120 kilómetros con mochila bajo el sol del desierto

La atleta alcireña sonríe al final de una etapa. / lp
La atleta alcireña sonríe al final de una etapa. / lp

La alcireña Sylvie Blanco completa el Medio Maratón des Sables, celebrado en Perú en régimen de autosuficiencia

MANUEL GARCÍA ALZIRA.

«De broma me dicen que sólo me queda ir a la Antártida». Y repasando los continentes por lo que ha corrido puede que la frase no sea una broma. La alcireña Sylvie Blanco, siempre con una sonrisa en la boca, disfruta corriendo y del ambiente que se genera con los compañeros y después amigos, que no rivales, en cada competición. Esa ha sido su filosofía que ya no piensa cambiar.

Su penúltima «locura» atlética, en un currículum en el que las maratones «tradicionales» de 42,195 kilómetros ocupan un segundo escalafón, le ha hecho irse hasta el desierto de Ica, en Perú, para participar en la primera edición del Medio Maratón des Sables. A los aficionados al atletismo el nombre de la competición puede que les suene. Ésta es la hermana pequeña del Marathon des Sables que se celebra cada año en Marruecos y que, por supuesto, Blanco ya tiene en su currículum tras haberla corrido en una edición anterior. De este modo, la organización de la prueba lleva el sello de calidad de la que se disputa en tierras africanas aunque sobre una menor distancia.

El menú que había que completar era complicado pero en teoría asequible para la gran capacidad de resistencia de la deportista alcireña: 120 kilómetros por el desierto en tres etapas con una duración total de cuatro días. Los deportistas tenían dos días para llevar a cabo la etapa más larga que constaba de 67 kilómetros.

«Antes de empezar a correr ya tenía los pies hinchados a causa del largo viaje», explica

La carrera se celebraba en régimen de autosuficiencia. Los participantes debían cargar con ocho kilos a la espalda entre la comida para los cuatro días de competición, agua, una esterilla, un saco de dormir y el material obligatorio para correr por el desierto.

Como suele ocurrir en este tipo de competiciones, el corredor quiere que todo esté en orden y poder llegar a la línea de salida en las mejores condiciones posibles. No fue así en el caso de la corredora alcireña, relata como anécdota. Para llegar hasta el punto de partida de la carrera tuvo que enfrentarse a otro enemigo: el largo viaje. Doce horas de avión y otras ocho de autobús hasta el desierto le llevaron hasta la línea de salida en malas condiciones: «Mi problema en esta carrera es que el viaje fue tan largo que la empecé con los pies ya hinchados». Así, no es difícil imaginar cómo la concluyó, «con ampollas en los pies e incluso con uñas infectadas que caerán en los próximo días», vaticinó.

¿Y quién le invitó a meterse en la que es su enésima locura atlética después de correr por el desierto africano o por la gran muralla china?

«Fui con un amigo argentino que conocí en la carrera del Himalaya, por lo que compartí campamento con él y con sus amigos», explica. Eso hace que se cree un vínculo especial cuando se sufre durante tantos kilómetros: «Es lo bueno que tienen estas vivencias. Cuando las acabas, el hecho de sufrir y disfrutar juntos te une para siempre».

Uno de los principales atractivos de la competición es, sin ninguna duda, los paisajes por los que discurre y que Blanco elogia sin dudar: «La unión entre la arena y el mar han hecho de esta carrera un marco paisajístico incomparable. Era espectacular allá donde miraras. Lo que parecían montañas de una altitud tremenda eran dunas alucinantes».

Eso sí, el calor era uno de los principales enemigos al que se tenían que medir los corredores que se enfrentaron a este reto: «La incidencia de los rayos del sol era tremenda. Pese a que íbamos totalmente untados de crema solar acabamos quemados en las manos, los brazos, el cuello y las piernas» después de correr durante unas 20 horas por la arena.

Además de los paisajes peruanos, «maravillosos», Sylvie Blanco se ha traído de regreso a Alzira otro tipo de calor, el que le han transmitido desde el país sudamericano: «La gente se ha portado de manera maravillosa».

Ahora, mientras se recupera de las heridas sufridas durante este nuevo reto, a buen seguro que comienzan a surgir nuevas opciones para 2019. Y no hay pocas, reconoce: «Hay muchas carreras que me gustan y que me han ofrecido hacer. Tal vez la del desierto de Gobi u otra que hacen en Costa Rica de la que me han hablado muy bien». Cuando se le pregunta si iría a una carrera que se celebrara en Marte, no duda en responder: «Si la hacen yo seré la primera inscrita».