El junior de oro cambió de pizarra

Félix Herráiz, en la clase en la que ejerce como profesor en Valencia. / irene marsilla
Félix Herráiz, en la clase en la que ejerce como profesor en Valencia. / irene marsilla

Félix Herráiz ejerce de profesor en Valencia veinte años después de ganar el Mundial contra Estados Unidos

TONI CALERO

valencia. El día en que cambió para siempre la historia del baloncesto español, Félix Herráiz se despertó muy tranquilo. Luego bajaría en el ascensor del hotel lisboeta junto a Felipe Reyes y en ese espacio minúsculo, coincidirían con dos jugadores de Estados Unidos y una fisioterapeuta del equipo americano. Félix y Felipe supieron que los gigantes yankis bromeaban dando por hecho que iban a ganar la final y ni siquiera la advertencia de la fisio, «cuidado, que los españoles saben competir», les sacó de su auto complacencia. La lógica no tenía más recorrido: Estados Unidos debía ganar el Mundial Junior prácticamente porque sí, por ser Estados Unidos. Pero en España se cocinaba a fuego lento una generación con el suficiente talento para triturar complejos a un ritmo de récord. La final trató de cómo la espontaneidad en el juego y la creencia en el grupo por encima de los egos podía superar a cualquier adversario, incluido Estados Unidos. España se colgó el oro en Lisboa el 25 de julio de 1999 y ya no hubo marcha atrás. Desde ahí, la selección lleva 20 años siendo la gran dominadora del baloncesto FIBA, con catorce medallas internacionales incluido el Mundial absoluto.

Aquella irrepetible generación aglutinó estrellas de la NBA y también profesores de instituto que siguen conversando de baloncesto con adoración. Cuesta entender ese «amor» si se profundiza en la historia de Félix Herráiz. Malditas lesiones. Un tipo hecho para la élite, que salió de Alginet dirección Valencia para ser un hombre importante en el Pamesa. Un pívot entre dos tierras, a quien le faltaba algo de velocidad para ser '4' y centímetros para triunfar de '5', con el colmillo suficiente para ganarse un hueco en la lista de una irrepetible selección española. «Un especialista defensivo», como leyó el jugador valenciano en la prensa sobre sí mismo. Así le definió Charly Sainz de Aja, el técnico de los Juniors de Oro, un hombre que abrazó la fe de creer ciegamente en un colectivo todavía enclenque físicamente pero cuyo futuro se aventuraba descomunal.

Félix Herráiz es hoy un hombre enorme que se pasea por los largos pasillos del colegio ENGEBA, de Valencia. Ya se han acostumbrado los alumnos a tener de frente a un profesor de dos metros cuya participación en aquel Mundial de 1999 está recogida en la pared de su clase. Fueron ellos, sus chavales de sexto de primaria, quienes recortaron la cartulina con la imagen de Félix y la medalla. «Me preguntan si era bueno y les digo que no tenía mucha calidad pero era muy intenso. Esa forma de entender el juego me llevó a la selección», recuerda Félix. Ampliado: «En ese momento me comía el mundo. Iba con un cuchillo entre los dientes, soy de pueblo. Si me quieres meter una canasta, te lo tienes que currar mucho».

«Mis padres vieron la final en la grada, es de lo que más orgulloso me siento», asegura Félix

Ni las pachangas

A los 23 años, demasiado pronto, entendió Félix que su espalda no aguantaba más bailes en la pintura. Acababa de entrenar, y al fisio. Partido, y al fisio. Una tortura. Un jugador incapaz de permitir una bandeja fácil al rival no quería estar sobre el parqué lastrado por los dolores. El menisco le incomodó y los problemas en la espalda le retiraron definitivamente. Sólo tuvo contrato con Pamesa Valencia y en ese tiempo vivió cesiones a Bilbao, Inca y Murcia. El último año de contrato lo perdonó. Ahora no quiere ni olisquear las pachangas con sus amigos ni los partidos de veteranos del Valencia Basket. Lo ha probado y lo ha sufrido. «Yo a medio gas no sé ir, así que ni pachangas ni tres contra tres en las fiestas del pueblo. No puedo arriesgarme porque sé lo mal que lo he pasado», admite.

A Félix, sin embargo, el baloncesto no le duele. Nunca le dolió. Sufrió por la retirada un par de meses y a otra cosa: Magisterio de Educación Física. Salir joven de la élite le abrió un buen abanico de opciones. Pasó por un par de colegios antes de trabajar en su actual centro, donde comparte claustro con su mujer y tiempo con Marc y Enma, sus dos hijos. La otra 'guerra'. La más inspiradora. «La más bonita», concluye sonriendo Félix, martillo pilón para rebobinar continuamente hacia los años buenos y enterrar las lesiones del punto final.

El Mundial de Lisboa fue el final de una trilogía que se compuso del Europeo de Bulgaria (oro) y el torneo de Mannheim, oro también. El baloncesto internacional observaba con atención y recelo a la generación española que incluía a Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, Raúl López, Felipe Reyes, Berni Rodríguez, Germán Gabriel o el propio Félix Herráiz entre otros. El pívot supo que estaba dentro de la convocatoria para el Mundial por el aviso de Eduardo Beut, técnico de Pamesa Valencia. El triunfo en Mannheim había envalentonado a los chavales de Charly Sainz de Aja, pero «nadie» acudió a Portugal pensando en ganar el Mundial por la presencia de Estados Unidos.

En los torneos previos se solidificó la idea de anteponer la libertad por encima de los sistemas. «No era nuestro juego. En esa generación había muchos 'jugones' que no querían estar encorsetados. Había libertad de movimientos, obviamente con algunos conceptos defensivos muy claros», analiza Félix. En un partido, Sainz de Aja se volvía loco desde el banquillo pidiendo a Navarro que ejecutara un movimiento para meter el tiro final. «Tranquilo que desde aquí la meto», le soltó la 'bomba' al entrenador. Navarro se saltó la pizarra para clavarla desde ocho metros. «Son las cosas de los genios. Juanki era un genio y Raúl López, el líder», resume Félix en una idea que comparten todos los miembros del equipo, como se recoge en el formidable 'Informe Robinson: Oro, historia de una generación'.

España fue quemando etapas en el torneo sin vivir muy pendiente de los rivales. Era su filosofía. Cribó el campeonato y en la final se plantó la selección y Estados Unidos, quién si no. «Lo afrontamos pensando: 'ser segundos contra EE UU no está mal. Salimos a competir pero por mucha fantasía, no pensabas en ganar», rememora. Pero sí. España pega un golpe encima de la mesa y se cuelga el oro: «Empecé a llorar en cuanto pitó el árbitro. ¿Sabes de lo que estoy más orgulloso? De que mi padre y mi madre estuvieran en la grada. Mi padre cogió el coche y no paró hasta Lisboa. Al día siguiente, vuelta a currar». Herráiz jugó la final. Todos jugaron. Fue la tremenda decisión de Sainz de Aja. Pelear con los americanos por el título era un premio. Todos lo merecían.

Félix Herráiz añadió la copa de campeón del Mundo a su palmarés y ahora quiere la de España, «la que me falta», con su equipo de benjaminas de Almussafes. Allí entrena a dos conjuntos y en ENGEBA, a 33 niños y niñas. «Para mí, un partido de niños es de Champions. No lo cambio por nada», remata el Félix entrenador, el mismo que saltó de la pizarra de baloncesto a la de las clases de instituto.

Más