. GÓMEZ PEÑAURDAX.

«¡Hazte el muerto, Mikel!». Y Mikel Iturria se guardó un par de relevos. Su grupo estaba a punto de coger a los otros fugados. Ahorró unas pedaladas como le ordenaba desde el coche del Euskadi-Murias su director, Jon Odriozola. Y atacó para ganar en Urdax, en Zugarramurdi. En tierra de brujas, el 'muerto' conquistó la tierra. «Este equipo ha hecho cosas increíbles. Hasta ha hecho que yo gane», agradeció el guipuzcoano. Iturria se sentía protagonista de un milagro junto a las cuevas de los aquelarres.

«Sé que valgo para esto». Rodeado de micrófonos en la meta de Urdax, Iturria se hablaba a sí mismo. Vale para ser ciclista pese a todo. Pese a la desaparición del Euskaltel-Euskadi que le condenó a recalificarse en el pelotón amateur. Pese a la caída en el Tour de Limousin 2017. Le cayeron encima varios corredores. La partieron el fémur, la palanca para pedalear. Perdió mucha sangre. «Llegué a pensar que no iba a subirme más en una bicicleta», confiesa. Sobre esa bicicleta atacó a 25 kilómetros de Urdax a los otros fugados y sin mirar atrás tiró hacia la meta. Buscaba un milagro junto a las cuevas de Zugarramurdi, la casa de las brujas. Durante 20 kilómetros estuvo a tiro de Jonathan Lastra (segundo), Howsson, Craddock, y Ghebreizzabhier. A la vista. Le vieron pero no le tocaron.

Nunca había ganado. Pedaleaba y no lo creía. «Escuchaba mi nombre. Voces conocidas». Detrás, sus perseguidores aceleraban y frenaban. Y él, mientras, recordaba. Había venido a ver esta etapa. «La tenía marcada. Antes de la Vuelta me entrené por aquí. Vine a disfrutar del día. Desde antes de empezar esta edición pensaba en Urdax. Tenía que meterme en la fuga, pero de ahí a ganar... Yo no soy un ganador». Ya lo es. Y tan cerca de su casa. «Anda mi familia por ahí...». También estaban sus padres en el Tour de Limousin cuando casi inválido tiene que colgar la bicicleta. Al volver a ese mal recuerdo, se le atragantó la voz. «Fueron dos años duros...». Los compensó en Urdax en media hora final de etapa cargada de emoción. Si en algún momento a Iturria le faltó aliento, se lo dio la afición. Ganó en tierra conocida.

Muchos de los equipos de la Vuelta durmieron la noche previa en Lourdes. La meta, sin embargo, estaba más cerca del 'infierno', en Urdax, pegada a las cuevas de Zugarramurdi. Fue el escenario nocturno de ritos paganos y orgías. Pero para ganar esta etapa era mejor pisar tierra firme y conocer este decorado verde, ondulado y ahora tranquilo que fue coto de contrabandistas y leyendas.

Con el pelotón de los favoritos pendientes de lo que viene la fuga era inevitable. La ocuparon una docena de dorsales. Tres de ellos era guipuzcoanos: Iturria, Gorka Izagirre y Alex Aranburu, al que acompañaba el vizcaíno Jonathan Lastra (Caja Rural). Iba con ellos un estadounidense, Craddock, un rival peligroso que no conoce estos valles embrujados pero que tenía al volante de su equipo a otro guipuzcoano, Juanma Garate. Cuando era ciclista se entrenaba por esas carreteras vacías. Desde el coche, Garate era los ojos de Craddock.

Aranburu, talento emergente, es joven y admira a los hermanos Izagirre. Se fue con Gorka en el puerto de Ispeguy, sombreado y duro. Craddock, azuzado por Garate, les siguió. Parecía que los que conocían el asfalto ya habían dado el golpe decisivo. Y no. Quedaba el puerto de Otxondo y varios repechos coronados por ventas en este lugar fronterizo. Poco a poco al trío se le fueron juntando Bidard, Howsson, Lastra, Ghebreigzabhier, Cavagna... Y Mikel Iturria, el más diésel de todos. «Cada vez que alguien arrancaba, me costaba». Es así: de reacción lenta pero luego infatigable. Un percherón.

Le dirigía la voz de Odriozola, guipuzcoano también. Otro vecino de esta geografía. El técnico de Oñati, pese a llevar el corazón en la boca, no dudó. En cuanto enlazaran todos iba a haber un parón. Miradas. Iturria tenía que cerrar los ojos y seguir. «¡Con el alma, Mikel. Con el corazón!», le gritó. El Euskadi-Murias es un equipo guerrero que cada año lucha por no desaparecer. Afronta cada carrera como una cuestión de supervivencia. Quedaban 25 kilómetros. Iturria contra todos. Era el más lento, mucho más que Aranburu, Izagirre, Craddock y Howsson. No podía ni mirar atrás. Para qué. No figuraba en ningún pronóstico. Las apuestas le daban por muerto. «¡Hazte el muerto!».

Pero estaba en tierra amiga. Aquí donde arrojaban a las brujas a la hoguera, Iturria esquivó a la Inquisición que le perseguía. Notaba su aliento. Ya en Dantxarinea, en la recta empinada donde hay un par de gasolineras, sí se giró. Le estaban cogiendo. «Me he visto perdido, pero qué iba a hacer. Sólo podía seguir y seguir pedaleando». Eso hizo. Y a 200 metros de la meta, cuando de nuevo echó un vistazo, supo que el triunfo era suyo.

Incluso entonces le cruzó una duda: «He pensado que igual no iba el primero, que había otro escapado por delante». Pero no. Escuchó por la emisora el delirio en el coche del Euskadi-Murias. Entró con una mano sosteniendo la cabeza. Había alcanzado lo imposible. El año pasado lo hizo su compañero Óscar Rodríguez en La Camperona y ahora él. Dos triunfos plenos de incertidumbre y emoción. Así gana este equipo que no tiene garantizada su continuidad. Sigue a la espera de un milagro financiero, de un patrocinador. Iturria demostró en Urdax, donde el pelotón llegó a 18 minutos, que nada es imposible.