Túnel al fin del mundo

Esculturas que conforman su colección 'Torsos'./Nagato Iwasaki
Esculturas que conforman su colección 'Torsos'. / Nagato Iwasaki

Inquietantes las esculturas que Nagato Iwasaki planta en bosques, caminos desiertos, carreteras... Hechas con las maderas que llegan a las playas de Japón, nos trasladan al fin del mundo

ISABEL IBÁÑEZ

Los rayos de sol que iban y venían entre las nubes de tormenta se desvanecieron en los primeros metros del túnel, engullidos en una oscuridad rota periódicamente por las luces temblorosas que no parecían tener mucha vida por delante. Y a pesar de las nefastas impresiones que aquello me producía, entré. Consciente de que nunca podría volver sobre mis pasos, porque ello... Vaya, aún no sé cómo llamarlo. En fin, ello no se detendría.

Adentrándome en el conducto, me asaltaron las palabras de Isaías que memoricé hace siglos, cuando el apocalipsis era para el resto poco más que un tema recurrente en series de televisión, mientras yo me obsesionaba con las señales y los demás reían... «Los hombres se meterán en las cuevas de las rocas, y en las grietas del suelo, ante el terror del Señor y el esplendor de su majestad, cuando él se levante para hacer temblar la tierra». Así me introduje yo en aquel agujero indeseable, esperando que el Señor, comoquiera que fuese, me concediera un respiro.

Parecía tranquilo. Mis pisadas rebotaban contra las paredes mojadas y me eran devueltas amplificadas y repetidas... Por momentos miré hacia atrás esperando divisar lo que no quería ver. Pero continué para darme cuenta de que lo tenía delante. La primera me sorprendió pensando en todo lo ocurrido tiempo atrás... Al principio habían sido las manchas avisándome desde la visión periférica; después, los mensajes en la pared. Más tarde, los comportamientos extraños, hasta que finalmente...

Algunas de las esculturas que conforman su colección 'Torsos', a excepción de los caballos al galope, pertenecientes a otra serie, aunque todas ellas confeccionadas con maderas flotantes. / Nagato Iwasaki

Uno de los focos iluminaba directamente su rostro, que miraba hacia arriba como esperando algo. Fue como si me dieran un puñetazo en el estómago, y me acurruqué a un lado en el suelo, notando cómo el agua encharcada mojaba mis pantalones. Pasaron varios minutos hasta que me cercioré de su inmovilidad y me atreví a incorporarme. Paso a paso me fui acercando para descubrir que había muchos más. Por fin llegué hasta... ¿cómo explicarlo? Uno de los entes. Y, aún no sé bien por qué, estiré mi mano para tocarlo, sabiendo que con ello todo se pondría en marcha, como en una mala cinta de terror. Pero no podía evitarlo. No pasó nada.

No entendía quién podía haberlas plantado allí, con todo lo sucedido. Quién tendría el humor y el tiempo necesarios para colocar tal tinglado a sabiendas de que la amenaza podía aparecer en cualquier momento. Solo un loco. Esculturas imitando a personas, mejor dicho, a restos de personas, harapos de hombres y mujeres elaborados con lo que parecían huesos pero de cerca se revelaban como maderas resecas y huecas, esas que se acumulaban en las playas cuando el plástico aún no había devorado todo lo demás. El tacto era suave, tan agradable... A veces solas, otras por parejas, todas mirando a un cielo que les estaba negado, empezaron a convertirse en aliadas, en compañeras de viaje que echaría de menos cuando dejase el túnel protector y tuviera que adentrarme de nuevo en los bosques abiertos, con numerosos frentes que atender.

Pronto percibí el resplandor del día. Incluso noté el calor que rompía la sensación de humedad. Agua corriendo se oía de fondo. Hasta que mis ojos se acostumbraron, no las vi. Las figuras seguían el curso del río, ya sin cabeza, hundidas sus extremidades inferiores en el cauce, y todo eso volvió a funcionar como un mal presagio. Y lo peor de todo, no conseguía descifrar el mensaje. Seguí la senda que constituían las presencias. Nada parecía avisar del monstruo en que se había convertido el mundo que una vez conocí.

Empecé a desgustar el sabor de la sal en el aire poco antes de descubrir la choza. En la puerta, letras esbozadas en tiza: 'Nagato Iwasaki. Torso'. Unos golpes rítmicos se escuchaban en el interior; habiendo llegado hasta allí, nada que me hiciera desistir de abrir la puerta.

Me miró con ojos rasgados y asintió como dándome permiso. Siguió con su labor y me pareció insultante esa tranquilidad. Rodeado de sus 'humanos', parecía trabajar en algo diferente. Intuyendo mi estupor, se alzó y cogió mi mano sin decir palabra. Caminamos sobre las agujas de los pinos oyendo el mar acercándose. De pronto, la playa. Y los vi. Tres caballos galopaban inmóviles por la arena. El cielo estaba increíblemente azul, el oceáno, en calma. El hombre no apartaba su vista de ellos. Y yo sentí algo extraño en los músculos de la cara cuando, por primera vez en mucho tiempo, sonreí.

El artista japonés

Nagato Iwasaki tiene su estudio en una ciudad de la prefectura de Yamanashi, a 30 minutos en coche de Suruga Bay: «Si se dirige por ese camino después de un tifón, siempre hay mucha madera flotante en la playa», explica. «Cuando empecé a juntarla, estaba haciendo bicicletas, escritorios y sillas, pero decidí crear formas humanas. Las piezas de 'Torso' no utilizan adhesivos. En lugar de clavos de hierro, uso estacas de madera, por lo que estas esculturas no tienen otro material que no sea madera, que no doblo, afeito ni proceso. Cada pieza se sostiene por sí sola y parece haber sido destinada para llenar las partes del cuerpo de forma natural. Mi trabajo es simplemente conectarlas. Muy parecido a nuestros propios cuerpos, un día se pudrirán y volverán a la tierra». Lleva 25 años creando estas presencias.

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