'El Pirata' Padilla se retira (hoy) sin rendirse

'El Pirata' Padilla. / APLAUSOS
'El Pirata' Padilla. / APLAUSOS

Hoy se retira de los ruedos españoles Juan José Padilla, 'El Pirata' para muchos, uno de los últimos milagros del toreo, seguramente el personaje que más se asemeja en los tiempos modernos al héroe de las tragedias griegas. ¡Illa, illa, Padilla maravilla!, clamaban los últimos tiempos plazas tan imponentes como Pamplona, Bilbao y hasta la misma Sevilla mientras niños y mayores ondeaban su simbología de banderas y parches y se rendían a sus hazañas y alardes. Más allá de sus cualidades artísticas como torero, en el jerezano se valora su capacidad de superación, su entereza frente a la desgracia, contra la merma visual, contra el dolor físico que nunca dejó de acompañarle, su ejemplaridad y su sentido de la responsabilidad que le permitía mantener una forma física que desafiaba a la lógica.

Ha cumplido veinticinco años como matador de alternativa, siete de los cuales con la sensación de haber sido un regalo de Dios. Una prórroga a cambio de un terrible peaje. El 7 de octubre de 2011, en Zaragoza, un toro de Ana Romero le infirió una terrible cornada en el ojo que hizo temer por su vida y comenzó a escribirse su leyenda. «El sufrimiento es parte de la gloria», fue sentencia que hizo propia y le acompañó desde entonces. Seis meses después, sin visión en el ojo corneado, con un parche que le recordaba constantemente su realidad y unos dolores que nunca acabaron de desaparecer, reapareció en Olivenza con la loca ilusión de torear quince o veinte corridas por el gustazo de no darse por vencido: «A mí no me retira un toro»; y desde entonces ha acabado toreando quinientas corridas y alcanzando unas cuotas artísticas impensables, desde abrir la Puerta del Príncipe a indultar un toro en La México, entre otros logros.

Hoy se quitará el vestido en Zaragoza, un blanco y oro que le ha diseñado su hija, acudirá a rezarle a la Virgen del Pilar - «Yo ya no puedo pedirle más, solo alcanzo a darle las gracias»- y comenzará a recorrer un nuevo camino vital desconocido para él. Desde que apenas tenía doce años y repartía pan para ayudar al sustento familiar, Panaderito le anunciaban por eso, no ha hecho otra cosa que torear. De aquí a fin de año se despedirá de las plazas americanas y se acabó. Quedara el recuerdo de una leyenda ejemplar, la de un hombre bravo y entero al que los malos vientos nunca lograron tronchar.

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