Bennett y Roche trasladan la Vuelta a Irlanda

Llegada al sprint en la meta de Alicante, donde se impuso Sam Bennett. / j. jordan / afp
Llegada al sprint en la meta de Alicante, donde se impuso Sam Bennett. / j. jordan / afp

El velocista gana el primer sprint de esta edición, en la que su compatriota es el líder de una ronda que sale hoy de Cullera y que finalizará en El Puig

J. GÓMEZ PEÑAALICANTE.

Si al viento a favor se suma una carretera que baja hacia la orilla de Alicante, la carrera se convierte en una tormenta de velocidad y tensión. Rayos y truenos. A todo volumen. De ese huracán que irrumpió en la ciudad a 60 kilómetros por hora salió como un torbellino a pedales el irlandés Sam Bennett, que creció en Carrick-on-Suir, el pueblo de Sean Kelly, ganador de la Vuelta de 1988. A Kelly le encantaba los días revueltos, de frío y lluvia. Bennett, apadrinado por el viejo campeón irlandés, fue más veloz incluso que la tormenta, que amenazó sin descargar. Ni rayos ni truenos. Pero sí aire de culo y final de etapa cuesta abajo. En esas condiciones conviene desenfundar antes. «Lo tenía claro. Había que arrancar el primero», contó Bennett, que ya ganó tres etapas en el Giro. Diana. Theuns, Mezgec y Aberasturi no pudieron remontarle. Expulsados por el torbellino de Bennett en la playa de Alicante. Ganó un irlandés y otro, Nicolas Roche, sigue como líder. «Es un placer hacerle este regalo a nuestra afición», dijo Bennett.

De regalos y tormentas se hablaba en la salida de Ibi, la ciudad donde los Reyes Magos cogen los juguetes. Alertaba el pronóstico meteorológico de una borrasca que se le viene encima a la Vuelta. Y aquí, en la Comunitat, le temen a la 'gota fría'. Hoy sale de Cullera y llega a El Puig. El agua también asusta al ciclismo. Los responsables de la carrera enseñaban la foto de la piscina que originó el sábado el torrente en el que resbalaron el Jumbo y el UAE durante la contrarreloj por equipos. La policía abrió un atestado. Por imprudencia. Al parecer, los inquilinos de una casa recién alquilada vaciaron una de esas piscinas neumáticas. Querían agua fresca. La vivienda está situada 500 metros más arriba de la carretera por la que circulaba la Vuelta, pero el riachuelo fue tal que alcanzó la ruta y, a traición, provocó el resbalón que pudo haber cambiado la Vuelta si Roglic, en lugar de rasponazos, se parte un hueso.

Gaviria, fuera del sprint

De Ibi partió la tercera etapa. En sus pabellones industriales se fabrican toneladas de juguetes. Sueños. Tres ciclistas salieron con la esperanza de que el infinito se dejara tocar. Sueños. Tres fugados. Dos eran del Burgos BH, el abulense Diego Rubio y el cántabro Ángel Madrazo, que no deja de escaparse. Y con ellos iba un dorsal del Euskadi-Murias, Héctor Sáez, que es de Caudete, cerca del escenario de la jornada. «Una fuga es una oportunidad», decía Sáez. Si no lo intentas... Si no le escribes una carta a los Reyes Magos... Por pedir que no quede. Luego, la realidad te abre los ojos. Los tres soñadores despertaron con carbón.

Al insistente e inquieto Madrazo la etapa le dejó, eso sí, un regalo, el liderato de la montaña. Un día más con los lunares. Feliz como un niño. La escapada se acabó cuando el pelotón de los velocistas se puso tras su rastro. El aire amenazaba, encendía los nervios. Eso siempre acelera. La subida al puerto de Tibi ahogó a uno de los favoritos para el sprint, el colombiano Gaviria. No es su año, lleno de lesiones y caídas. El UAE trató de remolcarlo. Pero el viento seguía de guardia y volvió a poner tenso al pelotón, que metió una marcha más y se alejó del desafortunado Gaviria. Uno menos. El Jumbo de Roglic enfiló hacia Alicante por una recta azotada por la brisa del Mediterráneo. El cielo estaba cubierto, las nubes matizaban el sol, pero no impedían el calor, que parecía salir de la tierra. La etapa se iba a someter al primer sprint de la Vuelta, el más incierto. Nadie sabe cómo están sus rivales. Todos se sienten los mejores. Los velocistas son distintos. Perciben las cosas por separado. Se meten en una burbuja con las pulsaciones a tope. Tienen que analizar datos, distancias y gestos a toda pastilla. Y con esa información buscar la ecuación que les lleve a la victoria. Jon Aberasturi parte siempre en desventaja. Vive solo en esa jauría. Los demás tienen lanzadores. Él se busca la vida. «Bueno, estoy acostumbrado», dice. Viene de ganar en la Vuelta a Burgos. Tiene esas veinte pedaladas de dinamita. Le falta que le coloquen el balón en el punto de penalti. Y le sobró la presencia de Bennett, intratable. Aberasturi acabó cuarto.

En general, el sprint es un lucha de paciencias. Gana el que aguanta hasta el momento justo. En Alicante, con el aire a favor, todo cambiaba. El irlandés Bennett, que en realidad nació en Bélgica porque su padre era allí futbolista profesional, colocó el balón y, a bote pronto, lo mandó a la escuadra. Disparó el primero. Fue el relámpago que apagó la tormenta. En el podio, Bennett, ahijado de Sean Kelly, se abrazó a Nicolas Roche, hijo de Stephen Roche. Los herederos de los dos mitos del ciclismo irlandés juntos en Alicante, ciudad abierta al turismo. Colegas. «Nicolas me mandó por la noche un mensaje para animarme a ganar en Alicante y subir al podio con él. Que sería algo histórico», desveló Bennett. Histórico es.