Nada puede frenar a Adrien Costa

Adrien Costa practica bici y escalada, ya con la prótesis en la pierna. / instagram adrien costa
Adrien Costa practica bici y escalada, ya con la prótesis en la pierna. / instagram adrien costa

Apenas tres meses después de perder una pierna mientras escalaba en roca, la expromesa del ciclismo americano ya pedalea

J. GÓMEZ PEÑA

El 29 de julio, cuando los corredores del Tour entraban en París, Adrien Costa escalaba a 9.000 kilómetros de distancia una pared en el monte Conness, en California. Aún no tenía 21 años y ya era un exciclista. Lo había dejado pese a ser la gran promesa americana, el «nuevo Greg LeMond», como le apodaban. Costa, hijo de un matrimonio francés que encontró trabajo en Silicon Valley, había decidido apartarse del ciclismo. Era un joven libre. No estaba dispuesto a ser esclavo ni siquiera de su propio talento. El pelotón profesional le agobió. Tanto estrés y competitividad. Para qué. A él le gustaba simplemente rodar. El aire en la cara.

Por eso dio un paso atrás. Quería disfrutar de más vidas: de la naturaleza, el esquí... Sus otras pasiones. Y de la escalada. Esa mañana de julio le cayó encima una roca de dos toneladas. Casi le mata. Y le quitó la pierna derecha, amputada por encima de la rodilla. Ya no sería ciclista. Ya no escalaría rocas. ¿Seguro? Desde finales de octubre ya pedalea y trepa. Con su prótesis. No ganará nunca el Tour. Subirá más arriba: será un ejemplo, la prueba en piel de la determinación invencible de un hombre libre.

Costa, nacido en Estados Unidos y de origen galo, es en realidad de ninguna parte: de Silicon Valley, la cuna de las grandes empresas tecnológicas donde residen genios de todo el mundo. Allí ser extranjero es lo normal. Del ciclismo supo en las vacaciones de verano que pasaba en Francia, a rueda de la mountain bike de su abuelo. El mes de julio era el Tour. Lo vio pasar por su ventana. Lo amó de inmediato. Se soñó ciclista. Rubio y delgado, fue dos veces subcampeón del mundo juvenil de contrarreloj. Con perfil de escalador, era también un rodador. En 2016, durante el Tour de Bretaña, asombró a Bernard Hinault. Y ese año acabó tercero el Tour del Porvenir. Brillaba: en el Tour de Utah, con 18 años, acabó segundo frente a los mejores equipos profesionales. El Quick Step le hizo hueco en su estructura. Era el «nuevo Lemond», el heredero del estadounidense que ganó tres veces el Tour.

Casi por inercia, por efecto de sus tremendas condiciones físicas, Costa había llegado a la élite en un santiamén. Descubrió entonces que su sueño no era como había imaginado. No le gustó lo que vio en el pelotón. La presión. Esa codicia por un metro de espacio. Tanta táctica. Demasiados bozales.

En abril de 2017 uno de sus compañeros de equipo, Chad Young, se mató al caerse durante el Tour de Gila. El silencio que sucedió a aquella muerte tan cercana le habló de otro camino. No valía la pena gastar la vida en el ciclismo. Para alguien tan joven como él, el abanico que le ofrecía el porvenir era mucho mayor. Y eligió irse. Pisó el freno de aquella acelerada rutina sobre pedales y decidió volver a estudiar, viajar, reencontrarse con la naturaleza. Quizá volviera un día a ser ciclista. Dejó que de eso se encargara el tiempo.

Y ahí estaba el 29 de julio, encaramado con pies y manos a la roca que casi le mata. Sus amigos iniciaron un colecta para recaudar los 100.000 euros que costó su recuperación. Bien invertidos. Tres meses después, Costa ya volvía a pedalear y trepar sobre su libertad. Ahora sueña con ser neurocirujano.

 

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