Inma Pérez: «Las librerías no son territorio hostil»

Inma Pérez: «Las librerías no son territorio hostil»

La librera cumple una década al frente de Dadá, teme perder clientes y asegura que de los lectores ha aprendido «a empatizar»

CARMEN VELASCO VALENCIA.

Inma Pérez es una librera que rompe moldes por su modelo de negocio y estereotipos por su modo de entender la gestión cultural. No maldice Amazon: «Es una herramienta más. Cubre un nicho. En Dadá uno de cada 20 pedidos gestionados por Amazon es urgente». No está asociada al Gremi de Llibrers, pero una vez sí lo estuvo: «Mis necesidades como librera no están reflejadas en el gremio». Dadá no es una librería al uso. Está especializada en diseño, moda, fotografía y arte, una singularidad que supone «un límite» para la supervivencia del establecimiento pero una «ventaja personal» para su responsable. «Gracias a la temática de Dadá he conocido al modisto Juan Vidal, he conversado con el diseñador Nacho Lavernia e incluso le he podido decir al arquitecto Vázquez Consuegra y autor del proyecto del MuVIM que no me gusta el suelo de la librería», bromea.

Hace diez años Inma Pérez, que conserva libros de su infancia como títulos de la serie Barco de Vapor o 'David El Gnomo', abrió Dadá en el MuVIM y en 2015 logró la concesión de la librería del IVAM. «No esperaba llegar tan lejos», admite. En el camino, se ha hecho amiga de sus clientes, ha logrado el Premio a la Librería Innovadora en 2014 y ha vivido mil experiencias frikis («como que me confundan con la chica que hace los DNI»).

¿En algún momento de estos 10 años pensó en bajar la persiana?

Sí. Ha habido momentos en los que he dicho '¡Por favor, sacadme de aquí' porque se me hacía cuesta arriba muchas cosas, como que entiendan mi proyecto de librería, y porque veo asuntos relacionados con la política cultural que no me gustan y confío en que va a cambiar, pero no todo se transforma lo rápido que desearía. En el MuVIM se ha consolidado el proyecto, pero ha costado romper barreras respecto a que Dadá no es la típica tienda de museo. Es un negocio local, pequeño y vinculado no sólo a los que visitan el centro de arte, sino también a los usuarios de la biblioteca del Hospital y a los alumnos de la escuela de diseño. Es una librería de barrio y al mismo tiempo cumple la labor del espacio del museo. En el caso del IVAM es distinto porque recibe más turistas y cuesta digerir el proyecto entre visitantes que acuden al museo una vez en la vida o están tres días en la ciudad. Dadá y cualquier librería necesita un público fiel y personas con el hábito de venir al establecimiento, es decir, parroquianos.

¿Cuánto tiene de empresaria y cuánto de agente cultural?

De empresaria tengo un montón, porque la mayor parte del tiempo me dedico a gestionar la empresa, repasar facturas, estudiar cuadrantes... Ahora tengo menos tiempo para presentaciones, pero trato de hacer otro tipo de eventos con alumnos del máster de diseño, actividades de ilustración o voy al Instituto Luis Vives a dar alguna charla porque las profesoras son clientas mías.

¿Se ha hecho amiga de sus clientes?

Claro, el 99% de mis amigos son gente de la librería. Nosotros los libreros vivimos rodeados de mucha gente pero estamos mucho tiempo solos. Encontrar a gente que entienda tu trabajo y te conozca como persona está muy bien porque aprecian lo que haces. De mis clientes he aprendido todo lo que sé de diseño porque desconocía, por ejemplo, qué era un retícula. La sensibilidad de ellos me ha servido para tener criterio a la hora de saber elegir. De los lectores he aprendido a empatizar más porque son, en su mayoría, autónomos a los que les cuesta sacar adelante sus trabajos y de los que valoro la parte artesana del diseñador, arquitecto o ingeniero.

¿Para una librería que es más necesario: el apoyo de las instituciones públicas o el respaldo de la ciudadanía?

A mí me da miedo perder la clientela porque necesito el apoyo de los lectores. No tengo subvenciones ni ayudas, la Conselleria de Cultura se portó muy bien cuando me otorgó el premio en 2014 pero me gustaría que las instituciones públicas se volcaran para fortalecer el valor de las librerías, porque no son territorio hostil, y potenciarlas como foco de atracción incluso turístico. Cuando viajas a París sabes que has de visitar la librería Shakespeare&Co; en Oporto, Lello, y ¿en Valencia? ¿Por qué no hay un mapa de librerías que incluya a Railowsky o la de Rafa Solaz? Sé que es complejo, porque está el Gremi de Llibrers pero la Administración debe hablar con todos, con los agentes culturales asociados y los que no, no se tiene que quedar en la foto porque necesitamos acciones contundentes.

En esta década, ¿cómo ha visto la evolución de la situación de la cultura en Valencia: gestión política, respuesta de ciudadanía, etc.?

Es cierto que hay cambios, se han visto iniciativas nuevas y se hacen cosas interesantes, pero todo va muy lento. Entiendo que la Administración tiene unos plazos pero no comprendo que trabaje como hace 20 años con trámites burocráticos impensables. No quiero que me ayuden, pero que no me pongan más trabas, es decir, que faciliten mi trabajo, que no sea todo tan difícil, que me simplifiquen la tarea. Valencia necesita todavía contundencia a la hora de ejecutar las acciones y no tantos planes ni estudios porque el tiempo pasa y la cultura vive en precario. No podemos estar esperando a lo que se decide en despachos.