UN PLÁCIDO VIAJE A MARATÓN

UN PLÁCIDO VIAJE A MARATÓN

Miguel Calvo publica un hermoso libro que nos lleva hasta algunas leyendas ligadas a Atenas y a esta carrera

FERNANDO MIÑANA

Ando de camino a Maratón. Viajo con la ventanilla bajada, dejando que el aire me despeine, rodeado de olivos lamidos por un sol riguroso. Voy, o eso creo yo, sentado, de copiloto, al lado de Miguel Calvo, una de las tres grandes plumas que tiene el atletismo en España junto a Carlos Arribas y Sergio Heredia. Miguel acaba de publicar 'Regresar a Maratón' (Editorial Desnivel). Y en eso estamos.

El libro es un viaje. Una especie de 'road movie' en papel impreso. El recorrido que hace el autor por Grecia siguiendo el rastro de la Grecia clásica, el origen de los Juegos Olímpicos y el primer maratón. Pero son muchos otros viajes. Uno, por ejemplo, que detecté nada más empezar a leerlo, te lleva directo a otro libro que leí hace ya tiempo: 'Viajes con Heródoto', del maestro Ryszard Kapuscinski. Y a 'La Ilíada' y 'La Odisea', de Homero.

O el viaje, saltando por todo el atlas, siguiendo a aquellos atletas que, por uno u otro motivo, fueron protagonistas, desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, del maratón de Atenas, sin duda el más cargado de historia y leyenda. Porque leyenda parece que es la historia de Filípides, el mensajero que supuestamente viajó desde Maratón hasta Atenas para informar de la batalla entre los griegos y los persas dentro de las Guerras Médicas. Pero una leyenda tan poderosa, con tanto magnetismo, que fue capaz de inspirar una carrera. Y esa carrera, esa distancia -luego reajustada a los célebres 42.195 metros-, a su vez inspiró a miles de personas en todo el mundo que abrazaron la carrera a pie como una parte insustituible de sus vidas. Un movimiento universal que fue llenando de gente en pantalones cortos y zapatillas los parques y caminos de medio mundo.

Una leyenda tan embaucadora que, aun habiendo transcurrido 2.500 años, nuestra ciudad, la ciudad de Valencia, celebra cada año una gran fiesta que reúne a miles y miles de personas, unos corriendo, otros animando, con motivo de su maratón.

Miguel Calvo nos ilustra también sobre quién fue ese vendedor de agua llamado Spiridon Louis 'Spyros', esta ya una leyenda tangible, un campeón -el vencedor del primer maratón olímpico, entre Maratón y Atenas, en 1896- fotografiado en blanco y negro con el traje nacional. Un tipo carnal, real.

Pero, y aquí radica, creo, una de las grandes virtudes de esta obra, Miguel acelera y nos lleva por la vida de muchos más personajes que estos dos, Filípides y Spiridon Louis, archiconocidos. Uno de mis capítulos predilectos se titula 'La paz de Maratón'. Ahí relata que en los Juegos de Berlín hubo muchas más historias que la de Jesse Owen, el atleta negro que ganó cuatro medallas de oro ante Adolf Hitler.

Una nos vuelve a poner ante Spyros, homenajeado 40 años después de su gesta. Este humilde griego, cuatro años antes de que Alemania les invadiera, fue a Hitler con una rama de olivo traída de Olimpia y le transmitió un mensaje con aparente inocencia: «Le presento esta rama de olivo como símbolo de amor y paz. Esperamos que las naciones solamente se enfrenten en pacíficas competiciones deportivas».

Otra es la de Stylianos Kyriakides, un maratoniano que, cuando tres años después estalló la II Guerra Mundial, formó parte de la resistencia que consiguió crear su amigo el atleta Grigoris Lambrakis, también presente en Berlín en 1936.

Tiempo después, Kyriakides se preguntó cómo podía ayudar a su país. Con ese objetivo se desvivió preparándose para disputar el maratón de Boston, el más prestigioso del mundo, y ganarlo al grito de «¡Por Grecia!». Aquel gesto generó una corriente solidaria, materializada en ayuda humanitaria, que acabó por convertirle en un héroe nacional.

Y, finalmente, Grigoris Lambrakis, tan activo en la resistencia, organizando carreras para recaudar fondos para los bancos de alimentos, que, después de la guerra, organizó la Primera Marcha Maratoniana por la Paz, de Maratón a Atenas. La policía acabó prohibiéndola, pero Lambrakis no se rindió y la hizo solo llevando una pancarta con la palabra 'Grecia' flanqueada por dos símbolos de paz. Acabó detenido, pero su imagen ya había trascendido y cuando murió por el ataque de un grupo paramilitar, medio millón de personas invadieron las calles de Atenas durante su funeral. Al año siguiente una multitud participó en la II Marcha Maratoniana por la Paz.

Un viaje apasionante.