UN MARATÓN IRRECONOCIBLE

Es importante valorar lo que se ha conseguido con una carrera que hasta no hace mucho era una medianía entrañable

FERNANDO MIÑANA

Todos los años me acuerdo, cada vez de manera más difuminada, de la vez que yo corrí el maratón de Valencia. Calzaba unas Asics, vestía un pantalón corto amarillo, una camiseta verde de tirantes e iba tocado con una gorra blanca de Havana Club, toda una declaración de intenciones. Nunca fui un corredor muy concienzudo. Yo corría porque me gustaba, porque era feliz trotando por el río, por El Saler, por Genovés, por la huerta. Mi objetivo era ser feliz y unos días corría más rápido y otros días corría más lento. En aquella preparación primeriza, entre finales de 1999 y principios de 2000, hubo mucho 'Corricolari' y poca ciencia. Mucha borrachera y pocas tiradas largas. Pero salí, disfruté, sufrí y llegué en menos de cuatro horas. Recuerdo que di por bueno aquel tiempo. Total, solo era un golfete que corría. O un corredor algo golfete. Igual da.

De aquella mañana soleada de febrero recuerdo también momentos incómodamente ventosos en la fachada marítima, cómo paré a mear y luego pegué un acelerón para volver a notar el calor del grupo que seguía al flautista de las cuatro horas. La soledad que hurgaba en tus flaquezas allá por Alboraya, donde no se asomaba ni un alma y donde te sentías terriblemente lejos de la meta.

Y el éxtasis final, claro. La bajada a las pistas del río, la carrera, henchido, por encima del tartán. Y la meta. Al fin. Aquellos metros finales, ya por delante del numeroso grupo de las cuatro horas, se produjeron rodeado de algunos pocos corredores y decenas de personas esperando a sus familiares. Luego me pegué una ducha y me fui a comer a mi casa junto a mi tío Fernando, que me estuvo tutelando por todo el circuito.

El domingo pasado estuve en la meta, esa meta esplendorosa en medio de ese derroche arquitectónico de Calatrava que los días de mucho sol te ciega de tanta luz que refleja. Y allí, viendo entrar a corredores a mansalva durante horas a través de esa pasarela azul terriblemente congestionada, me acordé de mi discreta llegada.

Vaya cambio. Al maratón no hay quien lo reconozca. Aquel año, mi año, el vencedor fue un atleta llamado Thomas Magut, un keniano que el año anterior también había ganado en Madrid. Se impuso con un tiempo de 2:15.05. Son casi once minutos más lento que Leul Gebrselassie, el triunfador de este año, el tercer hombre más rápido del año, el undécimo de siempre.

La comparación, lo mires desde el ángulo que lo mires, da cierto vértigo. Qué sabrán los participantes de ahora de la soledad durante la carrera, cuando prácticamente no recorren una calle sin aplausos, cuando hay puntos como la confluencia de la avenida Aragón con la Alameda donde te zambulles en medio de un gentío atronador. O los últimos kilómetros que han tenido que vallar para que no volviera a parecer -no hay hueco para los románticos en este maratón hiperprofesionalizado- la angosta subida a Alpe D'Huez.

Ahora todo sale perfecto, todo es perfecto. Hay mucha gente y mucho trabajo para que sea así. Correcaminos y la Fundación Trinidad Alfonso son el matrimonio perfecto. La experiencia de los viejos jedis de la carrera a pie y las ideas aprendidas en un master de los que están a nómina de Juan Roig. El caso es que el maratón se ha convertido en una carrera imponente, masiva, donde cabe el atleta esquelético capaz de bajar de las dos horas y cinco minutos y las hordas de corredores que se van más allá de las cuatro horas. Hombres y mujeres. Altos y bajos. La proverbial democracia del atletismo, el deporte más justo que existe.

Y si todo es perfecto, ¿por qué no disfrutamos de la perfección? Está bien mirar hacia arriba, ser ambicioso y sacudirse el conformismo, pero sin pasarse. Juan Roig quiere el récord del mundo. El de hombres y el de mujeres. Yo también. La diferencia es que él tiene el dinero para intentar lo imposible, batir las plusmarcas de Eliud Kipchoge -algo así como correr los 1.500 en 3.25, los 3.000 m obstáculos en 7.47 o aproximarse a los 26 minutos en los 10.000 y a los 57 en el medio maratón- y Paula Radcliffe -en 15 años nadie se ha acercado- y yo no. Pero también hay veces que no es posible comprar la luna ni con todo el oro del mundo.

Es posible que no haya nacido el nuevo plusmarquista mundial de maratón. O que tarden 15 años en batirlo. O quizá no y Kipchoge se lleve un millón y medio de euros por la proeza. Si yo corrí varios maratones, todo es posible...

 

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