Tetsuya Ishida, un pintor entre Kafka y el manga

Tetsuya Ishida, un pintor entre Kafka y el manga

El Reina Sofía descubre la ácida y atormentada lucidez del malogrado artista japonés, que puso fin su vida con 32 años

Miguel Lorenci
MIGUEL LORENCIMadrid

Cabe situar la pintura de Tetsuya Ishida (Yaizu, Shizuoka, 1973-Tokio, 2005) entre Franz Kafka y René Magritte, entra la poesía de Arthur Rimbaud y el manga. El pintor japonés, hasta ahora un perfecto desconocido en Europa, realizó el grueso de su obra en apenas diez años, antes de poner un abrupto final a su vida. El Museo Reina Sofía rescata ahora su potente e irónica pintura, tan crítica y lúcida como atormentada y melacólica, en la que los seres humanos se metamorfosean en máquinas, objetos, edificios o automóviles. Y lo hace en la primera retrospectiva en España y en Europa del raro artista nipón.

Sí Rimbuad dijo «yo soy otro» y abandonó la poesía con 18 años, toda la pintura de Ishida es un «autorretrato de otro» que anticipa su abrupto final. No en vano 'Autorretrato de otro' es el título de la muestra que el Reina Sofía ofrece hasta septiembre en el Palacio de Velázquez del madrileño parque del Retiro. Reúne más de 70 obras entre pinturas y dibujos de esta 'rara avis' del arte japonés que se miró el el espejo del arte occidental para desentrañar lo más siniestro del alma nipona.

Es Ishida un incómodo, lúcido y atormentado testigo de una realidad alienante. Un pintor a contracorriente que optó por un lenguaje realista de corte onírico que recuerda a Magritte en lo plástico y a Kafka y su 'Metamorfosis' en lo narrativo. Entre el influjo de ambos alumbra una obra más que singular que, como en la de Frida Kahlo, lo crítico y lo emotivo conviven con lo irónico y lo trágico.

«Puso rostro a la crisis del capitalismo tardío, con un personaje atrapado en la rutina del presente, anónimo, sin futuro y dominado por la productividad, la eficiencia y la competitividad», dice Teresa Velázquez, comisaria de la muestra y que conecta la dolorida pintura de Ishida «con el manga y el anime», las formulaciones del cómic y la animación niponas.

Atrapado en sí mismo

Fallecido a los 32 años, en un presumible suicidio, vivió Ishida a caballo entre lo que Japón se llama un 'karoshi' -«muerto por exceso de trabajo», literalmente- y un 'hikikomori' -quien vive voluntariamente «en aislamiento extremo»-. Entre uno de esos millones de trabajadores atrapados en la cadena productiva y la entrega plena y ácritica a su trabajo, al consumo y al sistema, y la solitaria vida que atrapa en sus hogares hipertecnificados a cientos de miles de jóvenes incapaces de la menor interacción social.

A todos les puso Ishida el mismo y único rostro que se inspira vagamente en sí mismo. El que repite una y otra vez en unas pinturas inquietantes. En unas críticas y ácidas escenas de la vida japonesa que seducen tanto como incomodan. «Refleja como como pocos la soledad del ser humano y la grave crisis de los noventa, que en Japón se convirtió en algo permanente», destaca Manuel Borja-Villel, director del Reina Sofía que se apunta el tanto de descubrir al gran público occidental a este perro verde de la pintura cuya obra cotiza al alza y está en los radares de grandes coleccionistas. Hasta 700.000 se han pagado en una sala de subastas por una de sus telas.

Unos óleos en los replica siempre al mismo atormentado personaje «sin identidad, atrapado en un tiempo opresivo y sin separación entre el trabajo y el ocio; un ser único y anónimo que tiene bastante que ver con un producto», resume Borja-Villel. «La aparente frialdad se su de su pintura realista, sin emociones, irónica y melancólica, le sitúan entre el manga el anime», dice también de un artista «único, de culto en su país y muy difícil de ver en Europa».

Ishida pone así un rostro único y clónico a la desolación generalizada de una sociedad radicalmente alterada por despidos masivos y la especulación y que guarda muchos paralelismos con la crisis que desde 2008 afecta a la economía y la política a escala mundial.

Su obra es para los responsables del museo público «un testimonio excepcional del malestar y la alienación del sujeto contemporáneo y en la que denuncia sin tapujos su deshumaización». Como se ven en 'Toyota Ipsum' (1996), un retrato feroz de trabajadores de la multinacional del automóvil con las extremidades convertidas en coches y las orejas en neumáticos, y que fue la primera obra Ishida que se vio en Europa, en la Bienal de Venecia de 2005.

Produjo casi toda su obra entre 1996 y 2004, creando ese mundo inquietante, plagado de máquinas y objetos antropomorfos y personajes híbridos «en el que el ser humano es apenas una pieza intercambiable de un complejo engranaje al servicio de la producción y el consumo». Murió encerrado con sus pinceles en sus telas en su casa de Sagami oono, un barrio de industrial de Sagamihara, en la perferia de Tokio. Tenía el turno de noche como guardia de una imprenta, un trabajo que le daba para pagar el material pictórico y la comida basura que consumía este 'hikikomori' de la pintura.

Museos japoneses como el Shizuoka y el Hiratsuka y la la colección de los hermanos del artista han prestado las obras que desde Madrid viajarán al Wrightwood 659 de Chicago, donde se verán del 3 de octubre al 14 de diciembre de este año.