La montaña de Chillida es sagrada

Eduardo Chillida, ante una maqueta del proyecto en la montaña de Tindaya, en Fuerteventura. / efe
Eduardo Chillida, ante una maqueta del proyecto en la montaña de Tindaya, en Fuerteventura. / efe

El Gobierno de Fuerteventura da carpetazo al plan del escultor y decide mantener incólume Tindaya

ISABEL URRUTIA CABRERA

Eduardo Chillida murió en 2002 sin ver cumplido el sueño de su vida. Tenía 78 años, se le había nublado la memoria pero el corazón de artista (y antiguo portero de la Real Sociedad) no le falló nunca. Era fuerte, muy fuerte. Iba a su ritmo, sin perder el norte. Se había empeñado en ahuecar una montaña de 62 millones de metros cúbicos en la isla canaria de Fuerteventura. ¿A quién se le podía ocurrir algo así? Pues a un donostiarra con los arrestos de Chillida, un artista que oía a Dios en el silencio y en la música de Bach. Nada le parecía imposible. Pero, ay, la realidad es tozuda.

Ayer se dio carpetazo definitivamente al proyecto. El nuevo Gobierno en el Cabildo de Fuerteventura (PSOE, Podemos y NC-AMF) ha desechado el plan del escultor para Tindaya. «Ha llegado el momento de proteger la montaña y, de una vez por todas, acabar con esta iniciativa», ha zanjado sin medias tintas Andrés Briansó, consejero de Cultura y Patrimonio Histórico del Cabildo. Dicho lo cual, nadie ha puesto jamás en duda que Tindaya fuera mágica. Es un enclave natural protegido desde 1987, con un valor arqueológico inconmensurable.

Entre otros vestigios, conserva 312 podomorfos, es decir, huellas de pies grabados en la roca, impresos hace 2.000 años por los primeros pobladores de la isla, en rituales que supuestamente rendían culto al Sol y la lluvia. Siempre ha sido una montaña sagrada y Chillida también la veneraba a su manera. Por eso, quería habilitar una sala cúbica en su interior, que sirviera como «símbolo de la solidaridad». Una obra titánica, inspirada en las estrofas hondísimas de 'Más allá', del poeta Jorge Guillén. Sobre todo por un verso que reza, 'lo profundo es el aire'.

Chillida era un gran lector de poesía y filosofía. Le ayudaban a volar, todavía más alto que en su adolescencia, cuando paraba balones como un campeón hasta que una lesión le obligó a dejar el fútbol. Pero siempre fue la misma persona. Un alma libre bajo los palos. Con los ojos fijos en el juego. Siempre listo para entrar en acción. «Quiero dominar el vacío en el corazón de Tindaya», repetía Chillida al final de su vida, con la seriedad de los hombres que buscan lo imposible. Era su mantra antes de que el alzhéimer se interpusiera en su camino. Pero afortunadamente la familia Chillida no olvidó.

Los hijos del artista tomaron el relevo y se desvivieron por sacar adelante el sueño de su padre, junto a los herederos del ingeniero José Antonio Fernández Ordóñez, un estrecho colaborador de Chillida en el proyecto canario. En 2010 se reactivaron los trámites pero las ilusiones duraron muy poco. Tres años más tarde, el Tribunal Superior de Justicia de Canarias dio la razón a los ecologistas que criticaban duramente la autorización de las administraciones para llevar a cabo las obras. Los magistrados las paralizaron y ahora se frenan para siempre.

La ilusión de Chillida queda en el aire. Inconclusa. Suspendida. Una frustración que da por bueno el verso de Guillén: «Lo profundo es el aire». El artista, como un buen portero, se estiró hasta el límite de sus posibilidades. Muy probablemente intuía que el salto era imposible. Pero, también, el más hermoso de todos. Había que intentarlo.