¿Guerra por Gibraltar? Atacarán a la hora de la siesta

La Línea de la Concepción y el Peñón de Gibraltar./ AFP
La Línea de la Concepción y el Peñón de Gibraltar. / AFP

Una reportera británica ironiza con la posibilidad de entrar en guerra con España por Gibraltar y aprovechar la tarde, «cuando duerman la siesta». Otra periodista española le ha respondido

I. CUESTA

La realidad es que la enemistad viene de lejos. Algo más de 400 años desde que españoles y británicos comenzaron a mirarse con recelo, por más que los primeros inundemos la patria de Isabel II de niños obligados a aprender inglés, y los segundos se pongan panza arriba en nuestras playas siempre que tienen oportunidad. Cuatro siglos de tensa paz que ahora, por obra y gracias del Peñón de Gibraltar -y del enésimo capítulo de una negociación que parece haber nacido para no terminar jamás-, podría estar a punto de terminar. O, al menos, eso es lo que parece después de que una periodista de ABC News, llamada Julia Macfarlane, se haya permitido bromear sobre la posibilidad de una nueva guerra contra España por Gibraltar tirando del estereotipo español por antonomasia: la siesta. «Si vamos a la guerra con los españoles, deberíamos hacerlo por la tarde, cuando se estén echando la siesta», tuiteó el viernes por la mañana la señorita Macfarlane, levantando en armas a un nutrido ejército de españoles encabezados por Carme Chaparro, una colega de este lado del conflicto.

La presentadora de 'Noticias Cuatro' fue la primera en contestar a la simpática Macfarlane con una contundente invitación a reflexionar sobre ellos mismos. «O nos podéis atacar unas horas más tarde, inundando las costas de España con el pis, los vómitos y los gritos de los jóvenes británicos borrachos que nos visitan... UPS, que ya lo hacéis...», escribió la periodista en respuesta al fuego enemigo.

Luego, solo ha habido que esperar a que las redes se inundaran de propuestas de todo tipo. Hay quien ha propuesto «levantar una línea frontal de bonitos balcones sobre una piscina y la guerra terminará muy pronto»; quien alerta a los británicos de las consecuencias de despertar a un español de la siesta -«les falta agua pa salir nadando»-, y quien, echando la vista atrás, les recuerda que, si no hubiera sido por una tormenta, lo mismo estarían hablando el idioma de Cervantes.

Por supuesto, también ha habido adhesiones extrajeras. Argentinos que, recordando su experiencia en las Malvinas, apuestan sin reparos por el bando hispano en caso de que finalmente estalle la contienda; venezolanos que aprovechan para recordar todo lo malo que en su patria piensan de los británicos e, incluso, quien propone nombrar a Chaparro «Almirante general de la Armada Española».

Sin embargo, aunque a este lado del campo de batalla semejantes muestras de apoyo nos insuflen ánimo, tampoco están mal las respuestas de los propios ingleses a los que se podrá acusar de muchas cosas, pero no de no saber reírse de ellos mismos. En sus comentarios apuntan sin pudor que, si no están demasiado borrachos antes del mediodía, los balcones, las piscinas o los nolotiles decantarán la guerra del lado ibérico. Aún así, aquí seguimos insistiendo. Está claro que Miss Macfarlane nos ha herido en lo más hondo.

 

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